Luisgé Martín.

Luisgé Martín.

Libros El libro de la semana

La vida es una mierda: razones por las que el pesimismo os hará libres

Borges decía que “todos caminamos hacia el anonimato, sólo que los mediocres llegan un poco antes”. Luisgé Martín cree que “todos caminamos hacia la infelicidad, sólo que los lúcidos -o los observadores- llegan un poco antes”, y al poco pide disculpas por la falta de ironía del aforismo. Desde esta línea le avisamos: si está buscando un ensayo cómodo, chispeante, naif, liviano y paulocoelhiano, éste no es su lugar. El mundo feliz. Una apología de la vida falsa (Anagrama) es un libro francamente desagradable. Porque nos coloca ante un espejo donde asumimos las viejas marcas, las arrugas, los defectos. Porque es radical, desacralizador, antirromántico. Porque no sólo señala las grietas, sino que propone caminos extraños. 

Lo repite con frecuencia en sus páginas: “La vida es, en su esencia, un sumidero de mierda o un acto ridículo”. De esa tesis parte. Luisgé Martín nos recuerda lo que ya sabemos: “La nada devorará hasta la última de nuestras partículas, los amores eternos durarán, en el mejor de los casos, mientras la muerte lo permita, la enfermedad roerá nuestro cuerpo hasta hacerlo inservible (o, aún más perversamente, roerá antes los de algunas personas a las que amamos y a las que veremos morir), sabemos que los éxitos serán fugaces y los afectos, si los hay, interesados o escurridizos”.

No obstante, detalla el ensayista, nos abstraemos de esas ideas y vivimos como si todo lo que hacemos fuese necesario o fascinante, “como si visitar un país lejano, fornicar con alguien o escribir un libro nos conectara con la eternidad”. “Como si el sentido de la vida existiera realmente”. Martín detesta esos mitos literarios y románticos en los que hemos sustentado nuestra vida. Detesta esa cursilería que nos alimenta y nos limita. Aquella absurda novelería. Todas esas ficciones que, engañosamente, han dado relieve a nuestra existencia pero, a la postre, nos ahorcan. Nos hemos vuelto teatreros y lentos. Hemos querido hacer de este rato una fiesta, pero acabamos pisando, descalzos, los platos rotos. 

Nos hemos frotado las manos leyendo a Sábato en Sobre héroes y tumbas:

-Me gusta la gente fracasada. ¿A vos no te pasa lo mismo?

Él se quedó meditando en aquella singular afirmación. 

-El triunfo -prosiguió- tiene siempre algo de vulgar y de horrible. 

Se quedó luego un momento en silencio y al cabo agregó: 

-¡Lo que sería este país si todo el mundo triunfase! No quiero ni pensarlo. Nos salva un poco el fracaso de tanta gente.

Este extracto es sólo un ejemplo de cómo la literatura -y otras artes- nos han revestido de prestigio y bohemia el dolor. La miseria. La mediocridad. Hemos comprado sus paisajes porque queríamos creérnoslos. Porque, en el fondo, todo este panorama es irrespirable, ingrato y cruento. Luisgé Martín apunta que no hay que hacer un drama de esta certeza. “A menudo se confunde el pesimismo con la tristeza. Sin embargo, son dos sentimientos cruzados. El pesimista tiene dañado su instinto de suspensión de la incredulidad, y durante los instantes en los que examina el mundo de su alrededor es consciente de la banalidad de cualquier empeño. Pero es una conciencia científica, epistemológica, no vital. Es una conciencia que no le extirpa las ganas de vivir, sino que muchas veces, al contrario, se las acrecienta”.

A favor de la mentira

“La vida es hermosa. Pero, ¿y si sólo lo parece?”, reflexionaba Chéjov. Aquí el punto en el que el autor propone la revolución: “El pesimista sabe que sólo lo parece, pero cree que justamente por eso, porque lo hermoso es pura apariencia, puede ser mejorada mediante la manipulación”. Luisgé Martín sostiene que le hemos dado demasiada importancia a la autenticidad. ¿Qué importa que algo sea verdad o no, si nos hace felices? Él querría, por ejemplo, vivir alegremente en Matrix o en el mundo de Huxley. “No son distopías, o pueden no serlo”. Esta es su propuesta radical: “La ilusión, el fingimiento, la irrealidad y la mentira son curativos si traen la felicidad”. 

Por tanto, debemos desligarnos de nuestras viejas lealtades románticas. De los ideales del heroísmo, la fraternidad, la libertad, la igualdad… aquellos rollos obsoletos. El autor no teme, por ejemplo, a la robótica, la genética o la farmacología. No teme al futuro transhumano o poshumano, a pesar de que la sociedad aún siente que ese escenario pondrá a peligrar nuestros valores tradicionales. Reflexiona sobre la memoria. Sobre el Hombre Nuevo. Sobre el pánico a “mejorar la calidad de la especie” -nos suena nazi-, a pesar de que todos los esfuerzos científicos y tecnológicos tienen ese fin.

Piensa en qué será del alma. “¿Por qué es legítimo manipular el ADN para evitar enfermedades mitocondriales y no lo sería para corregir conductas agresivas o antisociales (…) Creemos, en fin, que hay un alma que no debe ser tocada porque en ella está nuestra entraña humana: por ella nos recordarán”. Y no se anda con tonterías a la hora de echarnos el chiringuito sentimental abajo: “Todo esto es una insensatez pomposa. Una majadería”. Viene el chimpún final: “El amor y la dermatitis tienen la misma entidad ontológica”.