Antes de erigirse en la civilización más importante y poderosa de todo Occidente, Roma estuvo a punto de desaparecer por culpa de Cartago. Gracias a la campaña militar de Aníbal Barca y a sus efectivas estrategias, los romanos cosecharon varias derrotas consecutivas que casi les condenan a la extinción absoluta.

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Por aquella época, siglo III a.C., Roma se desarrollaba como una república y compartía la hegemonía del Mediterráneo con los cartagineses, Macedonia, o el imperio seléucida. El profesor de Patrimonio Histórico-Artístico y de Arte Antiguo y Clásico en la UNED, Pedro Ángel Fernández Vega, analiza la estructura política de Roma y los líderes que emergieron en su reciente publicación, La sombra de Aníbal. Liderazgo político en la República Clásica (Siglo XXI).

Fernández Vega profundiza en los distintos tipos de populismos que surgían en una época repleta de tensiones entre las oligarquías romanas y el pueblo raso, quien buscaba la seguridad en aquellos líderes que les prometían tierras y pan. En definitiva, Roma vivía un siglo III a.C. con la agonía de poder ser derrotada por los cartagineses. En la Península Ibérica, el hijo de un viejo conocido por las tropas romanas se comprometía a vencer al gran enemigo a batir. 

El juramento de Aníbal Barca. Benjamin West

Amílcar fue "el primer general que les hacía frente" y su hijo recogía el testigo para atacar a la República. Con tan solo once años prometió a su padre ser "el fuego y el hierro para romper el destino" de Roma. Cuando este murió, el joven sucesor ideó una estrategia aparentemente infalible para llevar a cabo su misión.

"La idea de Aníbal de ir desde la Península hasta Italia atravesando los Alpes era en realidad de su padre", explica el escritor Luis de la Luna Valero, autor de Las campañas militares de Amílcar Barca (Ediciones Salamina), a este periódico. De esta manera, siguiendo el plan de su fallecido padre, optó por no atacar desde el mar, lo cual hubiera requerido menos tiempo, y se aventuró a cruzar los Alpes franqueando los Pirineos en el año 218 a.C.

Hablar de unas cifras concretas resulta complicado. Algunos historiadores consideran que Aníbal cruzó la actual frontera española con 70.000 infantes y 10.000 caballeros. El hecho es que la ruta no fue sencilla. Las condiciones climáticas adversas y los galos redujeron el ejército del militar y acabaron con la mayoría de los elefantes de guerra que poseía líder cartaginés.

En el transcurso, el propio Aníbal sufrió las penurias de su táctica militar. Nada más llegar a la Península Itálica perdió un ojo por una oftalmia. "El estigma del general tuerto se antoja una alegoría de la trayectoria vital de Aníbal. Vence, pero está marcado", escribe Fernández Vega en La sombra de Aníbal. Liderazgo político en la República Clásica.

Pánico en Roma

Ya en tierra romana, los enfrentamientos entre ambos pueblos desataron la Segunda Guerra Púnica. Poco a poco, la valiente decisión de cruzar los Alpes cobró sus frutos. Roma no estaba preparada y los cartagineses lograron ocupar el norte de Italia y avanzaban sin freno hacia la capital.

"El desenlace de la batalla de Trasimeno, con 15.000 romanos caídos, descontrola a la población que sabe que ahora Aníbal se encuentra a tres días de marcha", relata Fernández Vega. El caos imperaba en la República de Roma y "se produjo una aglomeración popular corriendo hacia el foro presa de pánico y confusión".

Aníbal vencedor contemplando por primera vez Italia desde los Alpes. Francisco de Goya

La tensión interna se agravó con la derrota romana en Cannas. Aníbal demostró ser un gran estratega militar y venció a un ejército mucho más numeroso reduciendo el área del campo de batalla y eliminando así su ventaja numérica. Se estima que los romanos perdieron alrededor de 50.000 hombres, entre los cuales se encontraban el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos excónsules, dos cuestores y una gran cantidad de tribunos militares y senadores.

Según cuenta Pedro Ángel Fernández Vega a este periódico, la batalla de Cannas es la "catástrofe más formidable de las legiones romanas". Aquí es donde Aníbal sorprende a todos, incluido a los historiadores que analizan su pasado. "Está claro que después de Cannas los romanos esperaban que Aníbal atacara definitivamente Roma", añade el profesor.

Sin embargo, Aníbal optó por no aprovechar la debilidad de la ciudad. Muchas son las teorías que envuelven esta incógnita. Fernández Vega, al igual que otros muchos historiadores, opina que el cartaginés pretendía aislar Roma y llevar a cabo una operación de desgaste contra la República. 

¿Habría destruido Aníbal toda Roma de haber decidido atacar? Nadie tiene la respuesta. Lo que sí se sabe es que hasta sus generales juzgaron posteriormente la decisión de no haber llegado hasta la capital. La táctica de Aníbal, esta vez, no funcionó. "Roma parece infatigable, sigue reclutando hombres", declara el escritor.

Derrota definitiva

La capital romana esperaba su turno. En lugar de seguir combatiendo, la nueva estrategia se basaba en buscar el momento oportuno. La espera fue todo un éxito: Publio Cornelio Escipión ideó una táctica que superó el planteamiento del mejor estratega de la época.

Grabado de la batalla de Zama.

Mediante trompetas y cuernos logró espantar a unos elefantes que sembraron el caos en las filas cartaginesas. Asimismo, cuando los cartagineses se habían reagrupado, los jinetes romanos atacaron desde la retaguardia y terminaron por colapsar el ejército de Aníbal.

La batalla fue una humillación para Aníbal, quien logró sobrevivir pero se vio obligado a huir a Cartago. El sueño de invadir Roma había desaparecido. Los cálculos del jefe cartaginés habían errado esta vez. 

Decaído, decidió entrar en política en la ciudad de Cartago aunque pronto optaría por exiliarse y realizar una travesía por tierras asiáticas. En su visita a Prusias, Aníbal fue traicionado. Roma envió una embajada a Prusias, y el estratega cartaginés iba a ser entregado a su histórico enemigo.

De esta forma, Aníbal ingirió un veneno a la vez que pronunciaba estas palabras: "Liberemos al pueblo romano de su dilatada inquietud, ya que no tiene paciencia para esperar la muerte de un anciano". Aníbal se suicidó a los 64 años de edad, marcando el final de una de las agonías iniciales de Roma.