Las murallas y torres del Cerco de Artajona

Las murallas y torres del Cerco de Artajona iStock

Corazón

Parece Toulouse, pero es España: casas medievales, muralla del siglo XI y galerías de piedra

Su iglesia guarda una singularidad en el tejado al derivar el agua hacia el interior del edificio.

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Artajona es uno de esos lugares que parecen detenidos en el tiempo. Situada en el corazón de Navarra, esta villa conserva una de las estampas medievales más singulares de España gracias a su cerro amurallado y a su casco histórico.

No es solo un bonito pueblo, sino un pequeño escenario histórico donde la piedra parece hablar, la muralla envuelve como un anillo protector y la sombra de la Edad Media se alarga en las casas empinadas.

De apenas 1.600 habitantes, reúne, en un radio muy reducido, una sorprendente concentración de monumentos, curiosidades y tradiciones que la convierten en uno de los recintos más evocadores del norte de España.

Las murallas y torres del Cerco de Artajona, siglo XII, fortaleza medieval sobre el pueblo de Artajona, Navarra

Las murallas y torres del Cerco de Artajona, siglo XII, fortaleza medieval sobre el pueblo de Artajona, Navarra iStock

Su gran atractivo, el llamado Cerco, no es una simple muralla, sino casi una ciudad-fortaleza en miniatura, un anillo de piedra que envuelve casas, iglesias y memoria.

El lugar donde hoy se levanta Artajona ya fue importante en la prehistoria. En los alrededores del pueblo se conservan dos dólmenes: el de Portillo de Enériz y el de La Mina, que datan del tercer milenio antes de Cristo.

Se trata de la huella que dejaban los primeros habitantes a través de piedras colocadas con ingenio y precisión. Más tarde, en época romana, el entorno alojó un pequeño asentamiento cuyos restos, mosaicos, piezas de cerámica y estructuras se conservan hoy en museos de Pamplona.

Con la Edad Media, el cerro de Artajona se convirtió en un lugar estratégico. En el siglo XII, el obispo de Pamplona, donó el pueblo a una comunidad de canónigos de la catedral de San Saturnino de Toulouse, en Francia. Esto explica que la arquitectura de este pueblo tenga un aire "occitano".

Las torres de piedra, sus muros recios y la forma de construir hace que sus edificaciones se parezcan más a los pueblos del sur de Francia que a las fortificaciones castellanas.

Como decimos, su gran símbolo es su muralla del siglo XI que envuelve el casco antiguo. Con unos 700 metros de perímetro, este anillo de piedra es el más completo de Navarra.

Aunque se ha restaurado en parte, el visitante percibe enseguida que la muralla no es un decorado turístico , sino la estructura que organizó la vida del pueblo durante siglos.

Originalmente, contaba con unas 17 torres, de las que se conservan nueve todavía. Y, entre las puertas más relevantes, destacan la de San Miguel y la de Remagua, que permitían entrar y salir del recinto defendido hacia el casco urbano y el valle.

Murallas y torres del Cerco de Artajona

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En su interior, destaca la iglesia-fortaleza de San Saturnino. Su construcción, que se remonta al siglo XIII, se superpone a los restos de un templo románico.

Su gran singularidad está en su tejado. El agua de la lluvia no se desliza hacia el exterior, sino que se recoge sobre el interior del edificio y se dirige a un aljibe subterráneo, convirtiendo la iglesia en una cisterna sagrada.

Iglesia-fortaleza de San Saturnino en Artajona

Iglesia-fortaleza de San Saturnino en Artajona iStock

Si bajas del cerco, te encontrarás con el casco histórico: calles estrechas, casas blasonadas y balcones, elemento principal de la estética.

Fuera del cerco, a unos 500 metros, se erige la basílica de Nuestra Señora de Jerusalén, que domina el acceso al valle.

Aunque Artajona recuerde al sur de Francia, el pueblo no renuncia a su identidad navarra. La vida cotidiana, la forma de habitar las calles y la forma de celebrar las fiestas son plenamente de la tierra de Navarra.