Jorge Bustos, escritor y jefe de Opinión de El Mundo.

Jorge Bustos, escritor y jefe de Opinión de El Mundo. Moeh Atitar.

Libros Entrevista

Jorge Bustos: "No hay sectas cipotudas, hay amistades... y bocazas"

El escritor publica 'Vidas cipotudas', donde reseña los 'hits' del carácter patrio y reinventa, con humor, el término con el que se le bautizó. EL ESPAÑOL habla con él de cipotudismo, feminismo, cultura y España y sus dolores. 

¿Dónde nos vemos? “Lo cipotudo sería el Café Gijón”, dice Jorge Bustos, que sabe que el humor es un modo de poética. “La verdad es que me pilla bien”, aclara, porque se descubre más práctico que sentimental. Hay una noticia que molestará a sus detractores: con su pan con tomate y su café con leche sobre la mesa del templo de Umbral, nadie diría que Jorge Bustos es ese autor de columnas implacables y tuits biliosos, con la muñeca en perpetua posición de encañonar desde el texto. La verdad es mucho más amable, mucho más esponjosa y desapasionada. Se ríe con los ojos y trae los colmillos sin afilar. La elegancia -lo hemos aprendido- es cuando dices “basta”.

El jefe de la sección de Opinión de El Mundo surge de la marabunta de Recoletos con vaqueros y chupa de cuero, con la barba anárquica y la anécdota a punto: podría venir de un trasnochado concierto de Marea, de leer a César Vallejo o de parir un editorial, y en todos los casos resulta un poco anfíbico. Será que se crió en un colegio “hiperreligioso” y que después mamó Filología en la Complu allá cuando la guerra de Irak, donde se volvió huelguista practicante. Dice que el extremocentrismo para él no es una pose, sino un “talante natural”.

Ahora publica 'Vidas cipotudas' y hace un repaso por los mejores hits del carácter ibérico, de Viriato a Amancio Ortega

Ahora publica Vidas cipotudas (La esfera de los libros) y hace un repaso por los mejores hits del carácter ibérico, de Viriato a Amancio Ortega. Con rabia, dignidad, chanza y ternura: como mirarnos a un espejo en nuestros días de vino y rosas, como apretar un poquito el músculo de la identidad para sacudirnos, al menos un rato, la leyenda negra. Y estamos más guapos, más bravos, más tenaces y fantasiosos. El autor, el primero, que hasta coge el término con el que Iñigo Lomana le cercó en esta columna y se hace un yelmo. ¡A los molinos!

¿Cómo es esto de recoger el término “cipotudo” y bautizarse con él? ¿Cuál es su definición?

El libro lo tenía escrito hasta la mitad cuando se me ocurrió utilizar aquello. La polémica ya estaba muy pasada, pero necesitaba un término del campo semántico del empecinamiento, la obstinación, la tenacidad, la cabezonería. “Cipotudo” era bueno, porque refería al término original, que yo descubrí en Cela, unido a su obra El cipote de Archidona, y que tiene un sentido lúbrico, si quieres, muy Cela, muy machirulo pero en un sentido jocoso. Y luego la acepción que le dio Lomana, que era una vuelta de tuerca, una etiqueta generacional estilística-ideológica.

El otro día, cuando me entrevistó Federico [Jiménez Losantos] me dijo: “Tú no eres cipotudo, no sé por qué estabas ahí”. Y es verdad que yo creo que a mí se me metió por razones ideológicas más que estilísticas. Esa es mi impresión. Comparto alguna de las denuncias de Lomana desde el punto de vista estilístico, más allá de que todo los que salen ahí son amigos míos. Comparto algunas críticas en cuanto al estilo campanudo, que ha hecho estragos en la tradición española y que es muy anterior al siglo XXI.

¿Por qué habla de que comparte el cipotudismo en el sentido estilístico y no en cuanto a su crítica ideológica?

Porque esto está entroncado dentro de una denuncia de género. Lo cipotudo sería lo machirulo, también… es una forma de estar en el columnismo.

No sólo eso. Ha dicho usted que el marxismo le mata de susto y el conservadurismo, de tedio. Eso es extremocentrismo, ¿no?

