Rosa Villacastín. Moeh Atitar.

Rosa Villacastín. Moeh Atitar.

Libros El sexo que hizo la Transición

Rosa Villacastín: "No he conocido a ningún Harvey Weinstein, pero sí a muchos gilipollas"

"Yo soy feminista: muchas han muerto para que tú puedas votar" / "Nunca he pedido un céntimo a un hombre" / "Cristina Pedroche es nuestra nueva Marisol" / "Las mujeres de la Transición no nos sentíamos sucias por tener sexo, sino aventureras" / "Mi padre me vio con Carrillo y se fue, llorando". 

Rosa Villacastín es "ser pensante y escribiente, conversadora brillante en cóctel de siete a nueve", como eso que cantaba Cecilia: una dama, dama, que hace lo que le viene en gana. Y, como la mágica cantautora, ahora la periodista se dedica a destripar el rosario de hipocresías de la España de la Transición. En Los años que amamos locamente (Plaza&Janés), Villacastín reflexiona sobre la educación sentimental y sexual de las españolitas que tonteaban ya con la democracia: habla de la desinformación, de los primeros estigmas, de la hermosa torpeza y del deslumbramiento. De cómo tantas cogieron la vida por los cuernos y se sacudieron las culpas de la Iglesia y el oscurantismo franquista.

Entrevista a Rosa Villacastín

Repasa del fervoroso desnudo de Marisol a la potencia de la Jurado. De las manifestaciones a favor de la Ley del Aborto al pubis de María José Cantudo. Es calidísima, Villacastín, y se dice feminista a viva voz, más faltaría: "Muchas mujeres han muerto para que tú puedas votar", apuntala. El salón de su casa lo visten fotos con Adolfo Suárez, con la reina Sofía y hasta con Carlos de Gales. Nos sirve dulces belgas y se cruza de piernas. Recuerda cuándo en un periódico en el que trabajaba la regañaron por llevar minifalda. 

Tenía 25 años cuando su madre la echó de casa porque la pilló con la píldora anticonceptiva.

Claro, estaba yo desayunando, tomándome mi píldora. Y me preguntó que qué era esa pastilla que tomaba y le dije: no sé, vitaminas. Me di cuenta de que no iba a colar, así que confesé: pues es la píldora anticonceptiva. ¡Y mira! Como un rayo se fue a la habitación, tiró una maleta que había en un altillo, metió mi ropa, la sacó a la calle y dijo “fuera de mi casa”. Porque blanco y en botella, yo tomaba la píldora y ella dijo “ésta se acuesta con alguien”.

¡Escandaloso!

(risas), pero era todo, cualquier cosa que hicieras. Yo cuento que de pequeñas mis amigas y yo estábamos enamoradas de un cura e íbamos mucho a la iglesia a verle, que era guapísimo. Y un día el padre de una amiga mía salió de confesarse con un cura mayor y salió descompuesto… nos llamó la atención. Mi amiga se enteró de que el cura le había preguntado que cómo hacía el amor, aunque lo dijo con palabras menos elegantes, y que qué posturas ponían. Yo creo que era todo producto, en ese caso, de la ignorancia: curas de esos de pueblo que no tenían la más mínima sensibilidad y querían controlar lo que la gente hacía.

Se extendía en todo: educación, vida cotidiana, familia. Ese hombre, el padre de mi amiga, no volvió a ir a misa. Se sintió tan herido… ¡pero es que era así! El poder de la Iglesia era tremendo. El franquismo se veía en todo. Mi familia era una familia conservadora y nunca habíamos hablado de política hasta que llegó esa época. Yo saqué un libro sobre el 23-F y mi padre vino a la presentación, ¡bueno!, pues cuando me vio con Carrillo salió llorando del hotel donde lo estábamos presentando. Cuando llegué a casa fue cuando me enteré de que a mi abuelo lo habían matado “los rojos”, como él decía, y le resultaba insoportable ver esa imagen de su hija saludando a Carrillo que era como…

El mal.

Sí, el referente del mal.

¿Cómo ha afectado a su vida esa nula educación sexual por parte de su familia? Dice que después del episodio de la pastilla jamás volvió a hablar de sexo con su madre. ¿Cómo se las entendió usted, de dónde sacó la información…?

