Durante unas obras realizadas en 1852 en las termas de Vicarello, en el lago de Bracciano, al norte de Roma, los trabajadores se encontraron con un auténtico tesoro al destapar la hendidura de la roca de la que salía el agua: obstruyendo el conducto hallaron un conjunto de objetos votivos —copas de oro y plata— y más de 5.000 monedas de bronce griegas y romanas. Como parte de esa ofrenda, se habían añadido cuatro pequeños vasos de plata, los Vasos Apolinares, en los que estaba grabado el itinerario y las 104 estaciones por las que transcurría la Vía Augusta, desde Gades (Cádiz) hasta la Ciudad Eterna, de unos 2.750 kilómetros.

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El cuarteto de recipientes, con una altura entre los 9.5 y 11.5 centímetros y de forma cilíndrica similar a la de un miliario —una columna de piedra que actuaba como marcador de las millas (milia passumm) en las calzadas romanas, es decir, una especie de señal de la Antigüedad—, constituye un magnífico ejemplo de un mapa de viaje. Su propietario, seguramente un viajero gaditano, al haber llegado a Roma se dirigió, tras otro día más de camino, a las Aquae Apollinares Novae para curarse y descansar en el balneario. A la vista del satisfactorio resultado, hizo el exvoto de sus espléndidos vasos, que se han fechado en el siglo I d.C., en época de Augusto.

Los también llamados Vasos de Vicarello son una de las pocas evidencias sobre las rutas de transporte utilizadas por los romanos que han sobrevivido hasta nuestros días. Pero su mapa más detallado, uno de los más famosos en la Antigua Roma, del que tenemos conocimiento es el Itinerario Antonino —cuyo nombre estaría relacionado con el emperador Marco Aurelio Severo Antonino, más conocido como Caracalla, y no con Antonino Pío—. En este documento se detalla el recorrido de las principales vías del Imperio a través de una serie de listas de puntos de parada y las distancias entre ellos.

Los Vasos de Vicarello. Wikimedia Commons

El autor del Itinerario Antonino es desconocido, pero los expertos creen que está basado en documentos oficiales, probablemente de un estudio organizado por Julio César y desarrollado durante el reinado de Augusto. Si bien la copia que ha llegado hasta la actualidad corresponde a los tiempos de Diocleciano —finales del siglo III—, la original habría sido redactada unas décadas antes —Caracalla gobernó de 211 a 217—. De las casi cuatrocientas rutas recogidas, 34 se corresponden con las provincias que conformaban Hispania.

Gracias al proyecto Itiner-e, codirigido por los arqueólogos Pau de Soto Cañamares, del Instituto Catalán de Arqueología Clásica, y Tom Brughmans, de la Universidad de Barcelona, el conjunto de estas calzadas —su itinerario, los lugares por dónde transcurrían y la localización de las mansiones— se encuentra digitalizado y consultable en línea (aquí se puede hacer: http://itinere.recerca.iec.cat/). Un trabajo que se encuentra ahora en una fase todavía más ambiciosa: la elaboración de un mapa al detalle de todas las vías, tanto principales como secundarias, del Imperio romano de Occidente, como ya ha contado este periódico. Poniendo el foco exclusivamente en la Península Ibérica, estas fueron las cinco más importantes.

Mapa de las calzadas romanas en Hispania. Pau de Soto Proyecto Viator-e

Vía Augusta

Fue la más extensa de la Península: unos 1.500 kilómetros que conectaban la Bética con el norte de Hispania bordeando el Mediterráneo; aunque la ruta difiere en función de la fuente. Según el Itinerario Antonino y cogiendo como referencia la nomenclatura adoptada por el arqueólogo Eduardo Saavedra, esta era la vía II, y transcurría desde el Summus Pyrenaeus, en el Pirineo catalán, hasta Castulo (Linares), pasando por Tarraco (Tarragona), Saguntum (Sagunto) o Carthago Nova (Cartagena). En los Vasos de Vicarello, la ruta gira hacia el interior al pasar Valentia (Valencia) y discurre por Saltigi (provincia de Albacete), Corduba (Cordoba) e Hispalis (Sevilla) hasta finalizar en Gades.

Aunque su nombre original se lo dio el emperador Augusto, que impulsó una serie de restauraciones en el trazado a finales del siglo I a.C. —así lo corroboran los miliarios documentados en la Comunidad Valenciana o Murcia—, recibió también otras denominaciones como Vía Hercúlea o Camino de Aníbal. A lo largo de la geografía peninsular se encuentran diversos identificadores que señalizan el itinerario de la Vía Augusta, como el arco de Bará, en Tarragona, o el arco romano de Cabanes, en Castellón. La autovía A-7 y otras carreteras nacionales siguen en algunos tramos de su mismo recorrido. 

Miliario en honor al emperador Nerva, documentado en La Aldehuela (Jaén). MAN

Vía I

Esta ruta comenzaba en el mismo punto que la Vía Augusta, en el Pirineo oriental, y se dirigía hacia Tarraco. Sin embargo, en vez de seguir hacia el sur, tomaba rumbo al oeste, hasta Legio (León), ciudad fundada en torno al campamento de la legión Legio VII Gemina, uno de los asentamientos militares más importantes de la Península. Estaba dotado de fuertes recursos defensivos para controlar, fundamentalmente, el oro extraído de Las Médulas. La calzada pasaba por 23 mansiones y localidades como Caesaraugusta (Zaragoza) o Virovesca (Briviesca, en Burgos), cubriendo 647 millas romanas, casi mil kilómetros; y guarda parecido con la Vía XXXII, que iba de Tarraco a Asturica Augusta (Astorga).

Vía de la Plata

Otra de las fuentes que proporciona información sobre el recorrido de las calzadas romanas peninsulares es el Itinerario de Barro, una serie de cuatro tablillas de arcilla fragmentadas de mediados del siglo III que mencionan un puñado de carreteras del noroeste de Hispania. La tercera tabla dibuja una vía que subía desde Emerita Augusta (Mérida), ciudad fundada por Publio Carisio en el año 25 a.C. con el objetivo de acoger a los soldados de las guerras cántabras, veteranos de las legiones V Alaudae y X Gemina, hasta Asturica Augusta. Coincidía en parte con la Vía XXIV del Itinerario Antonino —esta se desviaba hacia el este a la altura de Zamora— y desde finales de la Edad Media se la conoce como Vía de la Plata, convirtiéndose en un camino de peregrinos.

Vía XX

Aunque no era de las más largas —207 millas romanas, unos 300 kilómetros—, esta ruta tenía una característica que la diferenciaba de las otras incluidas en el Itinerario Antonio: parte de su trazado discurría por el agua. Era una de las cuatro opciones para ir desde Bracara Augusta (Braga, Portugal) hasta Asturica Augusta, pero en vez de seguir un trayecto lógico y en línea recta hacia el este, subía por Tude (Tui) hasta Brigantium (A Coruña) y bajaba hacia el sureste atravesando por Lucus Augusti (Lugo). En la misma denominación de la vía, la expresión per loca maritima —por lugares marítimos— ya hacía referencia a la necesidad de una embarcación.

Vía XXV

Esta era una de las tres rutas, junto a la XXIV y a la XXIX, que conectaba Emerita Augusta con Caesaraugusta, cruzando en diagonal el interior peninsular. Tenía una longitud de 348 millas romanas —algo más de 500 kilómetros— y pasaba por 16 mansiones. Atravesaba y conectaba importantes asentamientos como Toletum (Toledo) o Complutum (Alcalá de Henares).

Vestigios de la Vía Augusta a su paso por Montoro (Córdoba). Ayuntamiento de Montoro