El mundo de las etiquetas siempre es traicionero, es muy perezoso y al final te convierte en carnaza de red social. Hay que jugar en ese barro, porque vivimos donde vivimos, y yo no me voy a ir de Twitter como han hecho otros, pero esto es pereza intelectual. Yo creo que no soy conservador en el sentido de que el conservadurismo se le asocia a la inmovilidad, al apego a unas tradiciones, al “esto hay que seguir haciéndolo porque siempre se ha hecho así”… los poderes fácticos del conservadurismo serían el ejército, la Iglesia y la corona, y yo creo que en una democracia tienen el sentido que tienen, ni más ni menos. Y si nos vamos al izquierdismo, ¿qué es el progresismo del siglo XXI? ¿Hablamos de una recuperación del marxismo a raíz de la crisis, de la respuesta a la globalización a través de la reforma o a través de la revolución? También hay que definir lo que es la izquierda.

Ni siquiera se sabe definir ella misma.

Claro, es que todo está en revisión ahora mismo. Yo entiendo que cuando alguien se presenta como Macron, los de un bando le llamen “populista del sistema” y otros le llamen “progresista”… él abraza las banderas del feminismo y el ecologismo pero también la economía de mercado. Es curioso. El mismo tío que prohíbe los piropos en Francia es el tío que viene de la banca. Sí es verdad que se están derritiendo las fronteras ideológicas y que en vez de enquistarse de forma nostálgica en el puño en alto o la Iglesia y la tradición… hay que poder aceptar el mundo como viene. Lo honesto es desechar la etiqueta totalizante. Lo decía Keynes, “si las circunstancias cambian, yo cambiaré con ellas”. De todos modos, en el periodismo cultural en el que tú trabajas hay unas guerras fraticidas que no hay en el político, del que yo me ocupo.

También hay una jerarquía dentro de la industria cultural y al final la denuncia va, como es lógico, hacia los poderosos, hacia el establishment, hacia los apoltronados en los sillones. Tanto en política como en cultura.

Guerra jerárquica y generacional. Los hijos que quieren matar a los padres.

Es un país gerontofílico.

Sí, hay un tapón generacional evidente, hay una lucha que ya vivieron los del 98 con los de la Restauración, esto es ley de vida.

¿No piensa que hay figuras culturales que parece que han nacido viejas?

Bueno (ríe). Esos mismos serían revolucionarios en los 70 o en los 80, supongo, no sé. Las guerras generacionales son naturales. A mí me importa poco el hecho de abatir a alguien por su edad o por su ideología. En el terreno cultural, me importa el valor de una obra. Si me llega un texto, podría tapar la firma y decir si me gusta sin parámetros de género, de ideología, de procedencia nacional. Eso sería lo ideal.

La cuestión es que nos podemos empeñar luego en favorecer escuelas de interpretación. Yo recuerdo cuando estudiaba Filología y teníamos sociocrítica, que era la aplicación de las teorías marxistas a las obras literarias. Cogías las novelas rusas y las analizabas sólo en función de la lucha de clases. Luego la psicocrítica, que era la aplicación del psicoanálisis, de la clave freudiana, a todas las novelas. Y luego los gender style, que era coger una novela y analizarla en función de la lucha contra el patriarcado.

Pero es obvio que ignorar los factores socioeconómicos de cualquier producto cultural sería hacer un veredicto muy sesgado.

¡Claro! Hay una perspectiva de género en las novelas de Jane Austen, cómo no la va a haber. Pero si cada una de esas perspectivas se convierten en la única, empobreces la lectura. Hay que reunir todas las perspectivas en un análisis. Pero bueno, no es mi negociado.

¿Cuánto hay de testosterona en sus textos?

¡Muy poca!

Porcentajes.

(Risas). Muy poca, muy poca. Me considero un tío bastante cerebral. Y muy poco sentimental. Por eso lo miro con admiración: yo creo que no me he peleado jamás en mi vida. Ni en una discoteca… hubo una época, cuando salía, que había como esa moda de tardolescente. Pero jamás me he pelado. O cuando jugaba al fútbol. Mira que en los campos de fútbol se producen situaciones tensas, pues yo era siempre el que intentaba conciliar. Me partieron la pierna por la mitad en una entrada, y nada, enseguida “no pasa nada, no te preocupes”, y estuve escayolado dos meses. Tengo una aversión natural a la agresividad.

Que no es nada matón de discoteca, quiere decir, aunque lo pueda parecer.

