Felipe V era feliz cazando y jugando al billar en La Granja de San Ildefonso, el palacio con reminiscencias de la corte de su abuelo Luis XIV que se había construido para abstraerse del mundo. Acababa de abdicar en su hijo Luis I, y paseaba ya sin preocupaciones, sin la obligación de gobernar un reino que no era el suyo. Pero su ventura no duraría ni un año: su desdichado vástago, el primer Borbón nacido en España, contrajo la viruela y falleció a los siete meses de ocupar el trono, que regresó a manos de su padre.

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Antes de su 'jubilación', Felipe V ya había dado muestras de un extravagante comportamiento: pensamientos suicidas, alteraciones del sueño, falta de higiene... Después de la segunda coronación, su enfermedad se precipitó: deliraba creyendo morirse, permanecía horas tumbado en la cama mirando al techo sin decir nada, se escapaba de palacio vestido únicamente con la camisa de dormir y hasta se creyó que era una rana (!). Por fortuna, a su lado contaba con una mujer infatigable de infinita paciencia y eficaces dotes para el gobierno, Isabel de Farnesio.

Precisamente fue la reina la que ingenió un plan ¿desesperado? para tratar de combatir la locura de su marido: trasladar la corte de Madrid a Sevilla —que este lunes visita también Felipe VI, su descendiente—, cambiar el epicentro de la Monarquía Hispánica y brindarle al rey renovados aires para espantar el fantasma de una segunda abdicación —y los que creía ver—. El llamado Lustro Real (1729-1733) dio inicio el 3 de febrero, cuando la comitiva llegó a la engalanada ciudad hispalense. Las campanas repicaron para dar la bienvenida a los reyes y al centenar de carros que les seguían la estela. Ellos se alojaron en los Reales Alcázares, mientras que para dar cobijo a la marabunta de funcionarios y los 600 criados que les servían hubo que requisar más de mil viviendas.

Entrada de Felipe V y su comitiva en Sevilla, según un grabado de Pedro Tortolero. Fundación Focus-Abengoa

Sevilla registró un terremoto con la mudanza de la familia real: su papel preeminente como punto de partida al Nuevo Mundo había menguado con la decisión del propio Felipe V en 1717 de trasladar la Casa de Contratación de Indias a Cádiz y por los efectos de una serie de epidemias que golpearon la población a mediados del siglo anterior. Sin embargo, durante estos cinco años se impulsaron instituciones sevillanas como la Real Academia de Medicina, que el rey apadrinó, y se modernizaron industrias como las Fábricas de Artillería y de Tabacos. Además, el trasiego de nuevos pintores, músicos y otros creadores enfrentó a la ciudad con la modernidad artística.

Ese 1729 hubo muchas fiestas, corridas de toros, banquetes, bailes y tours por la geografía andaluza, pero también se registró un importante movimiento político: a principios de noviembre Sevilla fue escenario de la firma de un tratado con Inglaterra y Francia por el que España aceptaba el equilibrio europeo impuesto por la Triple Alianza a cambio del reconocimiento de los derechos sucesorios del infante Carlos a los ducados italianos de Parma, Plasencia y Toscana. Por las mismas fechas aumentaría la familia, con el nacimiento de María Antonia, la hija menor de los monarcas.

Locura sin solución

Pero ni las jornadas de pesca en el río ni el resto de entretenimientos que se pusieron a su disposición solucionaron la demencia del rey. A partir del verano de 1730, su comportamiento volvió a ser impredecible: repudió la higiene personal y regresaron los delirios. Era una persona desequilibrada, que cambió el horario vital de la corte: decidió celebrar las reuniones del consejo y las audiencias de los embajadores de madrugada, acostándose en torno a las siete de la mañana y levantándose a las tres de la tarde. Una rutina que afectó sobre todo al capellán, quien debía guardar ayunas hasta que se levantase el monarca para oficiar misa; un esfuerzo físico por el que sufriría varios desmayos.

La lista de episodios estrambóticos de Felipe V fue in crescendo: en ciertas madrugadas de invierno se le ocurría salir a pescar a los estanques de los jardines del Alcázar, obligando a Isabel de Farnesio y a todo su séquito a sumarse a la estúpida misión. Otra gélida noche abrió de par en par la ventana de sus aposentos. La reina, agotada por las exigencias diarias —era un milagro que durmiese tres horas— protestó por el frío. La solución del rey, salomónica según su locura, la dictó con las siguientes palabras: "Muy bien, cerrad una mitad de la ventana para la reina y dejad otra mitad abierta para mí".

'La Familia de Felipe V', por Louis-Michel van Loo. Museo del Prado

El punto álgido de la enajenación se alcanzó en 1731. Durante la primera parte del año, Felipe V estuvo gravemente indispuesto por los atracones de comida que se pegaba. Para el mes de julio sufrió una crisis severa, que le dejó convaleciente. Apenas podía dormir una hora diaria y deambulaba por el palacio con la boca abierta y la lengua colgando, como si tuviese el rostro paralizado —o estuviese imitando esta vez a un perro—. Las piernas le hincharon, y los médicos, a los que paradójicamente tildaba de "locos", auguraron que el monarca debía estar en la última etapa de su vida, a punto de fallecer. Pero erraron el tiro por más de una década.

Es de justicia reconocer también que durante la estancia del rey en Sevilla se favoreció enormemente a la ciudad con diversos avances como la revalidación de la Regia Sociedad de Medicina, uno de los principales centros de la renovación científica española, o la construcción de la Real Maestranza de Caballería, que hay que sumar a las arquitecturas citadas anteriormente. Un congreso de expertos celebrado en 2007 que abordó el impacto del traslado de la corte a Sevilla reveló que ese impulso cultural fue "como un anticipo de la Ilustración" y "un foco de atracción para el comercio de arte en España". La propia reina, que era una gran coleccionista, logró agenciarse varias obras de Murillo.

El Lustro Real llegaría a su fin en 1733 y por un hecho fortuito: el fallecimiento del rey de Polonia, Augusto II, en el mes de febrero. Al ser una monarquía electiva, Felipe V recuperó cierta lucidez buscando colocar a alguno de sus hijos en Varsovia, y ese tema no se podía resolver desde Sevilla. El Borbón ordenó levantar el campamento y que la corte regresase a Madrid. Su vida seguiría discurriendo por una montaña rusa de excentricidades y trastornos.