Fer, Tommy, Jorge y Paco. Camellos.

Fer, Tommy, Jorge y Paco. Camellos. Laura Bermejo Carrasco.

Música Entrevista a la banda

Camellos: “Abascal puede decir burradas, nosotros no; el poder mide la libertad de expresión"

“Las drogas son como las casas de apuestas en barrios obreros: hipotecar tu futuro por pasarlo bien un rato” / “Sí hay futuro: lo que da poca esperanza es el precio del alquiler, no la gente” / "Ahora todo está lleno de polis de los cojones que miden tu autenticidad". 

Camellos -Fer, Paco, Tommy, Jorge- eran amigos antes de que naciese el grupo; antes -incluso- de que el grupo empezase a tener éxito, y eso se nota cuando trasladan la química, el cachondeo y el gamberrismo del bar de abajo al escenario: la semana pasada, con la sala Independance abarrotada y toda hecha un pogo, se miraban como se miran las delanteras míticas.

Han estado tres años girando con Embajadores y ahora presentan Calle para siempre, mientras amasan una legión de adeptos cada vez más fidelizados que les quiere porque les entiende en lo fundamental: porque hablan como ellos, porque piensan como ellos, porque le encuentran la gracia hasta a sus bromas privadas -una mezcla de cultura popular, de chistes de Los Simpsons, de memes y de coñas millenials: un cóctel sardónico, atractivo y desafiante para afrontar el panorama desolador de los alquileres, los curros abusivos, las citas extrañas, los clubs abiertos de gilipollas y los modernos insoportables que se expresan constantemente con anglicismos-.

Son los cuentos cotidianos que, dentro de la tragedia, no dejan de dar salsa: una jefa que te explota -“se murió mi padre, me hizo ir a currar: no le puedo gustar más”, una nostalgia irónica de los ochenta -“ya no hay tatuajes como los de antes: brujas, soles, duendes, tribales”-, una decepción sentimental -“me hiciste un Tarzán, cuando soltaste mi rama, tenías otra agarrada”-, una desorientación laboral importante -“opositar, vaya reto; estudiar me parte el día, trabajar siempre ha sido mi sueño (…) mi jefe imaginario tiene Linkedin”- y siempre la promesa de una noche salvaje que cure todo lo demás: “Vamos a dejar tu piso como el edificio Windsor”.

Charlamos con Fer -vermú con chorrito de ginebra mediante- en La taberna de mi abuelo, y, de paso, le pedimos un deseo para 2020, ahora que todo parece posible: “Pues mira, que el año sea como los locos años veinte en EEUU, donde todo el mundo se puso a decir: ‘Tío, la guerra nos puede matar a ocho millones de personas, por lo tanto, disfrutemos la vida’. Vamos a pelear por las cosas que importan y dejar las que no nos implican tanto directamente, como los nacionalismos... vasco, murciano, español, el que sea. Que la gente que ya tiene poco, no se joda. Eso es lo que molaría que pasase en 2020”. Amén. 

¿Cómo se compagina el propio oficio con la música? Habéis estado como tres años girando con el primer disco y todo va in crescendo, ahora el segundo… ¿cómo se sobrevive?

Sí, y tengo la sensación de que muchos grupos evitan hablar de esto. En vez de usarlo para denunciarlo, lo usan para avergonzarse: lo de ser trabajadores a la vez que músicos. Me sorprende porque hay muchos grupos que leo y parece que sean Bill Gates, y luego les conozco de primera mano y sé que es mentira, sé que no viven de la música. Nosotros lo hemos compaginado como el 90% de los grupos que hay en España: llevándolo como si fuera un hobby (como ir a pescar los fines de semana con tus amigos o llevar un huerto) y dedicarle el tiempo que podemos, pero intentando profesionalizarlo. Cada vez le damos más caña, cada vez la promoción es más liosa… digo todo esto para quitarle importancia, no es nada loco. En España es lo normal. Es una putada, pero es así. Intentamos conseguir trabajos con horarios que nos permitan salir los fines de semana y guardar nuestras vacaciones para grabar discos. Como lo haría cualquiera que no se sienta avergonzado de estar en esta situación.