Eso. Nada. Me produce un inmenso asco. Me produce aversión el tópico de lo que se atribuye a lo masculino. Quizá es producto también de una genética o una educación deficiente, igual necesitaría un poco más de agresividad, pero no la tengo. Otra cosa es que escriba intelectualmente con cierta contundencia: cuando veo la impostura, o la trampa, pues me gusta atacar. En las tertulias, cuando me enfrento a tertulianos que notas que están esperando a ver qué dices para cargar contra ti, casi nunca les doy razones. Es más, yo me esfuerzo por decirles “tienes toda la razón”. Soy un fraude como tertuliano (risas), no doy espectáculo porque me repugna, me parece absurdo.

Cuando yo digo que tengo muchísimos amigos de izquierdas, y de derechas y tal, no lo digo por postureo, es que es así. Es que vengo de un colegio hiperreligioso y estudié Filología en la Complutense en la época de la guerra de Irak. No sabes lo que era eso. No íbamos a clase nunca, siempre estábamos en huelga (risas). Para mí la vivencia del extremocentrismo no es una pose, es mi talante natural. Supongo que mi lector, el que me haya leído de verdad, no el que me quiera colocar en el bloque monárquico (risas), sabe que no escribo para apuntalar ningún tipo de movimiento.

A mí el que me chirrió que estuviese en ese artículo es Juan Tallón. No me parece nada cipotudo. Es muy sobrio, muy escéptico, muy carveriano.

¿Sabes lo que hacía ahí? Pues que tenía columna en El País. Hay una pulsión de envidia. Quiero decir: esto queda feo, porque se va a enfadar el otro…

Le está dando más la razón, porque es una percepción testosterónica.

No, que hay gente que ha triunfado y gente que no. Gente que vive bien de su pluma y gente que no. Y eso es una putada, claro que sí. Yo he estado en el paro, sé lo que es que te paguen 50 euros por el post, de los que había que quitar la parte de los impuestos… yo he estado así dos años, y a duras penas. Me llegó lo de El Mundo cuando estaba a punto de irme a casa de mis padres. Y no por eso me hice revolucionario. Yo me di cuenta de que estaba teniendo mucha puta mala suerte, que era víctima de un tapón generacional y de una eclosión de la industria periodística, y todo a la vez.

Jorge Bustos, escritor y jefe de Opinión de El Mundo.

Jorge Bustos, escritor y jefe de Opinión de El Mundo. Moeh Atitar.

Nunca se indignó.

Sí, me indignaba mucho el tapón generacional. Yo leía periódicos y decía: ¿cómo este tío puede tener una columna y yo no, si escribo mejor que él? Esa indignación que tú sabías que se debía a favores políticos o a la pura inercia de un sistema periodístico contaminado… pero claro, tú sabías que, primero, tenías la esperanza de que alguien te leyera. Que en algún momento se produjese una baja, una llamada, un impulso, una posibilidad. Tú también has pasado por eso. Y hay gente que se queda en la cuneta. Y a lo mejor hay gente en una buhardilla con más talento que nosotros, que merecería más que nosotros nuestros puestos, y no lo tienen… pero no sé si esa es la justificación de la revolución.

Nunca abandonó la fe en el neoliberalismo, a pesar de estar jodido por padecerlo.

No, yo soy liberal clásico. La diferencia entre ambos es que el neoliberalismo contempla la libertad como una coartada para buscar ante todo el puro beneficio económico; el liberalismo clásico, en cambio, cree que la libertad es un fin en sí mismo, un hecho moral. Por eso detesto el modelo chino, por mucho capitalismo que ampare: porque niega la libertad a sus ciudadanos hasta de opinar. Yo no creo que el centro izquierda y el centro derecha estén agotados porque haya habido una crisis, una gran recesión, absolutamente destructiva. Pone en cuestión algunos procedimientos y obliga a los gobiernos a nuevos sistemas de protección, pero no obliga a quemar la Bastilla.

Nadie ha hablado de quemar la Bastilla.

No, pero la gente ha recuperado el lenguaje marxista. Leemos a columnistas que están en algunos digitales con la clara inspiración de un lenguaje que no se utilizaba desde los años sesenta. Te lo digo porque he estudiado Filología y me he leído a Foucault, y a Derrida, y a los postestructuralistas, y conozco la teoría postmarxista. Dices: ¡por favor! Esto es tan casposo, y que se recupere por una gran recesión, que les da la oportunidad de recuperarlo… es una oportunidad tramposa. Claro que hay que reformular el Estado de Bienestar, pero no hay que nacionalizar las empresas. Eso ya se probó y salió muy mal, de verdad. Salen cuentas de Twitter con la foto de Lenin y dices: chico, ¿tú sabes que ese tío mató a cinco millones de campesinos rusos? Si se instaurase el comunismo, saldrían todos corriendo a California. Es un comunismo instagrámico.

