Ava Gardner junto a Frank Sinatra. Imagen extraída de avagardnerdaily.
El mítico Café de Gijón reabre sus puertas: el templo literario que fue testigo de las noches de Orson Welles y Ava Gardner
Grupo Capuccino es el nuevo propietario del local fundado en 1888, convertido en un icono de la vida literaria, política y social madrileña.
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El Café de Gijón vuelve a encender sus lámparas y a alfombrar sus suelos en el Paseo de Recoletos de Madrid. Reabre sus puertas y, con ellas, enciende e ilumina también una parte esencial de la memoria sentimental de Madrid. Sus muros rezuman historia, vida y anécdotas.
Después de una reforma que ha mantenido en vilo a nostálgicos y escritores, este templo de más de 130 años de historia reabre sus puertas en el paseo de Recoletos, dispuesto a seguir haciendo lo que mejor sabe: mezclar café con tertulia y punto de encuentro.
Porque el Gijón nunca ha sido solo un local: ha sido un escenario. Un teatro sin telón donde, en lugar de butacas, hay mesas de mármol; y donde el público y los protagonistas se confunden.
Fachada del emblemático Café de Gijón. Gtres
Allí se han sentado desde premios Nobel hasta estrellas de Hollywood, pasando por políticos, directores de cine y jóvenes aspirantes a genio que soñaban con que, algún día, su nombre se pronunciara en voz alta en aquellas tertulias temidas y deseadas a partes iguales.
El Gran Café de Gijón abrió en 1888, cuando Madrid aún se pensaba a caballo entre la ciudad decimonónica y la capital moderna que quería ser.
En sus primeros años fue, sencillamente, un café elegante de paseo: mesas cómodas, columnas, espejos, camareros de uniforme y un trasiego constante de señoritos, comerciantes y viajeros de la cercana Castellana.
Nada hacía presagiar entonces el aura mítica que acabaría acumulando. El giro llegó con los escritores. A principios del siglo XX empiezan a aparecer por allí nombres como Valle-Inclán o Pérez Galdós, que se sientan, observan, escriben, discuten.
Umbral con José Caballero Bonald.
Más tarde, ya en la posguerra, el Gijón se convierte en refugio para una generación entera de intelectuales que buscaban café, calor y conversación en una España gris.
La mesa del fondo, la de la cristalera, la de la puerta… cada una tiene sus dueños y sus jerarquías. No hay revista cultural que importe tanto como la opinión de quienes se sientan noche tras noche a diseccionar obras, reputaciones y políticas.
Por allí pasan, a lo largo de las décadas, Camilo José Cela, Francisco Umbral, Fernando Fernán Gómez, Ana María Matute, Carmen Laforet, Antonio Buero Vallejo, Jaime Gil de Biedma, Juan Benet, Rosa Chacel.
Un listado que podría llenar por sí solo varias estanterías de cualquier biblioteca. No todos van al mismo tiempo, no todos coinciden, pero todos comparten algo: la conciencia de que el Gijón no es neutral.
Lo que se dice en sus mesas circula luego por redacciones, editoriales y ministerios. La pasarela de los famosos españoles Si uno se sentaba en el Gijón cualquier tarde de los años 50, 60 o 70, era casi imposible no cruzarse con algún rostro conocido.
A una hora, la mesa de los cómicos: Fernán Gómez, José Sacristán (88), María Asquerino, incluso Lola Flores alguna noche de desvelo, cuando la Faraona cruzaba Recoletos después de una cena larga y decidía terminarla con café y copa.
A otra, los periodistas: los de ABC, los de Pueblo, los de Triunfo, midiéndose el pulso en ironías y exclusivas a medio contar.
Imagen del salón del Café de Gijón. Image: Madrid canalla
También era habitual encontrar a políticos en la sombra, ministros discretos, opositores discretos y diplomáticos que sabían que, en el Gijón, se escuchaba mucho y se apuntaba más.
Muchos preferían las mesas del fondo, casi pegadas a los servicios, para hablar sin ser vistos. Otros, en cambio, buscaban la visibilidad del ventanal.
Quien se dejaba ver allí quería que se supiera que mandaba algo, aunque fuese solo en el mundo de la cultura. En los años 80 y 90, con la Movida ya avanzada, el café se reinventa sin perder sus formas clásicas.