Qué desagradable que haya quien se avergüence de eso, ¿no?

Sí, total, total. Es que pasa que estás con alguien tomando algo y te dice lo de “ya podrás, ya podrás vivir de la música”… y luego sabes que él pone copas en un bar. Y dices “joder, ¿cuál es la vergüenza de esto? ¿Por qué no nos unimos todos e intentamos cambiar la situación?”. Se trataría de decirle a la gente: oye, por tu forma de consumir música y de ir a los conciertos, yo tengo que tener tres trabajos.

Eso te iba a decir: ¿cómo se hace para vivir de la música en España? Parece un podio para unos pocos privilegiados.

Sí, yo conozco muy poca gente de la que me conste que lo hace realmente, como Novedades Carminha, que iban con nosotros al local, ellos sí lo consiguieron. Es una carrera de fondo. Había una cosa que dijo Mujeres, cuando sacaron el disco de Marathon: que el disco se llamaba así porque la música es eso. Es un maratón y el que aguanta más consigue vivir de la música, o, al menos, tener una existencia digna. Vaya, para poder pagar un alquiler en Madrid y vivir normal. Ya no te estoy hablando de cochazos y mansiones…

Que esa es como la siguiente tentación horrible que aparece cuando viene mucha pasta. Videoclips descorchando champán, limusinas, relojes locos.

(Ríe). Sí, eso se hace en el rap y también es mentiroso. Porque vende, claro. “Igual puedo vivir de una forma mediocre si consigo hacer creer a la gente que soy millonario”. No lo entiendo muy bien yo tampoco.

¿Qué lujo obsceno te darías tú si esa situación llegara?

Podría decir un montón de gilipolleces…

De eso se trata.

(Risas). No sé. Lo primero que haría sería sorprenderme y lo siguiente que haría sería una gilipollez extrema, pero claro, tampoco te haces rico de la noche a la mañana, es una carrera de fondo, sería más bien una inversión… Nunca te da tiempo a comprarte un traje con plumas de pollo o unas botas de cocodrilo. Ir vestido de rapero de los noventa de verdad. Eso sería muy guay, pero claro, esto no va como de que te toca la lotería. No sé cómo les pasó a Carolina, que sí que dieron la sensación de pegar un pelotazo muy rápido, pero no es lo habitual. Vaya, ellos son todo lo contrario a fliparse y comprarse botas de cocodrilo, por otro lado.

¿Para qué sirven las drogas?

¿Experimentar?

Dímelo tú.

A ver, a mí no me gusta hablar de las drogas como si fuera una risa porque he vivido situaciones muy malas, no personales sino en mi entorno: muy feas. Trivializar con las drogas es gracioso un rato, pero seriamente no es nada gracioso y ha llevado a mucha gente a la mierda.

Hay una romantización de las drogas en el arte, ¿no?

Sí, muchos grupos… estaba pensando en lo que decían los Doors, “abre las puertas de la percepción” con el LSD. Pero en la vida real no dejan de ser como las casas de apuestas en los barrios obreros: es hipotecar tu salud y tu futuro por pasarlo un rato bien. Esa es la realidad.

No seré yo quien haga la apología, pero es que os llamáis Camellos.

(Ríe). A ver, nuestro batería es straight edge, porque piensa que las drogas son un elemento de control social. Hay muchas teorías de que la heroína se introdujo en España para cargarse a una generación de gente que era políticamente muy contestataria.

¿Y cómo vive él llamarse Camellos y ser straight edge?

Bueno, él llegó después (ríe).

Ya no se podía cambiar el nombre.

No. En su caso, es hasta irónico también.