La información la sacábamos del boca a boca, de radio macuto, de la amiga que un día se había acostado con alguien y nos contaba “mira, yo hice esto, hice lo otro”, pero todo como muy en secreto y sin que trascendiera. Y bueno, íbamos descubriendo la vida a cada paso. Nadie nos explicaba nada, no hubo una educación sexual. Lo ibas descubriendo. Si te dabas un beso con un chico, ahí descubrías las mariposas que se sentía en el estómago. Pero no porque nadie te hubiera contado nada.

Y el destape, que ha sido tan denostado, nos sirvió para descubrir cosas del sexo que no sabíamos ni que existían. Hay un testimonio fantástico de Cristina Almeida, cuando cuenta cómo ella pierde la virginidad, sin saber nada. Cómo su novio está en las milicias universitarias y ella va a una playa y se encuentra que aquello le escuece, y no sabía por qué… ¡no sabíamos nada! Todo era misterio, no se puede hablar, no se puede decir. Y los chicos no te creas que sabían mucho más. Pero todo eso tenía el encanto de ir descubriendo la vida.

¿Cómo ha cambiado la educación sexual de la Transición hasta ahora?

¡Hombre! 180 grados.

¿Usted de verdad cree que los padres hablan de sexo con sus hijos?

Sí. Yo creo que luego esto se ha ido al lado contrario. Bueno, quiero creer, porque yo no tengo hijos. El caso es que creo que ahora se han explicado las cosas demasiado, que no ha habido que descubrirlo, y que a veces los padres tienen ese sentimiento de que tenían que haberlo hecho de otra manera… ahora las redes sociales ayudan a todo eso. No como antes, que era un país en blanco y negro. Cristina cuenta muy bien que ella descubre el color cuando el dúo dinámico se pone un jersey rojo y salen a cantar, ya no con traje negro. Y en la universidad, ¡pues claro!, llego allí y empiezo a descubrir las algaradas, yo decía: pero estos chicos por qué se meten en estos follones, ¿no? ¿Qué es lo que pasa? Porque en casa no se hablaba de eso, ni la televisión te hablaba de eso, ni los periódicos te hablaban de eso. Era una sociedad de mucha hipocresía: todos muy católicos dándose golpes de pecho, ¡pero hacían unas cosas…!

Como cantaba Cecilia.

Claro, fíjate que a Cecilia la tenemos como por una chica muy conservadora, y nada de eso. A Cecilia le pusieron el ojo porque ella en una retransmisión para Televisión Española, única en aquella época, aquella “España nuestra” que ella cantaba… pues cambió la letra y puso “esta España muerta”. ¡Y la censura la estaba vigilando y la tenía totalmente controlada! Me cuenta Fiorella Faltoyano que en Hamlet no podían pronunciar la palabra “príncipe”, para que no lo relacionaran con el príncipe Juan Carlos, fíjate hasta dónde llegaba esa mentalidad.

¿Y cree que a día de hoy tenemos alguna herencia de la represión franquista, de esa culpa sexual inculcada?

No, porque todo el país remábamos en la misma dirección, que era la democracia. Una gente arriesgando su vida, no es mi caso, pero sí, arriesgando sus relaciones personales, etc., y otros pues descubriendo la vida. Hasta que luego te das cuenta de cómo hemos vivido y de lo que hemos pasado, y todo eso. Yo creo que ahora lo que hay es una demonización de lo que fue esa época. Y yo sobre todo me dirijo a las mujeres: no dejéis de luchar.

Ése es un consejo que me dio Carmen Iglesias una vez. Siempre hay una vuelta atrás. En todas las culturas, en todas las civilizaciones, cuando se consiguen grandes cuotas de libertad y de independencia, siempre hay una vuelta atrás. Y vosotras estáis en ese punto en el que estamos dando grandes retrocesos. Hay que ver esas encuestas que se le hacen a chavales de veintipocos años y ven normal que se le pegue a una mujer, o decirle “no te pongas esto”. Ven normal la violencia de género. Eso es peligrosísimo.

Esos chicos van a ser hombres dentro de “x” tiempo. Y que las chicas acepten eso… ¿cómo va a ser que lo acepten, después de todo lo que hemos pasado ya? No me parece normal. O cómo se trata de demonizar a la chica que fue violada por cinco individuos y parece que la que hizo algo mal fue ella. Todos esos mensajes son peligrosísimos, y tenéis que seguir luchando. ¿La mejor lucha? Mira, la independencia económica. No depender de un hombre. Ni del padre, ni del hermano, ni del marido, de ninguno. Tu con tú dinero haces lo que te dé la gana. Yo eso lo conseguí porque empecé a trabajar muy pronto y lo he mantenido de por vida. Yo nunca he pedido un céntimo a un hombre: jamás he dependido de ellos. Y dos, el hombre que te prohíbe cosas no te quiere.

