Van Vleuten al coronar el Izoard.

Van Vleuten al coronar el Izoard. REUTERS

Ciclismo

Van Vleuten, la última heroína del ciclismo, bate marcas masculinas en el Izoard

La ciclista holandesa ha logrado el segundo mejor tiempo de la historia en el recorrido de los últimos cinco kilómetros del Izoard, uno de los escenarios más complejos del Tour de Francia y de La Course. Su proeza llega apenas un año después de su importante caída en las Olimpiadas de Río de Janeiro. 

Cuando uno holla la superficie del Col d'Izoard por primera vez, puede pensar que eso le que rodea, ese paisaje rocoso desprovisto de toda vegetación, ese lugar inhóspito que quema los pulmones y congela el pulso, es la luna. A más de 2.300 metros de altura sobre el nivel del mar, su puerto, una magnífica unión entre el norte y el sur de los Alpes, constituye desde 1922 un emblema del ciclismo, un punto único en la geografía francesa donde se magnifican todas las hazañas.

Su cuello rezuma la mística de los lugares inmortales en una Francia en la que, con su Mont Blanc que se alza al cielo y sus profundas catacumbas que ahondan la tierra, abundan los símbolos topográficos. Sobre las rampas de este paisaje que algunos tachan de infierno, estamparon la firma aquellos competidores que contribuyeron a escribir su leyenda de escenario de grandes duelos. Ahí, Bartali y Coppi midieron sus fuerzas, y Merckx, Pantani y otros tantos bregaron contra la dureza de la montaña, contra la falta de oxígeno que por la altitud merma a los corredores, en una apasionante batalla entre el hombre y la naturaleza. 

Ahí, Coppi, el Campeonissimo que había conquistado el Tour de Francia en 1952, acudió con su compañera, Giulia Occhini, para fotografiar a los corredores, como un seguidor más, como un competidor menos, y felicitó a su paso al futuro mito del ciclismo Bobet, que, con el dedo pulgar, le agradeció los ánimos.

Van Vleuten, flamante ganadora de la etapa

Van Vleuten, flamante ganadora de la etapa Reuters

Su gesto, una mezcolanza entre respeto deportivo y admiración, perdura indeleble en la memoria de los aficionados, como también permanecen sus dos bustos conmemorativos que, colocados en la cima del coloso alpino, presenciaron la última gesta vivida en esta vista desértica. La tradición de su majestad el Izoard había reservado hasta esta semana un lugar privilegiado para los hombres, pero la ciclista Annemiek van Vleuten conquistó su propio espacio para las mujeres. La ciclista obedeció al pie de la letra el dogma preconizado por Bobet de que "en el Izoard los grandes héroes llegan solos". Y, encima, en tiempo récord. 

La corredora del Orica-Scott, de 34 años, logró durante la presente edición de La Course, el Tour de Francia femenino, el segundo mejor tiempo (15:34) de la historia de los cinco kilómetros finales, que poseen un 8% de desnivel de ascensión media, aunque varias de sus rampas alcanzan el 18% con un desnivel acumulado total de 377 metros

Van Vleuten era la gran favorita y su triunfo fue increíble. Atacó a cinco kilómetros de la meta en un grupo de nueve corredoras entre las que figuraba también su compañera de equipo Amanda Spratt. Su sprint fue un visto y no visto e inmediatamente dejó atrás a todas sus perseguidoras. Deignan lo intentó, pero no pudo con la fuerza de quien había ganado dos etapas en el Giro Rosa a principios de este mes. 

Sólo un ciclista, en competición oficial, bate su marca en esos últimos cinco kilómetros: el actual soberano de la montaña del Tour de Francia Warren Barguil, que lo logró en 13:51 (en esta edición del Tour). Ni Eddy Merckx, el considerado como el mejor ciclista de todos los tiempos, consiguió mejor tiempo que la holandesa. 

Además, la gesta de esta triunfadora adquiere todavía más tintes míticos si se tiene en cuenta que hace apenas un año, en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, sufrió una de las caídas más espeluznantes que se recuerdan.

En una bajada, la rueda de atrás de su bicicleta se elevó como las patas traseras de un potro salvaje, la ciclista perdió el control y terminó sobre el borde del andén de la carretera tras haber dado una voltereta imposible. Un silencio sepulcral acompañado de voces atemorizadas y la caída de la lluvia oscureciendo la escena fueron el epílogo de un sueño olímpico truncado por una conmoción cerebral de gravedad y tres vértebras microfracturadas

"Lo siguiente que recuerdo es que desperté en la cama de un hospital y mi madre estaba en el teléfono", recordó la campeona, que no se sometió, que no se rindió. Dos semanas después del accidente, Van Vleuten volvió a montar su bicicleta y casi un mes más tarde ganó su primera etapa, el prólogo del Tour de Bélgica. 

El relato de esta campeona debería constituir un acicate más para reclamar la importancia del ciclismo femenino, que lleva 20 años luchando contra la discriminación. La exigua visibilidad en televisión y la carencia de promoción ahogan a un deporte que reivindica su lustre. Heroínas no le faltan: Van Vleuten no colocó una bandera, pero, como Armstrong, también conquistó la luna.