Y qué pasa con la intro de Llamar: esa cosa incómoda para la gente que no suele tener relación con los camellos, esto de ¿cómo me dirijo a él, qué jerga se usa, lo estoy haciendo bien…? Y a la vez es muy tierno.

Lo intentamos dejar un poco abierto, ya sé que no lo conseguimos (risas). Camellos y la primera Llamar (risas). Intentamos retratar esa situación de “la persona que no sabe” y “la persona que sí sabe”. Intentar decirle: “tío, no pasa nada...”, y en realidad lo que quiere es quitarse el marrón y que el otro empiece a volar solo, el pollito fuera del nido y ese rollo. Nos hizo mucha gracia. Eran conversaciones que habíamos vivido cercanas.

Hay en vuestras letras hostias muy irónicas a la explotación laboral, como en Tentaciones. ¿Cuál es vuestra experiencia con esto? Con la precariedad. También leía ayer que un joven de entre 16 y 29 años tiene que dedicar como el 94% de su sueldo al alquiler.

Madrid ahora mismo, como toda “ciudad genial” (adoramos Madrid), tiene esa trampa. Nosotros venimos de fuera y lo hemos vivido: tener amigos a los que les han tenido que dejar dinero sus padres a final de mes, muchos sinsentidos… gente que viene a vivir el “sueño madrileño” y dejan trabajos mejores para pagar alquileres mayores. No lo entiendo muy bien. Es una cosa muy rara. ¿Qué hacemos? No lo sé. Hay trabajos buenos, pero hay que tener… paciencia. Cuando yo me fui a Alemania no me fui con las manos en el bolsillo a ver qué me encontraba, busqué un trabajo desde aquí y me marché. Antes de venirte a Madrid tienes que saber a qué vienes, no venir a comerte mierda con con cuchara. Venir porque hay un trabajo mejor o porque verdaderamente hay un sueño madrileño detrás, no sólo venir aquí a ser guay y a tener un instagram molón.

Camellos.

Camellos.

¿Qué es Madrid para Camellos?

Madrid es la hostia, que me da pena porque a veces parece que estamos hablando del infierno. Yo soy muy feliz en Madrid, pero creo que sí que hay una serie de cosas que no se han hecho, como fijar el precio del alquiler, que es como “tío… ¿cómo no lo ha hecho ni un gobierno de izquierdas?”. Me da un poco de cosa. ¿Cambiará; no; cuántos intereses hay detrás…? Ya veremos.

¿Podemos decir entonces que Camellos es anticapitalista o que sólo se ríe del capitalismo para sobrevivirlo?

Camellos no es un grupo político. A ver, el que quiera encontrar política en Camellos la va a encontrar rascando un poco, pero nosotros hacemos política donde creemos que tenemos que hacerla. Y en la música… hablamos de lo que nos interesa y la gente que entienda lo que quiera. No nos mola encasillarnos y creo que esa también es nuestra arma.

Pero, indudablemente, tocáis temas muy cercanos… ¿cómo se puede hacer música con componente social sin dar la chapa?

La intención es hacerlo a nuestra manera. No está eso de “chicos, no hablemos de política no sea que nos encasillen y nos dejen de escuchar”, es que nos apetece hablar de las cosas así y ya está. Respetamos a gente como Nacho Vegas que lo hace, dar la turra con la política y todo eso, y de hecho, nos gusta, pero a nosotros no nos apetece hacerlo. No nos apetece, y ya está (risas).

¿Qué hay de “healthy, healthy, un poco expensive”?

Qué quieres decir.

No, qué quieres decir tú.

(Risas). Queríamos hacer una canción en torno a todo el tema de anglicismos, que es una forma de hablar que nos hace mucha gracia, oír a la gente decir “este business está muy down”, y cosas así muy raras. Joder, que yo no siempre digo “fiambrera”, que también digo “tupper”, pero que a veces me rompe el cerebro. Lo llevan tan lejos que es difícil seguirles. En los curros ya es… no sabes qué están hablando.

