Manolo Santana, durante un partido en su época de tenista profesional

Manolo Santana, durante un partido en su época de tenista profesional

Obituario

El recogepelotas convertido en estrella que nos enseñó a amar el tenis

11 diciembre, 2021 22:43

Segunda mitad de los años 50. La España oscura (convenía apagar las bombillas, porque la luz era muy cara; como ahora) y tristona empieza a cambiar un poco. Hay televisión, para los que pueden permitírselo, y las grandes ciudades empiezan a ver coches y bullicio.

El tenis es signo de distinción social. Se juega en algunos clubes privados, más que nada para dar un par de mantazos con la raqueta y tomarse luego el vermut y un piscolabis.

Y en ese contexto surge de repente una fuerza de la naturaleza. Manolo Santana. Un muchacho de complexión normal, dientón, nacido en Madrid, el 10 de mayo de 1938, en el seno de una familia humilde y con un don especial para manejar la raqueta.

Era un crío de 10 años cuando empezó a ganarse la vida como recogepelotas en el Club de Tenis Velázquez. Evidentemente, también aprovechaba a coger la raqueta y mostrar sus innatas habilidades. Era un muchacho con el síndrome de la genialidad. 

Santana no era un portento físico, como el poderoso Rafa Nadal, que décadas después le arrebata el título de mejor tenista español de todos los tiempos, pero iluminados ambos por un instinto y una capacidad técnica extraordinarios.

En 1958 ganó Santana su primer título importante, el campeonato de España, y poco después fichó por el Real Madrid, que en aquellos tiempos, comienzos de la década de los 60, tenía una sección de tenis.

Y entonces se produjo la más sorprendente explosión. Manolo Santana, prácticamente un desconocido en un país que apenas seguía otros deportes que el fútbol, el ciclismo y el boxeo, ganó en París en 1961 el importantísimo trofeo Roland Garros. Y el tenis entró en nuestras vidas. Santana nos enseñó a amarlo.

La mejor televisión de España, la única entonces, empezó a incluir el tenis regularmente en su programación, dedicándole incluso espacios preferentes.

Santana no era un portento físico, como el poderoso Rafa Nadal, pero estaban iluminados ambos por un instinto y una capacidad técnica extraordinarios.

Santana sumaba triunfos: otro Roland Garros en 1964, el torneo de Estados Unidos (Forest Hills) en 1965, Wimbledon en 1966… cuatro torneos del Grand Slam en cinco años y memorables enfrentamientos con el fenómeno australiano Rod Laver. Y eso que Manolo nunca disputó el Open de Australia.

Los oídos y los ojos hispanos aprendieron a apreciar el mantra entusiasmado del locutor Juan José Castillo, cuando exclamaba su "¡entró, entró!", que significaba anotar otro punto mágico para los tenistas españoles.

Santana tenía a su alrededor otros nombres como Juan Couder, José Luis Arilla, con el que jugó innumerables partidos de dobles, Juan Gisbert y Andrés Gimeno, que se convertiría en el primer tenista profesional español. Y ya al final de su carrera, el otro Manolo, Orantes, en el que durante algunos años se quiso ver a su heredero.

Podría decirse que aquel grupo fue la primera gran armada del tenis español. Pero, con Santana como líder, no consiguieron el título de mayor prestigio que pudieran soñar, la Copa Davis, en dos épicos asaltos ante Australia, en 1965 y 1967.

Probablemente faltó entonces el otro gran talento, Gimeno. En aquellos momentos se diferenciaba entre tenistas amateurs y profesionales. No participaban en los mismos torneos ni si enfrentaban entre sí. La Davis y los torneos del Grand Slam eran para los amateurs, como Santana. Aunque también él vivía de su prodigiosa muñeca.

Para entonces, al españolito de a pie la raqueta había dejado de parecerle un extraño adminículo para ricos de club elegante. En torno a Santana se desplegó una prolija divulgación. Los periódicos (sobre todo los deportivos) enseñaban a empuñar la raqueta, colocando el pulgar como es debido, y a aplicar los golpes de la manera más ortodoxa.

Con Santana aprendimos a distinguir un drive de un revés y esa extraña puntuación que salta del cero al 15, luego al 30 y al 40, sin tratar de entender por qué. Los parques y descampados empezaron a dibujar canchas, con los suelos mejor o peor igualados. Siempre de tierra o cemento y, en el mejor de los casos, con dos palos para atar una cuerda e incluso, en algunos, colgar una red.

Y así fue como España empezó a jugar al tenis, mientras la televisión, en blanco y negro, se hacía un artefacto normal en la mayoría de los hogares y a la dictablanda se le abrían fisuras por las que se empezaba a atisbar otro mundo posible.

Con Santana aprendimos a distinguir un drive de un revés y esa extraña puntuación que salta del cero al 15, luego al 30 y al 40, sin tratar de entender por qué.

La vida en color, después de su etapa como deportista en activo, le ofreció también grandes espacios en la pantalla catódica a Santana, convertido en uno de los primeros famosos que alcanzaban notoriedad con su vida privada, cuando para eso era requisito previo haberse ganado la fama haciendo algo destacado.

Santana alimentó al cotilleo y al cuché con sus cuatro matrimonios y cinco hijos. Con su primera esposa, María Fernanda González Dopeso estuvo casado de 1962 a 1980. Tuvieron tres hijos.

Luego se casó con la mediática periodista Mila Ximénez (1983-1986), con la que tuvo otra hija; con la modelo sueca Otti Glanzielus (1990-2008); y con la colombiana Claudia Inés Rodríguez, en 2013, hasta hoy. Tiene además reconocida una hija extramatrimonial.

Pero volviendo a aquellos mágicos años 60, cuando Santana estaba en la cúspide y se convertía en un verdadero fenómeno social en España, aún quedaban desajustes extravagantes, como esa diferenciación entre deportistas profesionales y amateurs, que era de ámbito mundial.

Algo especialmente incomprensible en el tenis. Entre otras cosas, los profesionales no podían competir en los Juegos Olímpicos. En ningún deporte.

En 1968 aquello empezó a cambiar, cuando los grandes torneos de tenis asumieron el formato open (abierto), que permitía competir en igualdad a tenistas de ambas categorías y optar a los premios en metálico.

El español Juan Antonio Samaranch, vicepresidente del Comité Olímpico Internacional, añadió otra novedad para ese mismo año, al llevar el tenis a los Juegos de México, con dos competiciones, una de demostración y la otra de exhibición.

La primera medalla de oro, aunque no fuera oficial, la ganó Manolo Santana enfrentándose en una disputada final de demostración a Manolo Orantes, que logró adelantarse por dos veces en el tanteador para acabar perdiendo en el quinto set.

En dobles, Santana formó pareja con el pro Andrés Gimeno y conquistaron la plata de demostración.

Manolo Santana prolongó su carrera hasta 1980, sin llegar a ser etiquetado nunca como jugador profesional, porque esa distinción se diluyó y desapareció.

Luego como icono y pionero del tenis español fue entrenador, promotor de torneos, capitán del equipo de Copa Davis en dos etapas (1980 a 1985 y 1995 a 1999) y figura simbólica en el palco de todos los grandes acontecimientos tenísticos hispanos.

La última vez que se vio en público a Manolo Santana, que falleció este sábado por un fallo cardiaco, fue el pasado septiembre, en el torneo de la Mutua Madrid. Ya entonces, con un aspecto notablemente debilitado.

Manuel Santana nació en Madrid el 10 de mayo de 1938 y falleció en Marbella el 11 de diciembre de 2021. Deja mujer, Claudia Inés Rodríguez, y cinco hijos.

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