Querido amigo culé:

ambos sabemos que en realidad no somos tan distintos. De otro modo no seríamos amigos. No compartiríamos, por ejemplo, la afinidad por el fútbol, aunque sea desde lados opuestos de la calle. Nos hemos reído mucho administrándonos maldades mutuamente. Hoy me voy a poner un poco serio, solo un poco, quizá porque los dos estamos sobrios (yo al menos lo estoy mientras te escribo esto). Sobrio y aun con lo que voy a decirte, que no te gustará, te sigo profesando el máximo afecto.

Los amigos deben procurar no decirse cosas desagradables. A esa obligación se antepone, no obstante, otra, que es la de ser genuinos. Malos amigos seriamos si no nos mostráramos al otro tal cual somos ni dijéramos al otro lo que pensamos. Las cosas se enrarecerían demasiado si no observáramos esta regla, sobre todo tras tantos años de confianza.

Tu equipo lleva desde el domingo 76 partidos sin que le piten un penalti en contra en la competición doméstica. Lo que tiene de particular el número 76 es, aparte de ser una cantidad elevada, que coincide exactamente con dos vueltas completas al campeonato nacional de Liga español. En otras palabras: el Barça lleva dos Ligas completas sin que le señalen en contra una sola pena máxima. Exasperado ante el enésimo arbitraje favorable a tu escuadra, un comentarista del Diario de Álava se refería hace poco a este dato, tildándolo no ya de anomalía estadística, término que se maneja hace tiempo, sino de “aberración” estadística.

No me parece un término descabellado. Es posible que tu equipo haya cometido menos penaltis que otros. Es posible que se hayan cruzado errores bienintencionados de los colegiados que, de forma puntual, hayan obviado penaltis cometidos por vuestros defensas. Pero ninguna de esas dos cosas justifica un récord de semejante magnitud. La casualidad y las buenas artes pueden sostener una cifra baja de penaltis pitados, pero solo hasta el punto que dictan la racionalidad y la propia estadística. Cumplir dos temporadas enteras sin que decreten ni una sola vez penalti en tu contra no es algo que pueda suceder sin un determinado estado mental de los árbitros cada vez que te pitan. No es algo que pueda suceder sin que cada miembro del colectivo sienta un miedo sarraceno cada vez que tiene que tomar una decisión que os perjudica.

En estos dos años, los árbitros han cobrado (como se dice en Latinoamérica) 224 penaltis. 224. Eso son muchos penaltis, aquí, en Latinoamérica o en Kuala Lumpur. Ninguno de ellos (ninguno) ha sido en contra del Barcelona.

Si ampliamos la perspectiva de cero a un penalti, encontramos que lleváis 103 partidos con un solo penalti en contra. 103 partidos. Eso son casi 3 temporadas completas. 3 temporadas completas con un solo penalti en contra. O si lo prefieres hazlo así: cuenta hasta 103 en voz alta, y luego sustituye, en tu imaginación, cada vez que has pronunciado un número por 90 minutos de fútbol con sus correspondientes lances en áreas. Y así hasta 103.

Luis Suárez, tras una falta.

Luis Suárez, tras una falta. Reuters

Mascherano, defensa central titularísimo del Barça de 2011 para acá, acaba de anunciar su adiós al club después de superar los cinco años sin que le señalen una pena máxima. Cinco años. Un lustro. Si tomamos el lustro como medida comparativa, es un récord que podrá ser igualado pero nunca superado. A nadie le podrán pitar -1 ó -2 penaltis en un lustro. Te conozco. Ibas a bromear con la gran nobleza del Jefecito pero has decidido cortarte.

Hoy estamos con lo de los penaltis, por el récord que acabáis de batir. Pero vamos con el aspecto disciplinario, y miremos las cosas con perspectiva. Vamos a ver la Liga española en los últimos 15 años. El saldo de tarjetas rojas del Madrid desde la 03/04 es de -15. Dicho saldo es para el Barça de +44. O sea, al Madrid le han expulsado jugadores propios 15 veces más que jugadores rivales, mientras que al Barça le han expulsado 44 veces más jugadores rivales que jugadores propios. Ya sorprende que al Madrid (equipo que suele jugar al ataque y recibir abundantes tarascadas) le expulsen más jugadores que a sus adversarios, pero observa cómo ese saldo se invierte espectacularmente con tu equipo, que también juega al ataque, sí, y también recibe patadas, sí, pero más o menos tanto como el Madrid. Para el Barça el saldo es positivo: +44. Es decir: el Barça, cuando a lo largo de quince años ha jugado sus incontables partidos ante Málaga, Spórting, Madrid, etc., se ha visto beneficiado por 44 expulsiones más que el número de expulsiones propias sufridas.

