Màxim Huerta, durante la comparecencia en la que anunció su dimisión.

Màxim Huerta, durante la comparecencia en la que anunció su dimisión. Efe

CULTURA

Los creadores no defraudan; los ministros, tampoco

La elegancia de Màxim Huerta al dimitir en menos de doce horas es intachable. El Gobierno de la regeneración ha quedado a salvo y reforzado con la marcha del ministro de Cultura y Deporte. El propio Huerta lo reconocía en la rueda de prensa de su inmolación: se va para no desangrar el proyecto de Pedro Sánchez. Llegó ilusionado, la cultura estaba ilusionada con él y en menos de una semana se marcha tras ser conocida la sentencia de Hacienda por negligencia y ánimo de defraudar.

El periodista y escritor, sin embargo, deja un lamparón en “la profesión” al asegurar que ha hecho lo mismo que “tantos y tantos creadores” han hecho. “Era lo común en la profesión”. Y lo ha dicho en dos ocasiones, repitiéndolo para subrayar que esto es así, que los creadores montan su SL para crear sociedades cuya exclusiva finalidad era obtener ilícitamente una menor tributación de las rentas, sociedades pantalla para simular prestación de servicios profesionales a uno mismo.

No, la cultura no son Sociedades Limitadas para desgravarse. La cultura son creadores que no tienen garantizado el trabajo por la intermitencia propia de su oficio, sin derecho a la prestación por desempleo, sin opción a la jubilación o una jubilación que obliga al silencio creativo (para no defraudar por cobrar pensión y publicar libros). Los creadores no son estafadores, sino trabajadores con una fiscalidad inapropiada, sin estar reconocidos en ningún epígrafe de Hacienda, sin tener derecho a la representatividad sindical.

La mayoría de los artistas plásticos declaran percibir ingresos por debajo del salario mínimo interprofesional (707 euros) y menos del 15% puede vivir del arte, de sus creaciones, de su oficio. El resto debe combinarlo con trabajos que les dan de comer. Al 85% de los artistas plásticos de este país el arte sólo les alimenta. Precisamente, él, Màxim Huerta, llegaba ilusionado para que todo eso cambiara, para que el artista fuera valorado como se merece, para que sea visto de una vez como fuente de riqueza, como un patrimonio a proteger, a los artistas jóvenes y a los mayores.

Amar a la cultura es protegerla, es reivindicarla, es asumir las responsabilidades sin encender la luz de la sombra sobre el resto de los más de medio millón de trabajadores culturales que están en activo en este país. No, los creadores no defraudan, trabajan para llegar a fin de mes como pueden, tratan de sobrevivir a las duras condiciones que un país como este les arrastra por no considerarles “patrimonio”. Por eso este jueves se presenta en el Congreso de los Diputados el embrión del Estatuto del Artista, para conseguir que salgan a la luz con sus derechos y obligaciones. Para defender aquello a lo que amas hay que dar un paso atrás si se demuestra que no eres la persona idónea y en eso también ha sido único Màxim Huerta, el ministro más breve de la democracia y un ciudadano al que respetar por su marcha.

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