Detalle de 'El durmiente temerario', de René Magritte.

Detalle de 'El durmiente temerario', de René Magritte. Tate

Café Torino

René Magritte, el pintor reconocible de un mundo desconocido

18 septiembre, 2021 01:10

Los equivalentes a los Premios Goya se llaman en Bélgica Premios Magritte. Más allá del homenaje a las sugestivas imágenes del pintor surrealista del país, tal vez la elección del nombre de los premios implique además un reconocimiento a las resonancias cinematográficas que puede haber en su obra, pese a la quietud esencial de la mayoría de sus cuadros.

Los Premios Magritte los concede la Academia Delvaux, que no se llama así en recuerdo del también pintor surrealista belga Paul Delvaux, coetáneo y muy influido por René Magritte, sino en memoria del cineasta André Delvaux (Una noche, un tren), que no era pariente del artista, pero que también tuvo la obsesión del ferrocarril. El Museo Thyssen dedicó en 2015 una estupenda exposición a Paul Delvaux, de manera que con esta que ahora dedica a Magritte completa un díptico sobre los dos mayores pintores belgas del siglo XX.

A René Magritte (1898-1967) le gustó mucho el cine desde niño, el cine mudo, y los personajes (Arsenio Lupin, Fantômas…) de novelas criminales y series populares, de los que tantas ideas extrajo (antifaces, máscaras…) y a los que imitó con humor en poses histriónicas. Hay en Magritte un histrionismo cómico como también hay, como en tantos pintores, un jugar y un bromear en serio.

'In memoriam Mack Sennett', de René Magritte.

'In memoriam Mack Sennett', de René Magritte.

Entre las casi cien obras que se pueden ver en la extraordinaria exposición La máquina Magritte, comisariada por Guillermo Solana —muy bien ordenada y con imperdibles paneles informativos—, está un impactante óleo de 1936 titulado In memoriam Mack Sennett: un largo camisón o túnica femenina blanca pende frontal e inerte de una percha en el interior de un armario mostrando —pese a que la tela debería taparlos— los pechos de una mujer, lo que nos da la impresión de estar ante una mujer muerta y colgada.

Ya sabemos que no podemos fiarnos de los bellos títulos —poéticos, literarios, filosóficos, conceptuales…— que Magritte ponía a sus cuadros, títulos que despistan, contradicen al cuadro o ponen a pensar a nuestros ojos —como quería el artista— y a nuestra cabeza, casi o sin casi como si tuviéramos que resolver un acertijo visual, pero, a lo que vamos, el título de este lienzo nombra a Mack Sennett, el rey de la alocada comedia del cine mudo conocida como slapstick, tan lejana a la imagen que contemplamos.

No hay que perderse ningún título de los cuadros de Magritte. Ni ninguna palabra de las que acompañan a veces a los objetos pintados, pues nunca se corresponden con lo que son.

"Tentativa de lo imposible"

Íbamos al cine. En la primera planta del museo podemos ver unas peliculitas en Super-8 que Magritte, ya de mayor, se aficionó a filmar haciendo tonterías con sus ilustres amigos. Y con Georgette Berger (1901-1986), su esposa y compañera de vida y de juegos. Se conocieron de niños, se perdieron, se reencontraron y se casaron en 1922, de modo que estuvieron juntos cuarenta y cinco años. Y Georgette fue, por supuesto, vestida y, sobre todo, desnuda, su modelo.

En la primera de las siete secciones de la exposición, Los poderes del mago —Magritte, mago, maestro de los trucos y de los escamoteos—, podemos ver un cuadro espléndido (Tentativa de lo imposible, 1928), en el que el artista autorretratado —trajeado y encorbatado, no jugaba para nada al bohemio genialoide de aspecto estrafalario—, paleta en mano y de pie, pinta a Georgette, también de pie.

'Tentativa de lo imposible', de René Magritte.

'Tentativa de lo imposible', de René Magritte. Toyota Municipal Museum of Art, Toyota. Courtesy Ludion Publishers.

