Iñaki Urdangarin junto a la infanta Cristina y sus hijos en una fotografía de 2013.

Iñaki Urdangarin junto a la infanta Cristina y sus hijos en una fotografía de 2013. Gtres

Famosos 'TODO LO VIVIDO'

"Llevad la cabeza alta y no dejéis de hacer vuestra vida": el día que Iñaki Urdangarin se despidió de sus hijos antes de ir a prisión

Cuenta el exduque en 'Todo lo vivido' que su abogado le comunicó la sentencia en plena celebración de cumpleaños de la infanta Cristina.

Más información: Celda de 8 m², 10 llamadas por semana, vis a vis y el día que quiso "desaparecer": Urdangarin revive su infierno en la cárcel

Publicada

El capítulo 9 de Todo lo vivido. Triunfos, derrotas y aprendizajes, el libro de Iñaki Urdangarin (58 años), puede ser, junto con aquel en el que narra su aciaga estancia en prisión, el más duro. Por todo lo que conllevó su sentencia. Lo más destacado: lidiar con el dolor de una familia.

Explica Iñaki que no hay palabras para explicar a tus hijos que su padre debe ingresar en prisión. Desde el día que se dictó la sentencia hasta su entrada en la cárcel de Brieva pasaron sólo cinco días. 120 frenéticas horas en las que el exduque tuvo que poner en orden su vida.

Organizar, hablar con la familia, aconsejar qué hacer a partir de ahora sin su presencia. El capítulo, titulado Un doble castigo, comienza con dos frases rotundas: "El día en el que me fue comunicada la sentencia yo estaba en Ginebra, comiendo con Cristina. Era su cumpleaños".

"Quiero pensar que solo fue una triste casualidad", reflexiona el exduque. En el almuerzo, sonó el teléfono y era su abogado, Mario Pascual: el Tribunal Supremo ya había tomado su decisión. Ya no había hueco para la esperanza, todo se derrumbó.

Iñaki, Cristina y tres de sus hijos en Ginebra, en 2013.

Iñaki, Cristina y tres de sus hijos en Ginebra, en 2013. Gtres

Narra Iñaki que ya no servía de nada hacerle ver al mundo que en su ánimo no estaba "delinquir". De nada habían servido, sigue explicando, "siete años dedicados a deshacer malentendidos, desmontar prejuicios, darle la vuelta a esa imagen construida mediáticamente".

Cinco años y diez meses de cárcel cayeron sobre el exbalonmanista como un "jarro de agua fría". El letrado de Urdangarin le vino a decir en aquellas 120 horas que iban a seguir luchando pese al ingreso en prisión, que se iba a pensar en "estrategias".

"Hubo reuniones muy duras con él en prisión. Yo no entendía por qué se alargaba, por qué nada de lo que intentábamos salía", rememora. Eso sí, de todo, el factor familiar fue el más doloroso para él. Ese cumpleaños de la Infanta en que se le llamó fue "el más triste" de su vida.

Querían para él, aduce, una condena "ejemplar". Habla que esos cinco últimos días de libertad pasaron volando. "Me dieron cinco días. Solo cinco días para asimilar que mi vida se había volatilizado, reorganizarme como pudiera y despedirme de los míos", se puede leer en el libro.

La portada del libro de Iñaki Urdangarin.

La portada del libro de Iñaki Urdangarin.

Los exduques de Palma, en esos días, tenían a dos de sus hijos en Rusia, de vacaciones tras concluir el colegio, y los hicieron venir de urgencia.

"Los otros dos estaban con nosotros en Ginebra. Así que lo primero fue reunirnos todos. Una especie de pequeño cuartel general, donde empezar a preparar lo que se acercaba", sigue narrando el exjugador de balonmano.

Abunda en la idea: "Lo prioritario era organizar la familia, y esa necesidad imperiosa fue lo que me mantuvo entero aquellos días. Proteger el proyecto familiar. Asegurarme de que todo estaba en orden". Iñaki escribe que él pensaba que su ausencia sólo sería de meses.

De pocos meses. "Nuestra casa en Ginebra se llenó de prensa en cuestión de horas. Así que unos amigos nos ofrecieron quedarnos en la suya, en las afueras. Aceptamos inmensamente agradecidos y nos refugiamos allí", recuerda Urdangarin.

En esa casa ajena la familia, unida, se sintió en piña, fuerte y más unida que nunca. "omo un equipo repasando la jugada antes de salir a la cancha", describe el exduque aquella escena. En esos días, a la familia se unieron, amén de su abogado, amigos con los que lloraron.

Iñaki vuelca sobre el papel cómo se organizó con Cristina, con la que compartió "asuntos prácticos" que él llevaba a cabo en su día a día y que ahora, tras la sentencia, debía retomar ella. Pero, ante todo, se coordinaron "para preparar a nuestros hijos".

"No nos hizo falta entrar en demasiadas explicaciones sobre el porqué de mi ingreso. No eran niños pequeños. Ya sabían todo lo que tenían que saber", dice Iñaki, y agrega: "Habíamos hablado de ello muchas veces. Sabían quién era su padre y sabían también lo que estaba ocurriendo".

Urdangarin les transmitió que podían estar tranquilos y "orgullosos", porque se había "peleado hasta el final". También, sostiene Iñaki, dentro de aquella "locura", hubo tiempo para la broma.

"'Pensemos que papá se va a trabajar a una plataforma petrolífera en Nueva Zelanda. No estará aquí, pero sí que estará pendiente'", dijo a sus hijos.

"'Llamaré, os escribiré… Y me podréis visitar. ¡Mucho más que si estuviera en una plataforma petrolífera, en realidad!', bromeé. Cada sonrisa que conseguía arrancarles valía un tesoro para mí".

En ese punto del relato, el hoy coach relata que tanto él como la infanta Cristina "Les insistimos en lo esencial: 'No dejéis de hacer vuestra vida. Vuestros planes, vuestros estudios, vuestras ilusiones. El proyecto familiar sigue. Esto es solo un capítulo. Y mi vuelta llegará antes de lo que pensáis'".

Iñaki, la infanta Cristina y algunos de sus hijos, paseando por Vitoria en 2019.

Iñaki, la infanta Cristina y algunos de sus hijos, paseando por Vitoria en 2019. Gtres

"Y les pedí algo más, algo que repetí muchas veces durante aquellos días, como si fuera un mantra: 'Si todo lo que está fuera está bien yo estaré bien'. (...) Les pedimos que fueran transparentes. 'Lo que os pase, contádnoslo. Que no se quede nada dentro'".

"'Las redes sociales, los rumores, la prensa… dirán muchas cosas, posiblemente dolorosas. Compartidlo con nosotros. Preguntadnos lo que queráis. No os lo guardéis'.

Por último: "Les dijimos: 'Llevad la cabeza alta, seguid el camino trazado'. Y poco más se podía decir. El resto fue abrazar, intentar memorizar cada rasgo de sus caras, cada gesto típico, cada caricia. Prometerles que todo iría bien. Que todo pasaría. Que estaríamos bien".