El hispanista alemán Ludwig Pfandl definió a Felipe IV como un "Hércules para el placer e impotente para le gobierno". El rey español (1605-1665) que vio cómo España perdía las riendas de Europa ante la pujante Francia de Luis XIV, decía que "soy tan frágil que nunca saldré de los embarazos del pecado". Coleccionó amantes a raudales e incluso, según varios testimonios, trató de seducir sin resultado a la monja sor Margarita de la Cruz, del convento de San Plácido de Madrid, de cuya belleza le habían hablado.

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Pero no fue esa la monja más importante de la vida de Felipe IV, quien durante la mayor parte de su reinado confió las tareas de gobierno al conde-duque de Olivares, sino sor María de Jesús Ágreda. En sus últimos años, el monarca español se volvió más religioso y mantuvo una abultada correspondencia -más de 600 cartas- con la monja. Las misivas, que se sucedieron hasta la muerte de la religiosa unos meses antes que la del rey, han sido estudiadas como una fuente historiográfica excepcional para conocer los entresijos de la política española del siglo XVII y de la corona.

En ellas, María de Ágreda aconseja a Felipe IV sobre los asuntos sociales que afectaban a España, sumida en una crisis financiera y militar. "Ésta le da consejo de cómo administrar las finanzas, dónde colocar los efectivos [durante las batallas], cómo evitar levantamientos y qué hacer con los validos", escribe el investigador José R. Vilahomat en Sor María de Jesús Ágreda: La autoridad de la fe. "(...) el Rey asume la posición del aconsejado, del dirigido, guardando respeto a los consejos que le vienen de Ágreda".

Por ejemplo, en una de las primeras cartas fechada el 4 de octubre de 1643 -la correspondencia duró 22 años- el rey muestra sus inquietudes sobre los asuntos de guerra de la marina española, la guerra con Portugal y el estado de Flandes. "Las cosas de Flandes están en gran aprieto y riesgo de una sublevación”, escribe, y pregunta a la monja la decisión a tomar, una muestra de la fe total que tiene en ella.

La respuesta de María de Ágreda fue: "El desacreditar a unos para introducir a otros, no lo apruebo ni lo abono... si no es que las personas que han hablado a V. M. quieran decir que algunos asisten muy cerca, que los juzgan por oficiosos e inútiles para el gobierno, porque es diferente la virtud esencial de cada uno, a la ciencia y sabiduría para gobernar; y podrían asistir otros que, por más talento y capacidad, vengan a ser de más provecho". La sabiduría de la considerada por algunos como una de las figuras espirituales más importantes del Barroco.

Felipe IV murió a los sesenta años, "más gastado de vicios y de labores", como señala Juan Eslava Galán en su libro La familia del Prado, "muy consoldao por la religión y compartiendo casto lecho con la amojamada momia de san Isidro que sus capellanes le habían metido en la cama a ver si le devolvía la salud".