Gizaw Bekele compitiendo.

Gizaw Bekele compitiendo.

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Por qué se dopan los ganadores de las carreras de tu pueblo

Cinco de los seis detenidos por la Operación Relevo hicieron de las carreras populares su negocio. Podían ganar hasta 7000 euros al mes.

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587.000 pesetas. Lo que ahora serían 3.528 euros. El 3 de junio de 1984 fue la primera vez que se repartieron premios en metálico en una carrera popular y esa fue la cantidad que se repartió entre los mejores en aquella prueba de Majadahonda. Las carreras dejaron de ser un escenario donde se corría para rebajar marcas y mejorar puestos para convertirse en una forma de vida para los mejores amateurs.

Estas carreras no dependen de la Federación Española de Atletismo, sino del municipio que las organiza. No hay controles antidopaje. Pagas, corres y, si quedas en buena posición, te llevas en metálico el premio que el ayuntamiento de turno haya considerado oportuno. Es fácil. Y es más fácil ganar si reduces la competencia, si te compinchas con otros atletas para no participar en las mismas carreras.

Eso es lo que hacían los seis detenidos dentro del marco de la 'Operación Relevo': Gizaw Bekele (vencedor de la carrera Liberty de Madrid hace dos semanas y de la media maratón de la capital celebrada en abril), Rachid Najid (que se hacía pasar por seleccionador de Holanda y Túnez), Said Aitadi (marroquí nacionalizado español y campeón de España de campo a través por equipos en 2016), Malika Asahssah (mujer de Najid, que actualmente ya cumple una sanción de cuatro años por dopaje), Fatima Ayichi (considerada una promesa del atletismo en Valencia y que ha sido fulminantemente expulsada por su equipo, el Cárnicas Serrano) y Abebe Mulugeta (corredor aficionado y “correo” de la organización).

Detienen a 6 atletas por una trama de dopaje deportivo

Los implicados en la 'Operación Relevo' son atletas de media y larga distancia. Y se dopaban. No lo hacían para ganar una medalla olímpica o un Mundial. Era una trama a otra escala: la de las pequeñas carreras. Algunas de las carreras en las que participaban eran para ellos como un entrenamiento. Podían participar en varias cada semana. Era su medio de vida. Esas carreras populares eran su “negocio”. Según cuentan fuentes policiales, podían ganar hasta 7.000 euros al mes.

Gizaw Bekele, por ejemplo, este año se ha hecho con el título de vencedor de la Media Maratón de Madrid (1.700 euros de premio), la media de Elche (otros 500 euros), también la de Almería (1.000 euros más), la de Getafe (1.000 euros), la de San Sebastián (500 euros)... Su último triunfo fue el 10 de junio en la novena edición de HM Corre por la Vida, una carrera de 10 kilómetros en la que se llevó otros 1.000 euros.

La semana anterior también ganó la undécima edición de la Carrera Liberty de la capital (10 kilómetros), en la que cruzó la línea de meta con un tiempo de 29 minutos y 6 segundos. El récord del mundo de esa distancia está solo a algo más de dos minutos de esa marca: 26 minutos y 44 segundos.

Competir a nivel profesional no daría esos beneficios. De eso se ha quejado Ángel David Rodríguez, el actual capitán de la selección española de atletismo en los Juegos del Mediterráneo y ya con la mínima lograda para el Europeo de este verano en Berlín. “Igual va siendo hora de solicitar que cualquier competición deportiva con premios económicos (a partir de una cantidad) tenga la obligatoriedad de realizar controles de dopaje”, ha dicho en Twitter.

'El Pájaro', como es conocido, no ha sido el único en pedir medidas que eviten este “negocio”. Tanto aficionados como atletas profesionales han propuesto eliminar los premios económicos de este tipo de carreras y regresar al modelo anterior a 1984. Diana Martín Giménez, bronce en los Europeos de Atletismo de 3.000 metros, también ha pedido que a los controles de detección de sustancias se sumen sanciones de por vida.

Sin embargo, la polémica sobre los premios en metálico en las pruebas populares no es algo que afecte únicamente a los deportistas amateur. El hecho de la creación de un negocio paralelo y los problemas con el tráfico de sustancias dopantes entre los aficionados son una realidad de la que ni los propios corredores aficionados pueden abstraerse. Una discusión que existe desde aquella decisión de 1984 y que costará tiempo decantar de un lado u otro.