Este asunto de las expulsiones se puede individualizar en comparaciones que son, lo admitirás, sangrantes: Modric ha sido expulsado en la Liga española más veces que Luis Suárez. Espera. Te lo voy a repetir para que puedas interiorizarlo. Modric ha sido expulsado en la Liga española más veces (1) que Luis Suárez (0). Solamente el último dato (las cero -otra vez cero- expulsiones de Suárez en Liga) ya se me antoja un dato espeluznante incluso sin establecer comparaciones con nadie. ¿Harás como que te tengo que explicar por qué me escandalizo, o dejamos de hacernos los tontos en señal de respeto a nuestra larga camaradería?

Básicamente, en el campeonato nacional, y homogeneizando con la designación “lance a favor” el penalti y/o la expulsión del jugador rival, el Barça disfruta un lance a favor en un 44% de los partidos en los últimos tres años. De cada 100 partidos que juega, tu equipo se encuentra con una pena máxima a favor, o con un rival en la calle, en 44 de ellos. ¿Sabes cuál es ese porcentaje para el Real Madrid, equipo que pisa con peligro el área rival (convendremos) prácticamente tanto como el Barça o más, y que sufre el juego duro adversario prácticamente tanto como el Barça o más? El porcentaje de lance a favor para el Madrid es del 4%.

Esta Liga, como algunas otras de las que habéis conquistado en los últimos tres lustros, la vais a ganar probablemente, y la vais a ganar probablemente a una buena distancia del Madrid. Descuenta pues, si quieres, el factor arbitral para este año y algunos otros, pero ¿puedes en conciencia desestimar estas estadísticas como un factor decisivo en las ligas que habéis logrado en las últimas jornadas, con el aliento del Madrid en el cogote hasta el final (y han sido muchas)? ¿Me puedes en conciencia pedir que olvide la excelente relación de tu club con Villar, puesta de manifiesto desde el año 2004, y la tendencia al amiguismo de su régimen explicitada con las escuchas desveladas en el caso Soule? ¿Me puedes de verdad pedir que no ate cabos?

Lo de Europa lo dejamos para otro día. El excelente juego que os ha llevado a mirar frente a frente al Madrid en el número de Champions logradas “en color” no ha logrado borrar del imaginario colectivo nombres de macabra resonancia: Aytekin, Obrevo, Stark, de Bleeckere. Con todo, al ser menor la muestra de encuentros, no operan en vuestros partidos de Champions variables estadísticas con la sospechosa tozudez de las indicadas antes.

Sé que sabes que me pone terriblemente incómodo decirte todo esto. Lo consignaba antes: soy como tú, comparto tu pasión por unos colores, y me dolería que alguien expusiera ante mis ojos realidades como las descritas aplicadas a mi equipo. Lo interpretaría como un modo torticero de restarle méritos. Yo no quiero restar méritos al Barça. Me disgusta meterme en ese lodazal. Me desagrada indicar a un amigo cosas que no le serán gratas. Pero ¿qué quieres que haga con toda esta información? Sinceramente, ¿qué quieres que haga? Pedirme que ignore todo esto no es pedir que haga un esfuerzo por minimizar mi forofismo madridista, sino pedirme que haga lo propio con mi sentido común.

Conozco el mantra sobradamente. “Hay que creer en la honradez de los colegiados”. Todo el mundo quiere creer en la honradez de todos hasta que la realidad no le deja. No hablo de corrupción en sentido estricto, porque no creo que la cosa vaya de maletines desfilando de aquí para allá o del proverbial chalet en la Costa Brava. La cosa va de la creación astuta, y durante muchos años, de un caldo de cultivo soterrado, quizá hasta tácito, quizá nunca o raramente verbalizado. Yo solo sé dos cosas: que conozco los datos expuestos, y que la razón me impide pasar por encima de ellos como si aquí no pasara nada.

Te quiero, amigo mío, pero algún día habrás de afrontar todo esto y decidir qué haces con ello. No soy yo quién para decirte cómo debes gestionarlo. Puedes si quieres ignorar esta carta. Yo no voy a volver a hablarte de este asunto.

Un fuerte abrazo.