Oye, ¿qué es hacer el Godzilla?

Hacer el Godzilla… es una práctica sexual que consiste en destruir a la par que… es muy gráfico, ¿no? Es practicar el sexo mientras destruyes todo lo que hay a tu alrededor.

El mobiliario, digamos.

Sí, tiro la mesa, tal, rompo las cosas… muy cinematográfico.

En vuestras canciones hay poco amor en sentido clásico (lo que ahora llaman “amor romántico”) y algo más de sexo, pero a veces por su ausencia. “Todos mis vecinos follan más que yo”, o cuando decís lo de la liana… ¿Cómo es el sexo para la gente de nuestra generación?

Creo que estamos en un momento de reivindicación total, hasta la gente que decide masturbarse y no tener relaciones se quiere reivindicar, y me parece muy bien, se respira una especie de libertad y de respeto… incluso alguien que dice “llevo sin follar seis meses”, y otro le contesta “joder”, y dice el primero: “¿Y qué pasa? Me gusta masturbarme”. Tío, de repente todo el mundo lo está entendiendo. Que no hay problema. Ahora la gente está entendiendo que todo en la vida no se basa en el éxito, y que el éxito no es el sexo, y que no tenemos que convencer todo el rato a los demás de que somos personas exitosas.

Nosotros hablamos del amor a nuestra manera, como todo, pero no queremos hablar del “qué bien estoy contigo” o del “qué bien estoy sin ti”, de esta mierda súper repetitiva de… no sé… ya sabes, los grupos de pop estos que… parece que el amor romántico para ellos es una especie de prisión chunga. Nos aburre tremendamente. El amor es mucho más poliédrico, por ejemplo, Arroz con cosas. Está esa búsqueda de la relación, está esa propia humillación de decir “todos mis vecinos follan más que yo”, pero su relación con el sexo sólo es hacer el Godzilla, ¿sabes? Hacerlo a lo bestia. Me parece más turras el amor pop que la política. Los grupos de pop… todos estos putos grupos. Su forma de entender el sexo y el amor es siempre la misma, nunca hay conflicto personal más allá del “te echo de menos” o “no te echo de menos”. “Pírate”, “quédate”… joder, tío, ¿de verdad tu vida sexual es así? Madre mía. Vaya coñazo de persona.

¿Y Tinder?

Pues muy bien, pues eso: aceleración. A mí no me gusta exponerme en internet tanto, poner una foto y decir “hola, soy...” (risas). A Jorge, por ejemplo, le encanta. A Tommy, a Paco y a mí nos gusta menos. Hola, ¿te gusta mi foto? Pero si nos paramos a pensarlo, es igual en un bar. Tú te acercas a una persona porque te atrae físicamente o porque te han dicho quién es, o porque te gusta lo que hace… pero en el fondo no tienes ni puta idea. Es respetable, pero a mí simplemente me hace sentir súper incómodo exponerme en internet.

De alguna manera, hay una mirada escéptica y crítica hacia las cosas, incluso hacia las propias “cosas millenials”. Una denostación humorística.

Al final, para nosotros esa denostación y esa ironía, ese humor propio de poder criticarte a ti mismo es algo que hacemos sin querer pero hemos comprobado que es un arma poderosa. Decía Leo Bassi que el arma del fascismo y del capitalismo es el miedo y el arma de la gente inteligente es la risa, porque quien se ríe no tiene miedo. Me hace gracia porque veo que a la gente en esta época y es una poli que flipas. Les encanta criticar todo lo demás sin ningún tipo de constructividad: “Tú eres una mierda porque… porque… porque no eres lo bastante auténtico”. Pero bueno, ¿quién mide la autenticidad? ¿Quién mide todo esto? Tú, que eres el poli de los cojones.