Marta Sanz, en su ensayo Éramos tan jóvenes, que también trata de la educación sentimental en la Transición, preguntaba a mujeres de su entorno si se habían sentido “sucias” alguna vez a causa de un encuentro o un asunto sexual.

¡Qué va! Las mujeres de la Transición no nos sentíamos sucias por tener sexo, sino unas aventureras. Sucias en ningún momento. Teníamos la sensación de estar abriéndonos camino en un mundo muy difícil. ¡Es que nos hemos olvidado de que en los años 70 había que ir a la iglesia con velo y con medias negras! Y ahora nos echamos las manos a la cabeza con el tema del islam o con que chicas no puedan conducir, y tal. No se nos permitía ni tener una cuenta corriente en el banco.

Y no fue hace tanto.

Exacto. Es que yo recuerdo que fui a pedir un crédito para comprarme una buhardilla y lo primero que me dijeron es que tenía que ir mi padre, y le dije “no, señor, yo estoy trabajando y tengo mi nómina, aquí no tiene que venir mi padre para nada”.

Uno de los capítulos del libro se llama “Con la Iglesia hemos topado”. ¿Hasta cuándo cree usted que se han estado metiendo los curas en nuestras camas?

Hombre, la gran cómplice del franquismo fue la Iglesia. Quizá no hubiera sido posible sin la complicidad de la Iglesia. Yo recuerdo ir a entierros y funerales de guardias civiles o policías, que les había matado ETA, y todo era “Tarancón al paredón”, y ni que fuera un aperturista, pero bastante más aperturista que ellos. ¡Estaban metidos en nuestras vidas! Influían en todo. Que yo he ido con pololos, y tampoco es que tenga 200 años (risas). Para poder hacer gimnasia teníamos que ir con pololos para que no nos vieran los chicos nada, ¡pecado!, y hala, a confesarlo. Cosas impensables hoy. Por eso han perdido tanta clientela. Todo cambió mucho con la llegada de Adolfo Suárez, que, junto con el rey Juan Carlos (que yo reivindico mucho su papel en esa época), pues… fue un cambio. Y que lo hiciera Suárez, que venía del puro franquismo… decía mucho a su favor.

Y eran tiempos muy difíciles. Hoy todo parece fácil. Pero en aquella época… los ruidos de sables, atentados de ETA un día sí y otro también, la extrema derecha, los asesinatos de los abogados laboralistas… ¡ahora se ve fácil! Y dicen “¿y por qué no hicieron tal cosa?”, bueno, pues a ver si hacéis vosotros algo, ¿no? A ver si hacéis algo importante que recordemos dentro de 40 años. Yo ya no viviré, pero mira. Había muchas ganas de cambiarlo todo, de avanzar, la prensa tuvo un papel importantísimo, Diario 16, El País… todos remábamos en la misma dirección. Había políticos de talla, que ahora no hay.

¿Cómo es la relación de la mujer de la Transición con el adulterio? El padecido, sobre todo, y no sé si el practicado.

Bueno, aquel adulterio estaba asumido. La mujer era la que tenía que aguantar: “Bueno, pues mi marido echa un cana al aire, qué le voy a hacer”. Callarse. Mira, una amiga de mi madre le dijo un día al marido: “¿Es verdad que tienes una amante?”. Y el otro le dice: “Sí”.

Abiertamente.

Sí. “y ahora, que ya lo sabes, es cuando me voy a divorciar”. Claro, es que antes no te podías ni separar. Y si tenías hijos fuera del matrimonio, tampoco podías legalizarlos. Las dobles familias, la doble moral… ¿Qué pasa? Todo el mundo se creyó que con la Ley del Divorcio, todo el país se iba a divorciar. Y no, se divorciaron los que estaban mal, pero casi nadie. Y los que más protestaron por la Ley del Divorcio o la Ley del aborto después eran los que más lo practicaban. Esa hipocresía en la que siempre hemos vivido en este país. Conseguimos que la mujer fuera independiente, que pudiera comprarse una casa sin pedir permiso a nadie, que pudiera tener hijos fuera del matrimonio…

Pero, ¿en qué momento la mujer dijo “yo también puedo ser infiel”? ¿En qué momento dejó de plantearse la mujer a su marido como el único hombre posible?