Volviendo al tema central: ¿entiende que haya un sector de los lectores o de los críticos que vea el columnismo cipotudo como una pandilla de compadres que quedan en las tabernas y hablan de poesía, de ombliguismo y de Christina Hendrix? ¿Entiende que vean el Café Gijón y Casa Lucio como grandes sedes cipotudas? Esta estética ha sido subrayada, además, por algunos de sus protagonistas.

Pero tú sabes que eso es mentira, ¿no? Es como si yo me invento que las feministas quedan en sitios donde cogen a hombres de plástico, les cortan el pene y los queman en misas negras, es que es una ficción.

Ha habido razones para que se haya creado esa caricatura.

Los amigos quedan a comer o a cenar, y a lo mejor ese artículo dio coartada al “¡veis como existe!”. Lo que hizo Arturo fue acrisolar el prejuicio del adversario, pero no levantó un modus operandi cotidiano y frecuente donde los brujos del heteropatriarcado cipotudo asientan su poder…

Da la sensación de pequeña mafia. De fuente de cooptación, ahí, entre los chavales.

Es que es mentira (ríe). Nos cruzamos todos, en todos lados. Es mucho más abierto de lo que la gente se piensa. Es como lo de los periódicos: “Claro, tú dices esto porque te han llamado”… ¡si supieran cómo hacemos los periódicos! El grado de espontaneidad, de caos, de falta de llamadas que a veces tienes, la necesidad de sacar todos los días un producto que esté más o menos equilibrado.

Pero basta que alguien dé pábulo a las fantasías… y a mí me hace mucha gracia, claro, porque estoy en el otro lado. Si estuviera en el lado tuitero, exclusivamente tuitero, y trabajara ajeno a cualquier acto cultural y a cualquier reunión de editores, pues podría alimentar eso. Pero en realidad todo funciona con una naturalidad infinitamente mayor. Yo entiendo que la pasión por la conspiranoia es muy grande, es divertida, tenemos una mente novelística. ¡El ser humano es narrativo! Villanos, héroes. Necesita crear relatos constantemente para explicarse el mundo.

O sea, que no están quedando todos los sábados en Casa Lucio.

(Ríe). ¡Estuve una vez con mi novia en Casa Lucio! Quedé una vez con Jabois, a lo mejor hace cuatro años, en Casa Lucio, para comer. Una vez. Hace cuatro años. Es una fabulación. Si la gente se siente mejor pensando que quedamos ahí y decidimos los premios… yo qué sé.

Y hablan de tetas.

(Se parte). Es mentira, te lo digo de verdad. Otra cosa es que exista gente que hable de tetas entre sus amigos: me parece una conversación que entra dentro de la libertad de expresión, igual que hay tías que hablarán de nabos. No hay sectas cipotudas ni patriarcales, hay amistades… y hay bocazas, hay resbalones, hay excesos verbales. Lo que quieras. Pero tanto como una cosa organizada por la mano negra patriarcal, no.

¿Qué tiene que aprender el feminismo moderno de Clara Campoamor, a la que le dedica un capítulo del libro?

Clara Campoamor era maravillosa. Mira, ahora se han editado sus columnas. Antes de empezar en política ella era columnista. Una autodidacta. Se metió a estudiar Derecho cuando ya había sacado unas oposiciones, se metió al Colegio de Abogados, fue la segunda mujer que se matriculó, después de Victoria Kent, que después fue su enemiga. Una mujer admirable con una prosa perfectamente cipotuda según los criterios estilísticos, pero era como se escribía en aquella época. Es una chica que empieza el famoso discurso de la conquista del voto femenino diciendo “señorías, me siento ciudadano antes que mujer”.

Esa frase es de una profundidad que ahora, en la época de las identidades empinadas, se entiende mal. El hecho de que una mujer pudiera conquistar su ciudadanía plena, para Clara Campoamor y para todas las mujeres, debería ser más importante que su condición biológica femenina. La ciudadanía era un estadio que se le había negado a la mujer. Y ahora hay muchas mujeres que se sienten mujeres antes que cualquier otra cosa.

