Dice Pedro Sánchez que “España puede”. Lo dice en su conferencia titulada Recuperación. Transformación. Resiliencia, impartida esta mañana en Casa de América, en Madrid. La llamada “resiliencia” parece ser uno de los pilares fundamentales del Plan Nacional que maneja el presidente para que salgamos del boquete, parece ser una de las actitudes que tenemos que tomar frente a la crisis que nos devasta, pero es cierto que el concepto cada vez se escucha más en los mentideros, en las calles y en las reflexiones de superación de Instagram.

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Se ha puesto de moda: a menudo es una palabra usada con frivolidad, como si no se conociese bien su significado profundo -ahí todos aquellos que la emplean para hacer el juego de palabras con “resistencia”-, como si se hubiera convertido meramente en un eslógan de autoayuda. En realidad es un concepto criado en la psicología y en otras ciencias sociales y es más complejo e interesante de lo que parece.

Según el diccionario de la Real Academia Española, la resiliencia es “la capacidad de adaptación de un revivo a un agente perturbador o a un estado de situación adversos”; y, en su segunda acepción, la “capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”.

Esto es: la resiliencia es, aplicada a los españoles, nuestra inteligencia para habituarnos a un drama tan histórico como la Covid-19, nuestra lucidez para pactar con la realidad y que no nos devore, y, muy especialmente, nuestra aptitud para volver a ser los que éramos cuando pasen los peores tiempos, intentando minimizar las secuelas o directamente eliminándolas.

¿De dónde viene? 

Resiliencia viene del latín “resilio”, esto es, “volver atrás, volver de un salto, rebotar, resaltar” y en Psicología se refiere a aquellos individuos que, a pesar de experimentar situaciones estresantes o trágicas no se dejan afectar psicológicamente por ellas. El psicólogo Emmy Werner se refirió a ella en 1995 bajo tres flecos: buen desarrollo a pesar de alto riesgo social; mantenimiento de las competencias pese al estrés continuo; y recuperación después del trauma.

Cierto que no siempre se da la resiliencia en el mismo grado de intensidad, ya que Emily Hunter, en 1999, habló de la “resiliencia menos que óptima”, es decir, de ese tipo de supervivencia que incluye “tácticas violentas, comportamientos de alto riesgo y abandono social y emocional”. Se resiste, pero renunciando a los otros. 

Para la experta Suniya Luthar, la resiliencia es una “adaptación positiva pese a la adversidad”; y para el psiquiatra y psicoanalista Boris Cyrulnik se trata de “la resistencia de los materiales que se doblan sin romperse para recuperar la situación o forma original” -no tan lejos, por cierto, de ese verso de Resistiré que tanto se cantó esta pandemia: “Soy como el junco que se dobla / pero siempre sigue en pie”-.

Mejor que la resistencia

En el fondo, la resiliencia es aún más fuerte que la resistencia, porque esta última se aplica cuando recibimos los embates de una situación frustrante o demoledora, pero la resiliencia es lo que llega tras esa mencionada resistencia física y mental: la capacidad de adaptarnos al dolor durante el tiempo más duro, y, después, la capacidad de no habernos dejado calar por él y conservar la valentía, la alegría, la lucidez y el entusiasmo. Salir aprendidos. Salir más sabios.

Resilientes, por ejemplo, son los niños que superan traumas de la infancia -maltrato, abusos sexuales, un ambiente de pobreza o drogadicción-, y, aún así, al llegar a adultos no reproducen los patrones vividos ni manifiestan problemas mentales, adicciones ni conductas criminales.

Hay una idea más que puede resultar alumbradora: la resiliencia no depende ni del determinismo genético ni del determinismo social: esto es, el sujeto no se ve influenciado ni por los genes de sus padres ni por lo que mama en el ambiente, sino que tiene una fuerza propia que saca de sí mismo para sobreponerse a los terrores del mundo.