Un fotograma de La vida es bella.

Un fotograma de La vida es bella.

Libros Memoria histórica

Sobrevivir al alambre de espino de Auschwitz gracias al flamenco

Magda Hollander-Lafon ha tenido dos vidas. Casi muere en la primera y en la segunda se dedica a cambiar indiferencia por solidaridad.

Peio H. Riaño

El mundo es un lugar peligroso para vivir, dijo Albert Einstein. No por culpa de quienes hacen daño, sino por culpa de los que se quedan mirando sin hacer nada. Así que, ¿cómo salvar la memoria sin banalizarla, sin agravarla, sin abrumar? ¿Cómo hacer que la historia particular forme parte de la Historia? Magda Hollander-Lafon nació en 1927 en Záhony, un pueblecito en la frontera entre Hungría y Eslovaquia, y sobrevivió a los nazis con 16 años en los campos de concentración de Auschwitz y Ravensbrück. Es la única superviviente de su familia y una de las pocas de su ciudad natal y quiere que la indiferencia y la ignorancia sean transformadas en solidaridad.

Magda está viva gracias a cuatro mendrugos de pan que una mujer moribunda le dio a la adolescente en el campo de concentración. Solidaridad. “Nuestros actos nos comprometen. De cada uno depende elegir ser humano o humillar, hacerse violento o pacificar. De cada uno depende decir, repetir, que la vida es sagrada y única, que son la solidaridad y la memoria las que pueden salvar a la humanidad”, escribe Magda, que reconoce que lo más difícil es levantarse después de haber sido humillada. “La humillación nos reduce”. Y por eso nunca estamos curados. “Estamos en camino de curarnos”.

La memoria y la historia particular puede obrar la transformación de la indiferencia a la solidaridad. Ese es el motivo con el que escribió en 1977 Los caminos del tiempo y, ahora, De las tinieblas a la alegría. El primero son sus memorias del campo, el horror años después de escapar del Holocausto. El segundo libro es la meditación sobre su supervivencia en libertad. La editorial Periférica ha publicado ambos bajo el título Cuatro mendrugos de pan, donde da cuenta de la fragilidad de la vida de quien escapó a la muerte. Debía transformar esa memoria de muerte en llamamiento a la vida.

Insensibles a las emociones

Era invierno en la memoria de una de los pocos judíos húngaros que regresaron y gracias a un largo trabajo interior, llegó lentamente el deshielo: “En el Hogar no faltaban el pan ni el agua, pero reinaba una tristeza pesada, sin calor. Si no hubiese tenido la suerte de poder seguir las clases de francés y de flamenco para prepararme para los exámenes de ingreso para la Escuela Normal Superior, me habría hundido en un pozo sin fondo”.

De las tinieblas a la alegría es la crónica de 37 años luchando sin cesar contra la adolescente que no podía perdonarse seguir viva y contra la adulta que debía emprender una carrera de velocidad sin entrenamiento. “Me hice insensible a las emociones, indiferente a los cuerpos sin vida que me rodeaban. El instinto de supervivencia primaba sobre el sufrimiento del otro. El otro estaba ausente”. El instinto que te salva, pero te asesina.

A Bikernau llegaban al día 14.000 judíos húngaros. El comandante del campo ordenó que las vías del tren llegaran a 200 metros de los crematorios y cuadruplicó los efectivos de comandos especiales de cámaras de gas. A finales de mayo de 1944, el convoy de Magda se detuvo en la rampa “de los húngaros”. Se separan a los hombres de las mujeres, en dos filas. Los niños, no aptos para el trabajo, eran asesinados. Uno de los deportados le sopló: “Tienes 18 años, tienes 18 años...” Mengele mandó a Magda la derecha, aunque tenía 16. Sus hermanas, a la izquierda.

Memoria herida

Magda logra salir del frío de su memoria cuando deja de sentirse víctima del Holocausto, y se convierte en una testigo reconciliada consigo misma. Durante décadas se preguntó si sus travesías le humanizaban o hacían de ella una eterna víctima. “Nuestro malestar en el presente está inscrito en el pasado”, escribe la autora, que se reconoce en su fragilidad.

“Esta dichosa vida me habría dejado/ si se lo hubiese permitido./ Era frágil/ un destello de vértigo/ la felicidad fluida de un instante./ Pero la primavera hacía ruido/ en mi memoria tan pronto herida/ y la oí/ más allá del alambre de espino”. El poema titulado Morir pertenece al primer texto, construido con fogonazos de recuerdos, tan frágiles como su viaje hacia la resurrección.

En septiembre de 1945 regresó a la vida con una maleta agujereada. “A falta de ropa, estaba llena de esperanzas, de sueños y de temores también”. Que poco tardaría en volverse inútiles tras la primera decepción en libertad. “Me marché, una vez más, con mi maleta agujereada, llena de ropa, ligera de sueños, con un poco más de peso en decepciones y temores. Y la voluntad de esperar, de ser útil”. Le llevó casi 30 años decidirse a escribir su primer libro y con el segundo hizo de su memoria un motivo de alegría.

La mujer que nació dos veces atravesó el desierto de su pasado con un objetivo: “La razón de que hoy atraviese dolorida el puente de mi memoria es para hacer pervivir el recuerdo de aquellas y aquellos a quienes les robaron la vida y que hasta el final quisieron infundirnos valor para vivir”. Magda Hollander-Lafon, tan frágil como la memoria, tan fuerte como la alegría.