Pero no la pinta —todavía le falta completar un brazo— sobre una tela, sino en o sobre el mismísimo aire de la habitación, de modo que la corporeidad de la mujer es —y eso ocurre con cualquier cosa pintada— mera ilusión óptica. Magia, si se quiere. Por eso, y derivando, la famosa pipa de marras no es una pipa, sino la imagen de una pipa.

Magritte, como su amigo Luis Buñuel, detestó el psicoanálisis y pidió para sus cuadros comentarios, pero no interpretaciones. Lo llevó claro. Su obra y, en cierta medida, su vida no han dejado de ser interpretadas a la luz del psicoanálisis por un crucial acontecimiento biográfico: la trágica muerte de su madre. ¿Fue Georgette, regresada de su infancia, la sustituta de su madre muerta?

El padre de Magritte fue un tipo feroz y sinvergüenza, por resumir. Su madre, Régina, se suicidó arrojándose a un río cuando el futuro artista tenía trece años. Su cadáver apareció semanas después en las aguas con el camisón tapándole la cara y la cabeza. ¡Ahí está la clave de todo!, gritaron los intérpretes de diván. Magritte rechazó y odió siempre esta interpretación. Pero…

Sombreros, paños, rostros

Los sombreros, los paños o sábanas que cubren cabezas, los objetos que interfieren la visión de los rostros son tres constantes en la obra de Magritte. La madre era sombrerera. ¿Suficiente? El último de la clase conoce los bombines de Magritte, los hombres con bombín que pintó tantas veces Magritte —se repetía mucho, hacía variantes de los mismos motivos o ideas— hasta el punto de convertirse en su imagen más icónica, retomada mil veces por el diseño y la publicidad —en los que él mismo trabajó—, extendida a la cultura popular: hasta se dice (y está escrito y estudiado) que el aspecto de los calamitosos y simpáticos policías Hernández y Fernández, creados por el belga Hergé para sus historietas de Tintín procede de Magritte.

En la exposición no están el célebre El hijo del hombre (1964) —con una manzana verde delante de la cara— ni Golconda (1953), con la lluvia de hombres de negro y con bombín sobre la ciudad. Pero, que no cunda el pánico, hay varios cuadros de hombres con bombín en la exposición. Incluso de hombres con bombín silueteados y vaciados —como tantas veces hacía Magritte— para que, a través de ellos, se vea otra cosa, el mar, por ejemplo.

'La firma en blanco', de René Magritte.

'La firma en blanco', de René Magritte. National Gallery of Art, Washington

Una de las varias cosas buenísimas que tiene esta exposición es que, cumpliendo suficientemente con lo que el visitante conocedor espera ver, nos descubre muchas obras no previsibles, en un recorrido, además, que, como las buenas novelas y las buenas películas, va a más y a más, se va engrosando y redondeando.

Paños o sábanas, de eso también hay, cubriendo cabezas y, sobre todo, cuerpos en lo que parecen ser ferétros. Y también hay ataúdes, dos "divertidos" cuadros de ataúdes —incluso sentados y reclinados antropomórficamente— que sustituyen, en una composición de exacta imitación, a los personajes de dos muy conocidos cuadros de David y Manet, Madame Récamier y El balcón, respectivamente.

Tienen algo de homenaje, de broma macabra y de recordatorio de la fugacidad de la vida: la muerte. Magritte dijo: "Contra el pesimismo general, yo apoyo la búsqueda de la alegría y del placer". Y se nota. Pero tiene que haber de todo.

Los que no están, sin embargo, en este apartado textil son los cuadros de amantes embozados en sábanas —Los amantes (1928), mismamente—, citados por Pedro Almodóvar en una escena de Los abrazos rotos (2009).