Bueno, yo creo que eso ha existido siempre, otra cosa es que se hiciera público… yo cuento en libro cómo una amiga, una aristócrata, le echaba al marido un somnífero en el consomé por la noche y en cuanto se quedaba dormido, ella salía zumbando pa’ los tablaos flamencos, y ella estaba con un gitano guapísimo y tuvo una relación de muchos años. Se sabía, pero no se decía. El problema es que todos esos que lo practicaban decían “ay, viva la Iglesia católica, el matrimonio, y la Santa campaña”…

Hay muchas mujeres que vivieron esa época y que sólo han estado con un hombre. En toda la vida.

Sí, pero eso en la época de nuestras madres… ¿no? En la época de la mía no podía ni pensarlo, eso de haber estado con dos personas, o tener relaciones… pero eso porque se lo iban metiendo de pequeñas en la educación. En la Sección Femenina, el servicio social. Ayay.

Y el no disfrutar del sexo. Nunca en la vida. Entenderlo como algo para complacer al marido cada “x” tiempo.

Sí. Bueno, más que para complacer al marido, para tener hijos. Pero eso está relacionado con lo que yo te decía de no tener independencia económica. Las chicas se casaban muchas veces para salir de casa de los padres, porque vivían en ambientes que les ahogaban, y la única posibilidad de tener un poquito de libertad era casarse. Que salían de Guatemala y se metían en Guatepeor. Pero yo creo que eso dejó de existir en estos años del libro, porque aquí las mujeres empezamos ya a disfrutar del sexo y entendimos que no era nada malo tener dos novios o acostarte un día con un señor. Nunca ha habido tanta libertad como en esos años. ¡Nunca se han hecho tantas cosas…!

El destape, entonces, ¿casposo o necesario?

Fue necesario, porque nos abrieron los ojos. Las películas narraban eso: la sexualidad, el acostarse, los picardías, las infidelidades… no lo habíamos visto. Yo te digo: mis padres se han muerto los dos con 90 años y yo en mi vida he hablado de sexo con mis padres. La única ventana era el cine, y en el cine, el destape. Luego nos íbamos a Biarritz a ver películas como El último tango, y cosas así, pero había que salir fuera. Le hicieron una entrevista a María José Cantudo en la que ella decía “gracias a mi pubis, los españoles pudieron disfrutar de la libertad”.

¡Qué buena!

Y era verdad. Fue de las primeras que se desnudó en el cine. Hija, que te ponías un bikini y no sabes la que te montaban. Si a mí en el periódico me hicieron venir… que yo estaba en Marbella, porque había hecho una entrevista a un pintor con una minifalda. Me hicieron venir a Madrid y yo creía que había cometido un crimen, pero no, que era por la minifalda. Y yo dije: ¿y qué voy a llevar en Marbella, en pleno verano, que queréis que vaya vestida de monja? Y al director le dio una risa y me dijo “venga, pues tírale otra vez para abajo”. Es que había subdirectores que lo veían todo con ese prisma tan pequeño…

Habla usted en el libro del desnudo de Marisol y de lo que supuso. En ese momento fue la transgresión absoluta. ¿Hoy el desnudo supone cierto descrédito para la mujer, o para su discurso?

No, qué va, pero si hoy hasta las mujeres embarazadas se desnudan. Y si a ti te encuentran en una isla nudista, no pasa nada.

Sí pasa, es un poco como “hostia, tenemos una foto de esta chica en bolas”. Hay menos expectación con los hombres.

Bueno, pero eso lo hacemos con los famosos porque tenemos que publicar (risas). Y porque te están diciendo que ellos no se hacen una foto no sé qué y luego te los encuentras en la playa… no desnudos, pero bueno, topless o tal. Por eso te digo que en algunas cosas estamos dando pasos atrás. Eso que se había avanzado… pues ahora hay gente que lo interpreta de otra manera. Yo fui a Formentera a desnudarme y me quemé el culo como no te puedes ni imaginar. Por estar todo el día tomando el sol (risas). Pero eso no pasa nada. El miedo a los paparazzis, pero eso es otra cosa.

