Jesús Vallejo en un partido con la selección española.

Jesús Vallejo en un partido con la selección española.

1ª División

Vallejo: la historia de un ascenso impredecible

Víctor Muñoz, su descubridor, le subió directamente desde el juvenil al primer equipo del Zaragoza. Tres temporadas después, el Real Madrid se frota las manos con el mariscal que llega a sus filas.

Cuando aquel 23 de agosto de 2014 los aficionados zaragocistas observaron la alineación titular de su equipo, ninguno atisbó el engranaje del éxito que se ponía en marcha. A lo largo del partido, sin que nadie lo intuyera, sin que nadie lo esperara, en un tedioso enfrentamiento de Segunda División, en un ambiente de nerviosismo e inseguridad explícita, emergió una figura ilusionante, que despertó entre los maños el único bien de la caja de Pandora. Tímido, concentrado, humilde, Jesús Vallejo debutada en el primer equipo del Real Zaragoza con el dorsal 31 a su espalda y un mensaje grabado en su mirada: “Podéis confiar en mí”. Tanto como para que, tres años después y ya en la capital española, haya sido presentado por todo un Real Madrid.

De repente, como si el árbitro hubiera pitado el inicio de aquel partido iniciático antes de que los seguidores hubieran ocupado sus asientos, el joven de pelo alborotado había conquistado cada brizna de césped. Desde aquel momento, el defensa aragonés se destaparía como el jugador más determinante del vestuario blanquiazul, en el que también se cambiaban los ahora alabados Willian José y Borja Bastón.

Conforme avanzó la temporada, el canterano superó metas insospechadas para un mirlo de su edad: apenas ocho meses después de su primer encuentro, su entrenador de entonces, Ranko Popovic, le premió con el brazalete de capitán de un Zaragoza que se había quedado sin símbolos tras ocho años sumido en la desolada oscuridad que arrojó Agapito Iglesias. No acumulaba las heridas de guerra de veterano, ni había peleado en muchas batallas, pero su capacidad de liderazgo, su garra y su orgullo eran los de un general.

Fue en un partido contra el Tenerife, en el que Vallejo también inauguró su cuenta goleadora dando al Real Zaragoza un punto que sería vital para las aspiraciones del equipo. Le dedicó el tanto a su ya fallecido abuelo; él y sus padres le convencieron para fichar por el Zaragoza cuando era alevín.

El impacto del canterano implicaba cierto componente teológico; la parroquia blanquiazul se encomendó a él. La gente necesita creer algo, y entonces creía en Vallejo. En su garra, en su entrega. En su calidad. En todo. Con el firme convencimiento de que, contra todo pronóstico, el mañana mejoraría al ayer.

El aragonés nació la noche de Reyes de 1997, dos años después de la famosa Recopa de Nayim, y, ciertamente, para el zaragocismo su irrupción fue un regalo. Un futbolista salido de la cantera, que compartía con la grada un sentimiento que recientemente solo habían experimentado Ander Herrera, Zapater y Cani y comandaba la defensa como Violeta, Xavi Aguado y Gaby Milito, que también capitaneó a su escuadra, el Independiente de Avellaneda, cuando solo tenía 18 años. Sí, era un regalo.

Vallejo, desgarrado tras no ascender con el Real Zaragoza

Vallejo, desgarrado tras no ascender con el Real Zaragoza

Las lágrimas que derramó después de la derrota del Real Zaragoza frente a las Palmas en la temporada de su debut, que condenada al conjunto a una campaña más en la división de honor, fueron el último gesto que realizó como jugador de La Romareda. A 313,16 km de la capital aragonesa, en la capital española, Florentino Pérez se había fijado en el central. Y frente a ello, un equipo acuciado por urgencias económicas, que hacía 365 días había estado a punto de desaparecer, poca oposición podía mostrar.

El presidente madridista desembolsó cinco irrisorios millones de euros por un jugador de 18 años. Hoy adulto. Hoy reconocido. Pero Vallejo, que acababa de ganar el Europeo sub-19, quería seguir creciendo en el equipo de su vida, donde, en calidad de cedido, permaneció una campaña más. Fue la última.