De Chirico y la metafísica

No parece, reconozcámoslo, que la frecuente tendencia a ocultar los rostros, mediante la interferencia de un objeto, o de una máscara o de otro motivo pictórico, pueda derivarse de la visión del rostro cubierto de la madre muerta. Sea cual fuere la motivación de este recurso, el resultado es una cierta deshumanización de la figura humana, que sin duda transmite con la cara y los ojos (la mirada) lo que tiene de humana. O, si se prefiere, el resultado es una mayor extensión del espíritu, engarzado a una sensación de encierro, vacío y angustia.

Las personas sin rostro a la vista, o de espaldas, o sustituido por una explosión de luz (El principio del placer, 1937) acaban por negar el cuerpo o por producir una impresión de incomunicación o inhumana soledad. La militancia surrealista de Magritte, con sus idas y venidas —también en la amistad con los miembros del grupo y en sus relaciones con el Partido Comunista—, es un hecho, pero si a muchos de sus cuadros se les pusiera la etiqueta de metafísicos el calificativo no desentonaría.

'El principio del placer', de René Magritte.

'El principio del placer', de René Magritte. Sotheby's

Muchos surrealistas fueron seducidos y abducidos por la pintura del metafísico italiano Giorgio de Chirico (1888-1978), al que luego, sobre todo André Breton y Paul Éluard, en una de esas prácticas inquisitoriales tan propias del movimiento, darían carpetazo por considerar que se había desviado de sus principios. El cuadro de De Chirico que encendió los resortes creativos de Magritte fue La canción de amor (1914).

Con Breton, Magritte tuvo varias broncas y distanciamientos. Una vez se enfadaron, según cuenta Buñuel en sus memorias (Mi último suspiro), porque Breton, durante una cena, se puso pesadísimo censurando que Georgette llevara un colgante con una crucecita. Magritte y su esposa discutieron con Breton y se largaron.

Magritte, sin embargo, asistió a la conferencia que, con el título de ¿Qué es el surrealismo?, Breton dio en Bruselas en 1934 y luego ilustró la portada de una edición del texto leído con una primera versión de su cuadro La violación (1945), que se verá cuando la exposición viaje en febrero a CaixaForum de Barcelona.

El orden de otro mundo

Velas, manos, palabras, manzanas, huevos, bombines, pájaros, cielos, nubes, el mar, árboles, hojas, puertas, balaústres, barcos, cuadros (cuadros dentro de cuadros), cortinas, esferas, fuego, cascabeles, lunas, casas, cajas, piedras y botellas son algunos de los motivos que más se repiten en los lienzos de Magritte.

Se agrupan o coinciden, tantas veces, de forma caprichosa, cambiando sus tamaños naturales, interfiriéndose, creando escenarios imposibles de cierta teatralidad. Magritte desordena el mundo para crear un orden distinto e inesperado y a otra escala. Un orden que ya no es el del mundo que los demás vemos, sino el orden de otro mundo: el suyo.

'La alta sociedad', de René Magritte.

'La alta sociedad', de René Magritte. Fundación Telefónica

El novelista inglés Julian Barnes es también un excelente comentarista de arte. En su libro Con los ojos abiertos (Anagrama) dedica un miniensayo al pintor belga; Magritte: un pájaro en un huevo. Alude a su cuadro Las afinidades electivas (1933), en el que podemos ver un gran huevo dentro de una jaula. Los pájaros y los huevos tienen una relación, desde luego, pero da que pensar este trueque o juego de sustituciones, clave en la pintura de Magritte. En otro lienzo, La clarividencia (1936), el pintor se autorretrata pintando un pájaro sobre un lienzo que reposa en un caballete, pero su mirada se dirige hacia una mesa donde está el motivo que está pintando: un huevo.

Copio, condenso y rehago a mi modo, para calificar a Magritte, algunos de los adjetivos y juicios que Barnes despliega en su texto: controlador, inexpresivo, repetitivo, paródico, sistemático, ingenioso, provocativo, concentrado, restrictivo, frío, silencioso, aterrador, personal, imitable, poético, inquietante, conceptual, lúdico, divertido, rebuscado, literario…Si hay contradicciones en esta relación es porque las hay en la pintura de René Magritte. Así es la rosa.

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