Y lo que nos hacía gracia es que nadie se mete directamente con nosotros porque intuyen que le vamos a dar la vuelta a lo que ellos digan y nos vamos a reír de él. Sin embargo, hemos visto a gente más seria, como a Biznaga, que tienen que soportar que les digan “no tocáis en okupa, no sois lo bastante auténticos”, y es como “que te den por culo, déjales en paz que hagan su música”. Y con nosotros no se atreven, y es porque tienen miedo de nuestro poder, que es el humor. Si quieren meterse con nosotros, lo hacen por privado porque no tienen huevos a meterse en público, y me alegro. Es un humor aislante a la par que propio. El que entra, entra, y el que no, pues vale, pero nadie va a decir “tío, es que no es humor de siempre” (risas). Sin embargo, a la gente que sí va de auténtica les pueden meter un palo, y me jode, porque digo “¿tú quién eres para medir la autenticidad de los demás?”.

Hablemos de Vaya a la cárcel.

Hablamos de nostalgia de lo más casposo, de la letra del Cara al sol, por ejemplo, y los tatuajes estos chungos de brujas, tribales, duendes… vamos, que tenemos amigos cercanos que tienen tatuajes de esos… intentamos mezclar la nostalgia de la gente que tiene nostalgia de lo malo con otra cosa muy mala que sí que hay ahora mismo: y es que hay una libertad súper condicionada. Unas cosas sí puedes decirlas, otras no… pero se mide por quién tiene el poder. Eso es la libertad de expresión: poder. Yo no puedo decir ciertas burradas pero tengo que soportar que Abascal sí las diga. Que salga diciendo que ciertas personas son enfermas, que ciertas personas no tienen derecho a sanidad, a educación… joder, esto no es multable, pero ¿lo mío si es multable? Debe haber un límite para todos, pero un límite lógico, que no sólo defienda al poder. Que un político diga burradas para mí es más problemático que que lo diga un puto grupo. No hay ninguna lógica, es algo arbitrario.

Camellos.

Camellos. Laura Bermejo Carrasco.

Pregunta de Jorge de la Trinidad: ¿qué piensas de la palabra “maricón”?

(Ríe). Me parece fatal, muy mal utilizada y no se debe decir.

¿Y por qué te ríes?

Me río porque en privado la hemos utilizado entre nosotros alguna vez. En el viaje que hicimos con ellos nos lo decíamos… pero vaya, que me parece una palabra fatal.

¿Por qué es tan fácil ser un gilipollas?

Eso me gustaría saber a mí también. Justo hablábamos de Vaya a la cárcel, y nosotros la vemos bastante unida al tema de “gilipollas”. Una vez hablé con una persona que me dijo “¿no te pasa que vas por la calle, y miras a la gente y piensas ‘joder, son todos gilipollas’?”. Y yo: “Mmmm, no, tío”. Y pensé: si piensas eso de verdad, tendrás que pensar que estás entre ellos, no me jodas. No es así, Camellos no va señalando a los demás en plan “sois gilipollas y yo soy el listo”, no, eso es una demencia de pirado. Hay gente que no es que sea gilipollas sino que se permite serlo un montón de veces, y lo que les queremos decir es “es muy fácil serlo”. No es una cosa de la que sentirse orgulloso. Hemos escuchado a gente decir cosas como: “Yo es que soy muy sincero”. Y es como: “Vale, ahora me va a insultar”. No tienes por qué ser tan sincero, puedes ser educado también, ¿no? Puedes ser una persona que dice lo que piensa sin insultar a nadie ni tratarle como a una mierda: para mí eso es ser un gilipollas. Creerte con el derecho de ser sincero pero ser un maleducado, que se dedica a insultar a los demás bajo el pretexto de decir “a mí no me callan”. Venga, macho.

¿No hay futuro?

Nos asocian con el punk y tratan de meternos el “no future” de Sex Pistols: “No future, no future for me”… (canta). Y es como: es verdad que hay cosas que dan poca esperanza, pero más el precio del alquiler y la bajada de sueldos que la gente.

Humanistas.

Muy humanistas. Y yo soy el ingeniero, imagínate.