Pero si no has podido ser ciudadano por tu condición de mujer, es una sola identidad enrocada. Pertenece a la misma conquista, es indisoluble.

Claro, pero una vez que ya se ha conquistado, lo que hay que hacer es ampliar esos derechos desde la base de la ciudadanía, no desde la base de la identidad sexual. Esto es teoría política, pero creo que hay cierta visión identitaria que empobrece el discurso público. Clara Campoamor lo tuvo siempre clarísimo, porque se le había negado. Me parece que era la Chaves Nogales en femenino: quería salvar a las mujeres de los susurros del confesor, de la clase alta burguesa de sala de té que decía “qué hace esta abogada haciendo divorcios en la República”. Sabes que Campoamor llevó el divorcio de Valle-Inclán y Josefina Blanco. Ella se sentía liberal y laica, y tocaba los cojones a la derecha, pero no se sentía marxista, porque veía que el marxismo podía cambiar una tiranía por otra. Es una figura problemática porque no se alineó con nadie y acabó muriendo en el exilio.

Entiendo que está de acuerdo conmigo en que es insultante que haya 46 académicos en la RAE y sólo 8 sean mujeres.

Evidentemente. Yo hablo de María Moliner en el libro. María Moliner, cuyo diccionario era consultado por los mismos académicos que le negaron el sillón. Ella era la mejor lexicógrafa del país.

Jorge Bustos, escritor y jefe de Opinión de El Mundo.

Jorge Bustos, escritor y jefe de Opinión de El Mundo. Moeh Atitar.

¿La RAE actual tiene herencias machistas de ese tipo? ¿Por qué esta exclusión? Al final hay una Ley de Igualdad de 2007 que se incumple sistemáticamente. Incluso la silla de Ana María Matute ha pasado a un hombre.

Ya, la cuestión es que eso se hace en el tiempo, pero hay una cosa que sí ha cambiado: todo el mundo a la hora de hacer determinadas cosas, empieza a pensar cuántas mujeres y cuántos hombres hay.

Esto ha pasado en 2017, no antes.

Sí, bueno. Es una tendencia que ha llegado para quedarse y hay más cuidado. En mi equipo de El Mundo, María Vega, que trabaja conmigo y es mi mano derecha para muchas cosas relacionadas con tribunas y tal… pues cuando hay que hacer un editorial de feminismo se lo pido a ella, porque creo que su visión es la más importante, luego yo lo reviso y lo discutimos, lo hablamos. Porque ella es madre, además, que este es el gran tema. El problema no es ni del capitalismo ni del patriarcado, sino de la cuenta de resultados que un empresario no quiere ver amenazada por contratar a una mujer. Esa cultura tiene que desaparecer. ¿Cómo se consigue eso? Pues habrá que pagar las ayudas para que ese tipo, el empresario, no vea a una mujer como una futura carga, sino como una oportunidad. Pero claro, esas son luchas muy concretas y muy poco ideológicas. Hay que proteger el hecho de la maternidad.

Se ve más claro en el mercado laboral, pero si hablamos de eventos, actos pagados con dinero público, ¿no le parece flagrante que en un cartel de este tipo no haya ninguna mujer?

Eso fue… si estás hablándome del Congreso de Columnismo, eso fue un error. Lo digo porque yo le conozco, y fue un error absolutamente de percepción, y él lo reconoció como tal. Bien, te aseguro que no va a volver a pasar, al tío ya le llovieron suficientes hostias. También te digo: un cartel absolutamente paritario no sería justo con el criterio de mérito de cada uno y de cada una.

A lo mejor lo que no es justo es que haya tan pocas mujeres columnistas en los grandes medios y, por tanto, sea más difícil que queden reflejadas en cualquier evento de columnismo.

Pero, ¿no es un poco cipotudo considerar que el columnismo es la quintaesencia del periodismo español? ¿La cumbre? Es eso de “ah, como tienen carita”… Vamos a ver, yo voy al Congreso y por lo que veo el 70% de las reporteras parlamentarias son mujeres. De las que sirven a los grandes medios, las grandes televisiones y las grandes radios, la información candente del día, las que hablan con los ministros, las que tienen las exclusivas, las que tienen la mejor agenda… y también en los tribunales, por cierto, ¡son mujeres! Lo del columnismo se puede y debe corregir, pero, ¿por qué tenemos la vieja idea umbraliana de que la cima es el columnismo? ¿No es más influyente Ana Pastor…?

