La actriz Verónica Forqué junto al que fue su marido, Manuel Iborra, en una imagen de archivo.

La actriz Verónica Forqué junto al que fue su marido, Manuel Iborra, en una imagen de archivo.

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El día que Manuel, exmarido de Verónica Forqué, intentó volver con la actriz tras su extraño divorcio: su papel de protector

Según confirma EL ESPAÑOL, el director de cine está "muy orgulloso" de su hija, María Iborra, y la animó a escribir la obra 'No soy Verónica Forqué'.

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1982 fue un año clave en la carrera de Verónica Forqué, pero, sobre todo, en su vida personal y sentimental: se volvió a cruzar en su camino el cineasta Manolo -Manuel- Iborra. Él llegó para quedarse, y de qué manera. La citó para un pase de una película y después vino el amor.

Fue Manuel, sin género de duda, el gran amor en el calendario afectivo de la Forqué. La suya fue una historia de amor que floreció lentamente; él comenzó un proceso de conquista tan tenaz como efectivo.

Tardaron en descifrar eso tan complejo como los sentimientos y después ya no se separaron en 30 años. "Mi madre me contó alguna vez que le gustó -y mucho- desde el primer día que lo vio", cuenta María Iborra (36 años) en la obra, No soy Verónica Forqué.

Manuel vivía entonces en Barcelona, pero el amor lo terminó trasladando a Madrid. "Acabaron viviendo juntos y compartiendo sus vidas durante más de 30 años, que se dice pronto. Y compartieron también el trabajo y la pasión por el cine y el teatro, por el arte de contar historias".

Verónica Forqué, en un acto público.

Verónica Forqué, en un acto público. Gtres

"Cuando se conocieron mi madre ya tenía una carrera de cierta importancia (para su juventud) mientras que mi padre, por aquel entonces, solo había filmado un cortometraje", sitúa Iborra hija en el libro. Manuel fue, más allá de pareja y marido, amigo, confidente y protector.

Pocas personas consiguieron conocer tan bien, y tan en profundidad, las luces y las sombras de Verónica Forqué, ese ángel y ese demonio, de los que habla María en la obra, como Manuel Iborra. Él fue sostén. Fueron Manuel y Vero la envidia nacional, pero no todo fue miel sobre hojuelas.

Ambos fueron apasionados y pasionales, también para las broncas. Las "peleas, reconciliaciones, perdones, encajes, claudicaciones" eran habituales, narra María Iborra. "Mis padres no podían ser más distintos, pero se atraían como dos imanes".

"Había otra cosa que los diferenciaba. Mi padre rehuía el compromiso. No se veía a sí mismo como un hombre comprometido, con familia y esos rollos. Pero, claro, una cosa son los planes que tienes en la cabeza y otra muy distinta lo que acaba sucediendo", abunda.

Vinieron años de realización personal. Verónica brillaba; transitaba por el mejor momento de su existencia. Era feliz, todo parecía venir rodado. Tenía un hombre que la amaba sin límite, después vino la niña -María-, ese deseo de ser madre que siempre buscó la Forqué.

Manuel Iborra Martínez junto a su hija, María, en una imagen de archivo fechada en 2014.

Manuel Iborra Martínez junto a su hija, María, en una imagen de archivo fechada en 2014. Gtres

Hubo varios intentos, hasta que lo consiguió: qué plenitud sentía Verónica. Ella siempre se preguntaba, dice su hija, por el sentido de la vida, qué hacemos aquí y a qué hemos venido. El tiempo pasó y llegó el año que fue el principio del fin, el punto de inflexión: 2014.

El 31 de diciembre de 2014 Verónica Forqué recibe la peor de las noticias, el mazazo más salvaje de su vida: su hermano, su único hermano, Álvaro, al que estaba unidísima, había fallecido. "Se acostó en el sofá, se fumó un porro y se murió", contó tiempo después la Forqué.

La depresión -esa maldita compañera de vida- llegó a la vida de Verónica. "Apenas se recuperó de la depresión tomó una decisión drástica: después de más de treinta años de amor y convivencia, dejó a mi padre", relata María en el capítulo 49, titulado Un antes y un después.

"Fue, prácticamente, de un día para otro. Mi padre no se lo podía esperar; le pilló totalmente por sorpresa. Los últimos meses mi padre los había pasado cuidándola, mimándola, desviviéndose por ella. Para mí fue uno de los momentos más tristes que he vivido nunca", expone María.

Nadie entendió aquello. "Para mí fue un momento triste, muy triste; uno de los momentos más tristes que he vivido nunca, y en alguna ocasión llegó a decirme 'ojalá estuviera aquí papá'. Considero, pues, que fue una decisión errónea, tomada desde la fragilidad".

