El 10 de abril de 1548, Gonzalo Pizarro, conquistador de apellido ilustre, hermano del gobernador Francisco, para entonces ya asesinado, corrió la misma suerte: su cabeza fue cercenada en el rollo del Cuzco, el corazón del desmembrado Imperio inca, y expuesta en una jaula de hierro como recordatorio del destino de futuros amotinados. ¿Su delito? Un acto de traición contra el rey y emperador Carlos V, desobedecer los designios de la Corona y provocar una gran rebelión entre los encomenderos que se prolongó durante cuatro años. Un hombre fuerte, gallardo, valiente, que se apagaba con una condena y una muerte ignominiosas.

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Así termina la conquista del Perú, sueños, aventuras, sangre, mestizaje, para el menor del clan de los Pizarro, los hijos de El Largo, nacidos en Trujillo, Extremadura, y curtidos en el Nuevo Mundo a base de guerrear y sobrevivir; y así arranca, para luego remontarse a los orígenes de la tremenda odisea y las gestas de los cuatro hermanos, El rey del Perú (España), la última novela de Juan Pedro Cosano (Jerez, 1961), que narra de forma avasalladora un episodio bastante desconocido del avance castellano por las tierras de Sudamérica y sus conflictos intestinos.

Aunque el lector aborde el libro sabiendo que es una obra de ficción, se encontrará una narración vívidamente documentada, exquisita, sobre todo en lo que atañe a la reconstrucción del mundo indígena, sus tradiciones, sus dioses, sus palacios... Cosano logra trazar con enorme precisión el ADN del mayor imperio de la América precolombina, como si él mismo fuese un cronista de Indias que describe la marcha de los conquistadores españoles por las selvas y sus batallas y alianzas con los nativos; un juego de azar guiado por actos de grandeza y alargadas sombras que se proyectan aún hoy en día.

Ilustración del siglo XVIII que representa la ejecución de Gonzalo Pizarro. Wikimedia Commons

Y lo hace metiéndose en la piel de Nayaraq, una dama inca —uno de los pocos personajes inventados de la novela— que presencia el derrumbe de su cultura por la aparición de unos hombres barbudos y blancos sobre casas flotantes y el surgimiento de una nueva, y se sumerge en un apasionado amorío con Gonzalo Pizarro. "A una novela histórica le exijo siempre verosimilitud: si me creo lo que me cuentan, voy a disfrutar la lectura. Por eso intento ser muy fiel al ámbito histórico, a cómo se vivía, cómo se pensaba, de ahí el personaje de Nayaraq, que absorbe la propia conquista, que se convierte casi más un telón de fondo", explica Cosano, autor también de El abogado de los pobres (Martínez Roca).

De las más de 600 páginas de la obra, la mitad están centradas en la civilización inca, "idealizada pero hermosa y mucho menos cruel que los aztecas", destaca el escritor, cuyo objetivo era lograr una "imagen verosímil" del mundo indígena y no solo lo firma con creces, sino que lo encaja a la perfección con una aventura militar parecida a la de Hernán Cortés y su conquista de México con un puñado de hombres. "La del Perú es muy singular porque es el único episodio de conquista en el que se producen cuatro guerras civiles entre españoles en plazo 12-14 años, lo que demuestra el cainismo de nuestra tierra", lamenta Cosano.

Gonzalo y su odisea

A poco de cumplirse cinco siglos del inicio de la conquista del Perú, la idea originaria de Juan Pedro Cosano para celebrar la efeméride consistía en elaborar una novela vertebrada en torno a la figura de la primogénita del conquistador Francisco Pizarro, Francisca, considerada la primera mestiza del Perú, al ser su madre una princesa inca. Construyó un relato de medio millar de páginas —hasta con título, La dama inca—, pero no acaba de funcionar. El jerezano escribió otra historia centrada en la misma figura aunque más corta, pero seguía sin convencerle.

A la tercera acometida, utilizó al personaje que más le apasionaba de toda la conquista del Perú: Gonzalo Pizarro, el menor de los cuatro hermanos, un joven codicioso y peleón, un guaperas impaciente que ansiaba amasar las riquezas prometidas desde que fue reclutado en Trujillo, como Hernando y Juan, por el mayor y más afamado de todos, Francisco. "Me he permitido licencias literarias sobre su personalidad, pero fue un magnífico guerrero, muy apuesto y ambicioso: quería cargos, mandar... y su ambición le lleva a querer descubrir el país de la canela, El Dorado... Tuvo que ser un personaje fascinante, que hasta pidió dispensas al papa para poder casarse con su sobrina Francisca y obtener la legitimidad para ceñir la corona", esboza el escritor.

Portada de 'El rey del Parú'. Espasa

El cronista Inca Garcilaso de la Vega lo definió tal que así: "Fue Gonzalo Pizarro gentilhombre de cuerpo, de muy buen rostro, de próspera salud, gran sufridor de trabajos, como por la historia se habrá visto. Lindo hombre de a caballo, de ambas sillas (...). Fue la mejor lanza que ha pasado al Nuevo Mundo, según conclusión de todos los que hablaban de los hombres famosos que a él han ido".

Cosano, de hecho, lo describe como "el primer rebelde de América" por ser el instigador de esa sublevación contra la Corona que pretendía hacerse con el dominio de los territorios conquistados y como venganza por el asesinado de Francisco Pizarro en 1541. Todos esos episodios y los hombres involucrados —desde Francisco de Carvajal, el más fiel de los partidarios de Gonzalo, apodado "el Demonio de los Andes", hasta Pedro de la Gasca, el "pacificador" de aquellos reinos que firmó la condena de Gonzalo— se reconstruyen en El rey del Perú de una forma vertiginosa y que atrapa. Una trágica y olvidada odisea que emerge cinco siglos después gracias a una ficción históricamente deliciosa.