El columnismo es importante, al final, porque es la expresión de la voz propia.

¿Y el reportaje no? ¿La entrevista no? Es que ya se ha producido el cambio paritario en el periodismo español.

No lo creo así. Ni lo veo.

No hay casi directoras: eso sí, de acuerdo. Ojalá haya más directoras y lo que quieras. Pero abramos los ojos a lo que ya es una realidad.

Hay cuotas masculinas.

Pues mira, yo con las cuotas tengo mis dudas. Yo era anticuotas hace un tiempo pero quizá haya que darle una pensada a eso, pero eso choca con mis convicciones liberales… no sé, ahí tengo un embrollo interno que reconozco que no he solucionado. Entiendo que hay unas inercias masculinas que tienden a perpetuarse, por este efecto del “club de amigos”. Bien. Pero obligar por ley… no sé si también es colgarle un sambenito a la mujer que va a entrar en ese sitio y va a ser mirada de otra manera por haber entrado así… igual la miran con sospecha.

Bueno, yo no miro ahora a los hombres con sospecha, aunque muchos hayan accedido a su puesto de trabajo porque hay una mirada “de realce de lo masculino”, como decía Siri Hudsvet.

Es que el periodismo tiene una ventaja respecto a otros trabajos, como ser consejero delegado. En el periodismo te examinas día a día. La gente sabe si eres un mal periodista o un buen periodista. Escribir mal, bien, traer información, la forma en la que enfocas una entrevista… eso lo examinas día a día. Lo bueno del periodismo es que tú salvas tu crédito porque nadie puede decir que estás en un sitio por ser hombre o mujer.

Vamos a hablar de España.

Eso, vamos a hablar de mi libro (risas).

¿Necesitamos un líder político cipotudo? ¿Eso activa de alguna manera el motor de un país?

Yo creo que no. Necesitamos un líder político (risas). A secas. Pero el cipotudismo no es una llamada a la acción, a veces también es una llamada a la resistencia. María Moliner es cipotuda porque resistió en su tarea, día tras día, en pleno franquismo, y se levantaba para escribir sus definiciones… esa tenacidad. La tenacidad en cualquiera de los ámbitos de la vida, y no sólo en el militar. Porque parece que “cipotudismo” habla de militares y conquistadores extremeños, quizá también por la portada del libro, que es preciosa y que es un Quijote. No, no. El cipotudismo también es una empresa intelectual.

Juan Ramón Jiménez.

Sí, para mí es el poeta cipotudo por antonomasia. Sus versos están, sobre todo en la última etapa, absolutamente despojados de sentimiento, porque él se propone llegar tan al fondo de la poesía… Tiene un sonido de una profundidad muy extraña. Él empieza en el Modernismo y va podando, va podando. Y ya le dicen: si eres un grande, si ya has llegado al final. Y él va haciendo una espeleología hasta conseguir una poesía después de la cual ya no se puede escribir, porque ya es el folio en blanco. Eso es lo que intentó Mallarmé, ese nivel de empecinamiento en la búsqueda lírica.

En arte, Goya.

Claro, es un tío que inventa en el siglo XIX el Romanticismo pero es que llega hasta el expresionismo, es un tío que va quemando las etapas de la pintura que le van a suceder en una sola vida vivida de una forma… y eso que él era un afrancesado, un ilustrado, pero su pintura es visceral, es telúrica. No se conforma. Como cipotudo elijo también a Cabeza de Vaca, que es un tío que fracasó y que llama a sus memorias “naufragios”. Dice “mira, soy un conquistador pero me ha salido todo mal, me he recorrido toda California caminando, toda América entera caminando y evangelizando a los indios y enseñándoles a coser y a vender...”. Es fantástico.

Y Sabino Arana. ¿Hay algo más cipotudo que Sabino Arana? Un tío que se considera receptor de una verdad revelada que es la supremacía de la raza vasca. Que además la raza vasca ni siquiera comprendía a Álava. Un tío absolutamente racista que escribe unos libros delirantes y que llama a la mujer “bestia encadenada a sus instintos que sólo tiene enmienda por el matrimonio”. Ese tío tiene estatua en todos los parques de Euskadi, ojo.

Si “cipotudismo” fuera sólo arrojo, ¿Rajoy sería hermafrodita?

