Una mísera silla de madera, con dos patas extensibles y un cutre acolchado, sirve para plasmar la vulnerabilidad del ser humano, incluso del más poderoso. Se trata de una réplica de la que suavizó el sufrimiento de Carlos V y que se conserva en el Monasterio de Yuste, la residencia del emperador tras abdicar en su hijo Felipe II, a donde llegó en febrero de 1557 convencido de su inminente fin. Apenas se podía mover ya el hombre que había consolidado un imperio mundial, y postrado en esa vulgar silla se apagó su aura todopoderosa, impotente frente a la ley natural.

Noticias relacionadas

Moriría Carlos el 21 de septiembre de 1558 en la cama de sus aposentos, adornados con colgaduras negras de terciopelo —símbolo de su viudez permanente desde la muerte de su esposa Isabel del Portugal en 1539— y con vistas al altar mayor de la iglesia del monasterio, de estilo gótico tardío, que hoy acoge un espectacular retablo, con una copia de La Gloria de Tiziano y las cuatro virtudes —fortaleza, justicia, fe y esperanza— que ordenó colocar Felipe II en homenaje a su padre. Al emperador lo derrotó la gota, una enfermedad cuyos primeros brotes sufrió en torno a 1530 y que le destrozaría las articulaciones, contraída por su insaciable apetito: según los relatos de la época, Carlos ingería 4 litros de cerveza por comida (¿?) y unos 20 platos, la mayoría de carne.

Al Monasterio de Yuste, símbolo de la decrepitud del rey y levantado en un escalón del Sistema Central cacereño, en la localidad de Cuacos de Yuste, regresó este martes el escritor e historiador José Luis Corral para recorrer el escenario principal de la novela que completa su trilogía sobre los Austrias, El dueño del mundo, y que ficciona, siempre de forma verosímil, la etapa final del reinado de Carlos. “Su situación en los últimos dos años está marcada por un cambio trascendental en su manera de entender la vida”, explica Corral a este periódico. “Probablemente tenía ganas de morirse porque el sufrimiento vital, los dolores que tuvo, debieron ser tremendos”.

José Luis Corral culmina su trilogía sobre los Austrias con 'El dueño del mundo'. Carlos Ruiz

No tenía fuerzas el emperador ni para sujetar la pluma con la que firmaba los documentos, siempre tan obsesionado con el paso del tiempo y su condición incontrolable —en la corte que le acompañó a Yuste figuraba su relojero, Juanelo Turriano, quien todas las mañanas le daba cuerda a los aparatos del monarca—. Solo brilló Carlos cuando mandó llamar a su hijo ilegítimo Jeromín, don Juan de Austria, y le reconoció: "Ese momento, enfermo, sin poder caminar, y ve al niño de 12 años y le revela que es su padre es de una emoción tremenda, muy humano", relata el catedrático de Historia Medieval. "El emperador es un ser humano con emociones y sentimientos que casi llora al ver a su hijo… Esa contradicción tremenda del gran emperador que acaba sus días en un monasterio apartado del mundo en Yuste me parecía un contrapunto muy bueno para acabar la novela, y además la historia fue así".

La voluntad del emperador había sido que lo enterraran debajo del altar mayor de la iglesia de Yuste, para que cada vez que se oficiase misa el religioso pisase su pecho y cabeza como signo de sumisión ante Dios. Sin embargo, Carlos nunca fue enterrado en la cripta que conserva un ataúd de madera que supuestamente, según los relatos de los monjes jerónimos, acogió sus restos. Descansa en el Panteón de los Reyes de El Escorial, a donde lo envió su hijo, heredero de la Corona española pero no del Sacro Imperio Romano Germánico.

Casi veinte meses residió Carlos V en el Monasterio de Yuste, hoy habitado por una pareja de monjes polacos de la Orden Paulina, y no escatimó en lujos: cuadros de Tiziano, una valiosa colección de libros, los mejores cerveceros... Huyó de las urbes, del epicentro de las decisiones políticas —Valladolid y Toledo en aquel momento— para encontrase con la muerte en un paraje bellísimo, entregado a las aficiones que le permitía su lamentable estado físico. Fue él el único que se interesó por este complejo religioso, convertido a cenizas por los franceses durante la Guerra de la Independencia y reconstruido en los años 50. Ahora es propiedad de Patrimonio Nacional.

La saga sobre un imperio

La tercera entrega de la trilogía de José Luis Corral arranca a mediados de junio de 1539, cuando el monarca español, recluido en un convento de Toledo tras la insuperable muerte de su esposa —y prima hermana—, es informado del estallido de una revuelta en Gante, su ciudad natal. Su saga sobre los Austrias arrancó en El vuelo del águila, justo después de la muerte de Isabel la Católica en 1504; y continuó en El tiempo en sus manos con la elección de Carlos V como emperador a base de repartir ducados de oro. Las tres novelas históricas narran de forma trepidante la forja de un imperio atravesado por las ambiciones y las relaciones sexuales entre miembros de la misma familia.

Corral al lado de un busto de Carlos V en Yuste. Carlos Ruiz

¿Y por qué un historiador acude a los artificios de la novela para narrar la vida de personajes sobre los que se conservan tantísimos documentos? "La diferencia entre el José Luis Corral historiador y el José Luis Corral novelista es que el primero puede intuir cosas que no sabemos, se pueden plantear hipótesis aunque nunca vayan a resolverse. El segundo quiere imaginar lo que pudo ocurrir", explica el autor de El dueño del mundo, que solo habla de ser verosímil y de dos pilares básicos —la recreación arqueológica del espacio y plasmar el espíritu de la época—: "La literatura lo aguanta todo, pero no hay que engañar al lector".

Hace unas semanas, el hispanista Geoffrey Parker, que acaba de publicar una monumental biografía sobre Carlos V, aseguraba a este periódico que el emperador fue "un cobarde moral" por robar a su madre Juana la Loca y otros reprobables actos. No está de acuerdo con esto su colega José Luis Corral: "Eso es presentismo, proyectar una idea de presente en el pasado", responde, y hace otra valoración el monarca que forjó un imperio que dominó medio mundo: "Para mí Carlos V es el último personaje de la Edad Media, está imbuido por el espíritu caballeresco y es el gran protagonista del cambio de época".