Pero, ¿cree que el desnudo que hizo Albert Rivera para promocionar el partido podría haberlo hecho Inés Arrimadas? ¿Lo habríamos recibido igual? Yo sí. Pero, ¿y el grueso de la sociedad española, le daría el mismo crédito a Arrimadas si se hubiese desnudado?

Hombre, por el tipo de programa que tiene Rivera… y porque van a un votante muy conservador.

Pero si él estuvo ahí muy punki.

Bueno, es que Rivera en Cataluña no está igual de bien visto que en el resto de España, pero fue una forma de llamar la atención. A mí me hizo muchísima gracia, pero, ¿si lo hubiera hecho Arrimadas…? No se ha atrevido ninguna política, como hizo Rivera. No. Pero acuérdate cuando las primeras socialistas, con Zapatero, llegan a Moncloa y se hacen unas fotos, casi todas de monja, y las pusieron a parir. Eso tiene que ver más con la ideología y con lo que utiliza cada partido para atacar al otro, y menos con la moral. Yo creo que en España tenemos poca moral de sexo, somos muy laxos. No nos interesan nada las historias de los políticos, que en otro país se enteran de que tienen una amante o que se han acostado con una puta y ya están liquidados para siempre. Aquí no les penalizamos.

Bueno, pero España es un país morboso. No criminaliza, pero morboso es.

Fíjate, yo creo que no, que nada. Interesó en una época de gente guapa, por esa mezcla de hombres con poder o mujeres con poder, o hombres con poder y mujeres muy guapas, como Boyer y la Preysler, o Marta Chávarri con Alberto Cortina, pero era la mezcla, no el sexo. “Hombre, resulta que estos hombres han dejado a unas mujeres multimillonarias, y uno se va con una chica y otro con la mujer de Griñón”. Fue un boom. Pero mañana, por ejemplo, Pablo Casado se va con una señora… ¿y tú crees que le importa a alguien? ¡A nadie! Yo creo que el tema sexo lo tenemos muy asumido.

¿Nos hemos pasado de rosca con la liberación sexual? En el sentido de que el sexo se ha mercalizado tanto que ahora estamos obligadas a consumir mil productos para estar guapas, y, además, tenemos que tener una vida sexual plena porque si no, parece que hemos fracasado. Eso nos han hecho creer. ¿Se ha convertido el sexo en una exigencia atlética que propicia el consumismo?

Es que yo creo que eso depende del ambiente en el que te muevas. A veces cuando hablamos de esto pensamos en las famosas, y no, tienes que pensar en la chica de tu barrio, que se va con su novio y no hay ningún problema… esa está liberada, no tiene ningún problema. Otra cosa es que tenemos en el punto de mira a la famosa de tal, o de cual, que sale en televisión… son mundos aparte. Pero el país, en general, está liberado, y con las redes sociales mucho más.

Con las redes sociales tenemos un problema incontrolable. El otro día una amiga mía me dice que le ha regalado a su nieta el primer móvil, y la niña tiene 9 años. ¡Es que hay que educar a esta gente, porque todo esto es muy nuevo…! Luego niñas jovencísimas, de 10, 11, 12, se desnudan ante un ordenador porque hay un señor que está al otro lado y no sabemos ni quién es… y le dice “desnúdate”, y la cría lo hace. Ahí me parece que los padres tienen un papel fundamental. Internet es un mundo fantástico, pero si no lo controlas, sino que te controla… es muy preocupante.

¿Qué relación tienen las mujeres de la Transición con la pornografía y con los juguetes sexuales?

Puedo pecar de tonta, pero es que yo, los juguetes sexuales… hija, en aquella época ya teníamos suficiente con aprender cómo funcionaba lo que tenías enfrente (risas). Juguetes sexuales… todo eso ha venido mucho después, en aquella época no.

Ya, pero, ¿en qué momento llegó?

Es que no se te hubiera ocurrido. ¡A nadie se le hubiera ocurrido llevarse un juguete sexual…! Si no sabías cómo funcionaba nada. Eso es posterior y cuando ya tenemos todos una educación, una libertad y una práctica.

Pero lo habéis acabado conociendo.