(Risas). Qué preguntas haces. Mariano podría perfectamente estar en el libro. Es un tío que ha hecho de la resistencia su política, ya es el político español con más años en activo desde Franco, ha superado a Felipe, es verdad que no como presidente pero sí como ministro. Y es un tío que se ha enfrentado a las crisis que a cualquier otro habrían tirado por tierra. Es el tío que ha vivido la peor crisis económica, la quiebra del bipartidismo, un golpe de Estado separatista, la traición justificada o no de buena parte de su partido… y es un tío que ha tenido en contra a la prensa y que sigue teniendo en su contra a la mayoría de la opinión pública o digital…

A usted le cae bien, se le nota.

A mí me cae bien, lo reconozco.

Intercambian libros…

Bueno, no, yo le mandé un libro y resulta que se lo leyó, y a mí me pareció tan sorprendente que Rajoy dedicase su verano en Pontevedra… ¡igual no, no sé, igual me mintió! (Risas).

Rajoy lee Eduardo Mendoza (aunque no se acuerde de cómo se llama), lee Fernando Aramburu y lee Jorge Bustos.

Eso fue en el 2015. Yo creo que ahora me lee poco, porque llevamos pidiéndole entrevista desde hace años y no nos la concede. El caso es que a mí Rajoy me cae bien porque es distinto a cualquier político actual, aunque sé que no es un líder político como tal. Igual que Montoro me cae bien, y por una razón: porque no le importa caer mal. No le importa caer mal en la época del blanqueamiento, de la obsesión por no tropezar.

¿Por qué no tenemos una bandera de la que toda España se sienta orgullosa? ¿Debemos cambiar de bandera?

Habría que explicar que la bandera viene de Carlos III y que no es un invento de Franco y tal. Han pasado más de 40 años de la muerte de Franco, y es poco tiempo. Por desgracia, lo es. Porque incluso los que pasaron página… luego ha habido una ola de politización en torno a la idea de la lucha antifranquista y antitransición que ha necesitado vivificarlo para combatirlo. También es verdad que aquí la crisis catalana ha generado una cosa muy curiosa que tiene a la izquierda muy confundida y que es una afloración espontánea de banderas en los balcones. Eso no es una campaña del PP, es una cosa que se ve en barrios proletarios… ahora hay una izquierda-burbuja que está descubriendo que al obrero le gusta su país. Y eso debe ser un shock para alguien educado en el odio a los símbolos comunes porque provienen del franquismo. Pero si atendieran más a su clientela, que sería lo natural (la gente de las clases populares), se daría cuenta de que hay instituciones que la izquierda ha regalado a la derecha.

Lo decía César Rendueles.

Y lo dicen muchos. Lo decía ya Albert Camus, pero es así. ¿Por qué la unidad de un país, que es la que garantiza la cohesión, y, por tanto, la solidaridad, supone un problema? ¿Por qué goza el separatismo, que es lo más reaccionario, del apoyo de la izquierda, de la complicidad de Podemos? Es el error que le costará su futuro político pero también es algo más profundo, porque esto está enquistado no sólo en los políticos, sino en los intelectuales de izquierda. Yo entiendo que se vea con recelo la bandera de España, eh, porque, evidentemente, la fanfarria retórica del franquismo usó, abusó y se apropió de España como un patrimonio común, y evidentemente eso deja una huella. 40 años educándote en el “¡arriba España!” y en no sé qué, pues llega un momento en el que dices “no quiero nada de lo que hicimos, nada. Cortés era un fascista y todo es genocidio”. Eso es una cosa que nuestra generación debe corregir, y por eso también escribo este libro. Tenemos que salir de la dinámica franquismo-antifranquismo.

¿Y algunos cipotudos vivos, para una segunda parte de este libro?

El rey Juan Carlos sería uno, es un gran cipotudo, uno bastante senequista. Una persona curiosa.

¿Le ha gustado el vídeo de la Familia Real?

Delirante. ¿Qué es eso de comer sopa de acelga, por el amor de dios? ¿No podéis comeros un tataki de atún, que se lo comería hasta el último obrero? Aparentar que comen mal… ¡que me van a llevar a la desnutrición a las infantas! (Risas).

Jorge Bustos, escritor y jefe de Opinión de El Mundo, en la puerta del café Gijón.

Jorge Bustos, escritor y jefe de Opinión de El Mundo, en la puerta del café Gijón. Moeh Atitar.