Conocida como la profesión más antigua de la humanidad, la prostitución siempre ha estado presente en la sociedad —ya sea de forma regulada o ilegal—. En pleno Siglo de Oro, cuando se estableció Madrid como capital permanente del Imperio Español, la villa creció enormemente en apenas una década.

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A la ciudad llegaron variedad de personas de todos los estratos sociales con la intención de iniciar una nueva vida. Madrid creció de forma caótica y sin control urbanístico ya que el aumento demográfico era mayor de lo que las viviendas podían abarcar. En esta atmósfera se multiplicaron los burdeles de Madrid.

Ainhoa Fernández, quien escribió el informe Prostitutas en la España Moderna, explica que "el mero acceso carnal estaba penado tanto por el poder religioso como por el político, pero también dependía de las circunstancias en las que se daba". Esta pasividad legislativa comenzó desde finales de la Edad Media ya que se defendía la idea de que la prostitución evitaba que los hombres abusaran sexualmente de "mujeres decentes".

El Pardo, por Jusepe Leonardo.

De esta manera, existían mancebías donde uno podía recurrir a mantener relaciones sexuales por un precio establecido. Por su parte, las prostitutas debían ser mayores de 12 años y haber perdido la virginidad —además de no poseer ningún título nobiliario—.

Poco a poco, las presiones eclesiásticas y políticas incidieron en el asunto. Desde el reinado de Felipe III se habían llevado a cabo ciertas reformas de índole moral y cada vez eran más frecuentes las críticas por parte de los jesuitas. El argumento de sustentar la prostitución para eludir 'males mayores' no se sostenía. Además, dicho razonamiento daba a entender que el hombre era incapaz de controlar sus instintos —característica más asociada a la presunta irracionalidad de las mujeres de la época—.

Finalmente, el rey Felipe IV, quien solamente llevaba en el trono dos años, abolió la prostitución en 1623. La prohibición fue aplaudida por, entre otros, el Conde Duque de Olivares o el Presidente del Consejo de Castilla, Francisco de Contreras. Así, la nueva ley indicaba que la profesión más antigua de la humanidad era una "abominación" que solo traía consigo "escándalos" e "inquietudes".