¡Pero ya con los años! (risas). Ahí tenías que tener mucho cuidado con no quedarte embarazada, y ahí sí que había una ignorancia total. Carmen Rigalt y yo tenemos un libro que es Qué horror, me estoy pareciendo a mi madre, en el que contamos nuestra infancia y adolescencia. Y era “no te sientes en la taza de un baño público porque te puedes quedar embarazada”. Así nos educaban. Imagínate tú, juguetes sexuales… si teníamos metidas en la cabeza cosas que no te puedes ni imaginar.

Todo bulos.

Sí, pero es que no lo hacían a propósito, es que nuestros padres también eran ignorantes. Es la generación de después de la Guerra.

También le quería preguntar, a todo este respecto, por el feminismo.

Hombre, yo me considero feminista, totalmente.

Qué alegría escucharlo así, con los recelos que hay últimamente.

Es que yo estoy harta de que me digan “yo no soy feminista, soy femenina”. Mire: no tiene nada que ver una cosa con otra. Todas las mujeres deberíamos ser feministas, porque lo único que defiende el feminismo son nuestros derechos. Si no, no tendríamos derechos. Son muchas las mujeres que han muerto para que tú puedas votar, para que tengas una cuenta corriente, para que si no te gusta el señor con el que estás casada lo dejes y te vayas con otro.

Todo eso lo ha defendido el feminismo. Pero ha habido una parte de la población que ha querido presentar el feminismo como señoras con barba, marimachos, y han dado una imagen, como están haciendo ahora algunos partidos, que verdaderamente da pánico. Todas las mujeres tenemos que estar agradecidas al feminismo.

¿Cómo arreglaremos esto? ¿La sociedad acabará entendiendo en masa que ser feminista es defender la igualdad? Hay un problema de concepto.

Es que te digo que estamos en un momento de retroceso. Puedes no ser militante, ¡pero feminista…! Mira, quienes están saliendo a la calle con el tema de la chica violada en Pamplona son las feministas, quienes están defendiendo la igualdad de la mujer son las feministas, ¡es que son las feministas las que siguen luchando, luchando y luchando! Pero hay gente que las está demonizando y las presenta con unas formas y un ropaje que no son los que realmente tienen. Puede ser feminista la presidenta de una empresa, y no tiene nada que ver con esa luchadora a la que se vende como una bruja con escoba.

Y hay políticas que tampoco se reconocen como tal. Véase Cristina Cifuentes, que dice que ella tiene “amigas feministas”.

Es que… paso.

¿Pasapalabra?

Sí, porque claro… ¿cómo una persona que gobierna una comunidad autónoma como Madrid puede decir eso?

Eso le pregunto.

Pues qué voy a pensar, que es una barbaridad.

Ahora que ha salido lo de Harvey Weinstein y está Hollywood ardiendo: ¿usted ha conocido a alguno de esos en su trayectoria?

No he conocido ningún Harvey Weinstein, pero sí muchos gilipollas. Muchísimos. De esos que estabas cenando y te ponían la mano en la rodilla. Y volvías la cara y levantabas la mano… y se retiraban. Eso es diferente a que un señor porque tenga poder te viole o te tal… eso es totalmente diferente. Pero yo creo que eso de que te pongan la mano, y así, no lo llamo acoso, porque te puedes defender. Aunque sea tu jefe. Pero de lo otro no, porque te aplastan con “no vas a trabajar nunca, yo te voy a hundir”, y eso mentalmente te destroza.

Hay hombres que me han tocado la rodilla y mira, pues les das una patada en la espinilla. No me han visto nunca cara de simpática. Hay muchísimas mujeres que lo han sufrido y muchísimas que lo están sufriendo ahora. Estoy viendo una serie americana, The Good Wife. ¡Y todas se acuestan con todos para ganar un juicio, por ejemplo! Y yo digo: cómo a día de hoy una serie americana puede dar esa imagen de la mujer. Me llevo unos berrinches… Eso se promociona y es tremendo, porque no todo el mundo está preparado para decir “no”.

¿Recuerda algún momento en el que haya notado un obstáculo machista en su carrera?

Mira, mi madrina fue Carmen Conde. Primera mujer Premio Nacional de Literatura. Y esa me dio un consejo… yo sólo tenía 18 años. Ella me dijo: “Si llamas a una puerta y no te la abren, da una patada y entra”. Se me quedó grabado. Yo he hecho lo que me ha dado la gana, la real gana. Lo que yo he querido, jamás porque me haya obligado nadie.