La portada del libro 'No soy Verónica Forqué'.

La portada del libro 'No soy Verónica Forqué'.

"El caso es que, después de la muerte de Álvaro, mi madre se sentía muy vulnerable. Tiempo atrás mi padre me había comentado: 'Mamá no está bien, está haciendo cosas raras'. Una manifestación de que ella ya no estaba totalmente equilibrada", apostilla la hija de la actriz.

"También creo que, en buena medida, la influencia de su psicoanalista pesó en la balanza. Pero el amor, entre ellos, no se acabó jamás. Sea como sea, la separación de mi padre y la muerte de Álvaro supusieron un antes y un después".

Ahí, en ese tiempo, Vero empezó a fumar. "Empezó a fumar marihuana; ella decía que, cuando fumaba, le parecía conectarse con su hermano". Cuando Verónica cumplió 60 años, su exmarido intentó reconciliarse, reconquistarla, volver.

"En su sesenta cumpleaños mi padre le envió sesenta rosas, lo que podría interpretarse como una propuesta de reconciliación, a la que mi madre hizo caso omiso. Después de eso, no la volvió a llamar ni a escribir".

"Mi madre hubiera querido volver con él, de eso estoy convencida, quizá no inmediatamente pero sí al cabo de dos o tres años. Sí, yo creo que ella, en el fondo, estaba arrepentida, muy arrepentida, de haberse separado. Si mi padre hubiera vuelto habría estado encantada".

"Pero había sido ella quien lo había dejado". Dice María Iborra que su madre se daba cuenta ya entonces de que no podía estar sola. "Necesitaba una pareja a su lado", asevera. "Al desaparecer mi padre de la ecuación, es cuando -poco a poco- su vida empezó a deshilacharse".

"(...) Perdió el centro. A ella la relación con mi padre la hacía tomar tierra: para ella era un ancla, un punto de sujeción, el tapón que impide que el champán se derrame. Lo necesitaba. Él estaba atento y la cuidaba. Ella tenía la sensación de que, por sí misma, no se sabía gestionar".

Verónica, en una instantánea de hace unos años.

Verónica, en una instantánea de hace unos años. Gtres

Después, pasó el tiempo, siempre inexorable. Y llegó 2021 y el deceso de Verónica. "Escribí un mensaje a mi padre, y le dije que mamá se había matado. Él me llamó a los pocos minutos y tuvimos una conversación, entre lágrimas, de cuánto la queríamos".

"Él, completamente roto, me dijo que, si no se hubiera ido, nada de eso habría pasado. Y es verdad, papá", remacha María. Hoy, Manuel vive apartado de la primera línea mediática y nunca quiso hablar. Así sigue al día de hoy: centrado en su profesión.

En otro renglón, la obra No soy Verónica Forqué acontece en un buen momento profesional para Manuel Iborra. La publicación llega al mismo tiempo que la presentación de Ramblas, el nuevo proyecto de Manuel Iborra codirigido junto a Joan Estrada.

El documental, exhibido dentro del ciclo La memoria secuestrada en la sala Berlanga de Matadero Madrid, se adentra en la efervescencia cultural de la Barcelona de la posdictadura.

A lo largo de tres episodios, proyectados entre el 28 de abril y el 2 de mayo, desfilan figuras como Jaume Sisa, Javier Mariscal o Loles León, mientras se reconstruye una ciudad cuyo pulso dependía en gran medida del tejido vecinal que mantenía vivos los barrios.

"Se acabó y se acabó"

Verónica Forqué.

Verónica Forqué. Gtres

Tras el divorcio, Verónica habló de su nueva situación civil: "Yo tuve una depresión muy grande, porque había estado muchos años viviendo en pareja y, además, tenemos una hija maravillosa. Pero dejé de quererle. Se acabó y se acabó".

Y añadió: "Cuando me di cuenta de que no lo amaba se me vino el mundo encima. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo lo iba a decir? Mi vida, mi hija..." Según contó a EL ESPAÑOL en 2021 una persona cercana a la celebérrima actriz, a raíz del divorcio estuvieron años sin hablarse.

"Vero era una mujer muy tradicional para sus cosas y verse que no estaba enamorada fue un golpe duro en vez de una liberación", se apuntó. Manuel siempre ha estado en su línea, la de la discreción. De hecho, hoy su hija confirma que no acudió al tanatorio a despedir a Vero.

EL ESPAÑOL confirma que Manuel es feliz en su anonimato, que no quiere saber nada del papel couché. Eso sí, está "muy orgulloso" de su hija y la apoya en su aventura literaria.