Siguen entrando señores con gabardina y periódico bajo el brazo, pero también músicos, cineastas jóvenes, guionistas de televisión y nuevas generaciones de escritores que se estrenan en editoriales independientes.
Álex de la Iglesia (60), Pedro Almodóvar (76), Emma Suárez (61), Imanol Arias (69), Verónica Forqué… muchos de ellos también lo pisaron alguna vez.
Y llegó Hollywood
Pero si algo alimenta el mito internacional del Café de Gijón es la lista de estrellas extranjeras que han pasado por sus salones.
A mediados del siglo XX, con los rodajes de superproducciones en España y la moda de Hollywood por vivir Madrid de madrugada, el Gijón se convierte en parada casi obligada de actores y directores de paso.
Ava Gardner.
Orson Welles, enamorado confeso de España, se sienta más de una vez en sus mesas. Le gustaba tanto la conversación como el brandy, y el Gijón le ofrecía ambas cosas en abundancia.
Quienes coincidieron con él recuerdan su volumen -de cuerpo, de voz, de presencia- y su capacidad para monopolizar la atención de toda la sala sin necesidad de cuerda floja ni foco.
Bastaba su sombra cruzando la puerta para que algún camarero murmurara: "Ya está aquí el americano". Ava Gardner, la mujer que convirtió las noches madrileñas en leyenda, también dejó su rastro entre aquellas columnas.
Aunque su cuartel general fue el barrio de La Castellana y los bares de la zona de Recoletos y Gran Vía, hay crónicas que la sitúan en el Gijón, rodeada de amigos, músicos de flamenco, toreros y periodistas, pidiendo whisky mientras fumaba sin descanso.
Se dice que podía pasar de las risas estruendosas al silencio más melancólico en cuestión de minutos. Y el café, que lo ha visto todo, guardó aquellas escenas como parte de su colección privada.
Truman Capote, de paso por Madrid, también habría cruzado su puerta. El escritor, siempre atento a los escenarios donde se despliega la alta y la baja sociedad, encontró en el Gijón un resumen perfecto de la ciudad.
Ava Gardner.
No solo los nombres grandes alimentan la leyenda del café. El Gijón está hecho, sobre todo, de historias pequeñas. De ese actor desconocido que un día firma su primer contrato sobre uno de sus mármoles. Del poeta que corrige el último verso de un libro mientras apura un cortado.
Del periodista que recibe en una servilleta el chivatazo que acabaría en portada. De la pareja que se conoce en una mesa compartida y años después vuelve con sus hijos para enseñarles dónde empezó todo.
Hay también anécdotas repetidas hasta la saciedad en voz baja. La vez que un camarero expulsó con discreción a un famoso borracho antes de que lo viera la prensa.
La bronca monumental entre dos escritores que pasó de la crítica literaria al insulto personal en cuestión de segundos. El productor que prometió a un joven director financiarle la película y luego se desdijo, dando lugar a una novela de venganza encubierta.
El periodista al que le negaron la palabra en una tertulia y acabó, años después, dirigiendo el periódico que todos leían allí. Cada generación ha reescrito su propio catálogo de historias.
Imagen actual del Café de Gijón, tras su reforma. Gtres
Los más veteranos hablan de los tiempos de humo espeso, cafés infinitos y discusiones de filosofía y política. Los de los 80 rememoran los días en que la Movida se colaba por las mesas, con pelos de colores y gafas de sol a cualquier hora.
La reapertura
Ahora, el Café de Gijón reabre tras una reforma necesaria para adaptarse a los tiempos sin traicionar su esencia. Los espejos siguen ahí. La madera oscura, también. Las mesas de mármol y las lámparas de luz cálida continúan marcando ese tono de salón atemporal.
Ha cambiado el brillo de los cromados, ha mejorado la cocina, se ha modernizado la maquinaria de café. Pero uno entra y sigue reconociendo el alma del lugar.
La gran incógnita es qué tipo de historias generará esta nueva etapa. Hoy vuelve a encender sus luces para continuar sumando anécdotas, noches, vida. De todo eso, el Gijón siempre ha ido sobrado.