El Real Madrid pactó su cesión con el Eintracht Frankfurt, donde esta temporada, la 2016-2017, ha disputado 27 partidos y ha llegado a la final de Copa, dejando boquiabierto a su entrenador, Niko Kovac: "No he visto un jugador así ni como futbolista ni como entrenador. Este chico es un escándalo".

Sin embargo, su trayectoria ascendente no le ha enloquecido. Eso es lo mejor: es un chico corriente con unas aptitudes extraordinarias. Su identidad se sustenta sobre el núcleo idiosincrásico que talla al hombre aragonés en su esencia. Es trabajor y pertinaz. La dureza del cierzo curte la fortaleza de sus víctimas. Y eso se nota en Vallejo. Un hombre que disfruta del ternasco y de la borraja y admira, en la pantalla, a Leonardo DiCaprio.

Es discreto. Comparece ante los medios con la prudencia que le es natural. Su prosa es coherente. Es un pragmático: escucha siempre a sus superiores. Pero también aboga por la dialéctica: le gusta debatir con ellos. Su voluntad de aprendizaje es total.

En un mundo cada vez más plagado de superestrellas, Vallejo representa el antiestereotipo del futbolista actual: no está registrado en Twitter y es tremendamente responsable. 48 horas antes de un partido es imposible localizarle. Desconecta el móvil y se concentra en su próxima contienda.

Además, su rendimiento en el fútbol no le ha apartado de su vocación intelectual. Durante su primera temporada en Segunda División, compaginaba su cargo de defensa con su asistencia por las tardes al Instituto Goya de Zaragoza, donde estudiaba para aprobar el Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales y la Selectividad. Tras unos óptimos resultados, comenzó la carrera de derecho, hasta que su erasmus futbolístico le condujo a Frankfurt, donde se cambió a Educación Física.

Su espíritu es el de un león

Su espíritu es el de un león

Su madurez mental armoniza con su estilo de juego. ¿Su principal virtud sobre el césped? La anticipación, sobre todo en el juego frontal, a la altura del medio campo, lo que le erige como el primer activo atacante del equipo, impulsando a sus compañeros desde la retaguardia. Además, rápido y contundente, administra como nadie los espacios y gana muy bien la posición al rival en los pases en profundidad. Aunque es joven, muerde y piensa como un fogueado zaguero; es raro que vaya al suelo. 

Popovic sintetizó sus virtudes con una magna comparación: “Vallejo es un representante de las cualidades de centrales como Baresi o como Lucio. De esos centrales que no existen más, porque los hemos matado nosotros como a los dinosaurios”. Es como los centrales de antes: “Inteligentes, saliendo desde atrás, llevando el juego y siendo peligrosos también arriba. Si viene un central desde atrás te desequilibra toda la defensa y todos los sistemas del rival, porque están ocupados con los delanteros, los laterales y los mediapuntas”.

Además, en Alemania ha mejorado su única debilidad sobre el terreno de juego: los centros laterales. Fuera, lo único que podría medrar su progreso es su fragilidad física. Su reciente lesión, la rotura parcial del tendón del músculo semimembranoso, es una más de una extensa lista de problemas musculares que le han mantenido en el dique seco cuando militaba en el Real Zaragoza y en el Eintacht Frankfurt.

Su progresión, más que inmaculada, quedó de sobra demostrada también en el Europeo sub-21 que concluyó hace unos días. Fue uno de los jugadores más dolidos por el subcampeonato de la selección española: "El grupo no se merecía esto. Cabeza arriba aunque sea difícil y me llevo la pena por los compañeros que acaban ciclo. Es una putada porque es un trabajo de un año muy duro, algunos con lesiones y todo. Pedimos disculpas a la gente que ha venido. Lo dimos todo por ellos y no nos queda otra que seguir". De nuevo, ejemplar tanto dentro como fuera del terreno de juego.

Este viernes, en un día nublado, comienza su etapa en el primer equipo del Real Madrid, donde deberá competir por un puesto con Varane, Nacho y Ramos. Allí escuchará el “Cómo no te voy a querer” del Bernabéu en vez del “Ale, Zaragoza, ale, ale” que tanto le emocionaba de La Romareda. Es 7 de julio y Madrid le recibe con un cielo nublado que amenaza tormenta. Pero su luz, en cuanto se enfunde la elástica merengue, no tardará en resplandecer.