A partir de 1885, la necrópolis de Carmona se convirtió en uno de los lugares de visita de la burguesía sevillana. Ubicada a 35 kilómetros de la capital andaluza, el 24 de mayo, hace más de 130 años, abría sus puertas al público como primer yacimiento arqueológico de España musealizado para recibir visitas. La zona es actualmente uno de los conjuntos funerarios mejor conservados de la Península Ibérica.

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Su apertura se efectuó, en parte, gracias a la iniciativa de Juan Fernández López y el historiador francés George Bonsor, quienes adquirieron los derechos sobre el terreno para buscar reliquias del pasado. El galo, nacido en 1855, había llegado a España obsesionado por el arte pictórico de nuestro país, y terminó excavando en busca de restos arqueológicos en la ciudad de Carmona.

Construyeron un museo y poco a poco la necrópolis llamó la atención de expertos de toda Europa. Aquel recinto no solamente albergaba tumbas de los antiguos ciudadanos romanos, sino que también hallaron esculturas, urnas y hasta un anfiteatro. El conjunto arqueológico está datado entre los siglos I y II d.C. El método de enterramiento más común que se ha observado en este recinto del sur de Hispania es la incineración, aunque se observan también inhumaciones que pertenecen a los últimos años del asentamiento.

Vista del exterior del Museo de la Necrópolis Romana de Carmona a finales siglo XIX. Archivo General de Andalucía

En general, la necrópolis de Carmona destaca por su homogeneidad. Escriben los historiadores Lorenzo Abad Casal y Manuel Bendala Galán que esa característica viene dada por la ingente presencia de tumbas familiares consistentes en un edificio exterior, "casi siempre perdido", con criptas excavadas en la roca, a las cuales se accedería principalmente mediante una escalera.

Sin embargo, bajo la regularidad de tal procedimiento, se encuentran dos hallazgos reseñables que rompen con el patrón: la Tumba del Elefante y la Tumba de Servilia. El primero es una especie de santuario dedicado al culto de las divinidades de Cibeles y de Attis en el que se encontró una estatua de un paquidermo. En cuanto a la segunda, "sus enormes dimensiones superan con mucho a las demás tumbas de la necrópolis" y es la única en la que se han encontrado esculturas marmóreas de corte clásico.

Saqueos previos

El conjunto arqueológico de Carmona comprende hoy en día una extensión de ocho hectáreas aproximadamente. El descubrimiento y protección de esta necrópolis no hubiera sido la misma si Juan Fernández López y George Bonsor no se hubieran aventurado a comprar las tierras en 1881.

Por aquel entonces, la legislación sobre el patrimonio cultural era escasa y todo tesoro arqueológico, pictórico y arquitectónico era susceptible de ser saqueado. Tal y como indica la Junta de Andalucía, el primer hallazgo de la necrópolis tuvo lugar de forma fortuita en 1868, con motivo de los trabajos de allanamiento del llamado Camino del Quemadero.

El azar hizo que vestigios del Imperio romano emergieran en una sociedad todavía incapaz de comprender su valor cultural. Inmediatamente, el área fue expoliado por individuos que conocían la zona y sus tesoros arqueológicos. "Hay numerosas noticias sobre tumbas aparecidas en los terrenos vecinos (como Campo de los Olivos y Campo de las Canteras), que volvieron a ser enterradas o desaparecieron expoliadas, y parece que se extendían hasta los alcores de Brenes", notifica el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía. Asimismo, las estructuras emergentes de muchas de las tumbas documentadas también se encuentran en paradero desconocido.

Fueron todas estas ausencias las que empujaron a la pareja de arqueólogos a invertir en aquellas tierras desamparadas para dar comienzo a las primeras prospecciones. En 1885, crearon la Sociedad Arqueológica de Carmona como entidad gestora del yacimiento, y solo en 1930, tras la muerte del arqueólogo francés, la necrópolis pasó a ser competencia del Estado. Tras la donación, el Gobierno de la Segunda República la declaró Monumento Histórico-Artístico mediante Decreto el 3 de junio de 1931, formando parte del Tesoro Artístico Nacional.

Gracias a la labor de los dos arqueólogos y la protección posterior del Gobierno, España cuenta, pese a los saqueos iniciales, con uno de los grandes yacimientos de época romana.