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Hay decisiones empresariales que se celebran por lo que consiguen y otras que deberían celebrarse incluso más por los daños que evitan.

Luis Cuesta, experto en marketing y dueño de una panadería que, además, divulga sobre emprendimiento en su canal de YouTubeSpiga Divulga, acaba de contar una de las segundas.

Porque, a veces, tirar del freno de mano en un proyecto que ya lo tiene absolutamente todo listo para salir es la decisión más inteligente para evitar un desastre.

Cuesta regenta junto a su mujer, la pastelera y panadera Maite García, la micropanadería Spiga, un obrador artesanal instalado en Utrera (Sevilla) que estos dos barceloneses levantaron con una idea fija en la cabeza: producir pan de calidad sin sacrificar la calidad de vida.

Menos de 30 horas semanales de producción, masa madre, largas fermentaciones y una presencia en redes donde Luis divulga sobre todo lo que tiene que ver con el negocio. Un equilibrio que, según explica, estuvo a punto de romperse.

Contratar personal en condiciones dignas

El origen del problema le resultará familiar a cualquier pequeño empresario. Tras el nacimiento de su tercera hija, Julia, Maite paró para cuidarla y el obrador incorporó a Bárbara, una profesional que lleva más de un año con ellos y de quien Luis habla maravillas.

El problema llegó cuando su contrato estaba a punto de terminarse. No querían que se fuese y mantenerla a jornada completa, con su sueldo, sus seguros sociales y toda la estructura que implica, exigía generar ingresos adicionales.

Pero debía poder hacerse sin abrir un local en el centro ni multiplicar horas y personal. "La filosofía de Spiga nunca ha sido escalar el modelo a costa de la calidad de vida", aclara Luis.

De esa búsqueda nació Dulcea, una marca de cookies de masa madre con sabores sofisticados pensadas para un público adulto.

Luis había hecho un análisis de mercado, veía la ola de las galletas en redes y decidió subirse a ella.

Y aquí llega la parte dolorosa de la historia. Se pusieron manos a la obra y no se quedaron a medias. Montaron la web y toda la infraestructura necesaria para la venta online; registraron la marca; diseñaron la estrategia de marketing completa; compraron un congelador de 600 litros solo para las galletas…

Encargaron hasta un packaging totalmente personalizado; tramitaron hasta la etiqueta nutricional de cada cookie y cerraron acuerdos de mensajería. El modelo de negocio entero, montado y listo para arrancar. Las facturas sumaron entre 6.000 y 8.000 euros.

La dura realidad

El giro llegó a falta de pocas semanas para el lanzamiento, cuando ya habían hecho un prelanzamiento con un grupo reducido para recoger feedback.

Empezaron a llegarle noticias de cierres de muchos negocios del sector de las cookies. Volvió a estudiar el mercado con más profundidad y vio otra cara, ya no crecía, estaba tocando techo.

En su opinión, estaba camino de quedar en moda pasajera, como en su día las smash burger o las tartas de queso virales. "Hay negocios que se crean alrededor de modas", advierte, para recordar acto seguido que solo sobreviven los que tienen "el modelo de negocio bien planteado, saneado y con un margen real".

Con todo montado, tomó la decisión más difícil: pararlo. Muchos podrían pensar que si ya está invertido el dinero, no se perdería nada con lanzarlo, pero ahí es donde manda la voz de la experiencia.

"Si tú sabes que un modelo de negocio no va a ser rentable a la larga, no tiene sentido alimentarlo, es decir, alimentar un barco que se va a ir a la deriva", sentencia.

Es lo que los expertos llaman coste de oportunidad. Para Luis, esos 6.000 u 8.000 euros pesan menos que lo verdaderamente valioso.

"Perder 6, 7, 8 mil euros no es nada comparado con lo que puede generar perder lo más valioso, que para mí es tiempo, esfuerzo, pero sobre todo foco", sostiene.

Reconocer el error

Luis, que en cada uno de sus vídeos insiste en que antes de gastar un euro hay que validar y estudiar el mercado, admite haber caído en "el error número uno del novato" que es decidir desde lo emocional y no desde lo estratégico.

La urgencia por encontrar una solución rápida para que Bárbara pudiera quedarse le nubló el análisis frío. "Lo importante es darse cuenta cuanto antes y tener la valentía de parar a tiempo", zanja.

La historia tiene, además, una anécdota que encierra otra reflexión. Fue su hijo Pablo, de 11 años, quien le mostró una posible alternativa al contarle que su momento favorito era sacar una bola de masa del congelador a las once de la noche y hornearla en la airfryer en un cuarto de hora.

De ahí surgió la posibilidad de vender cookies artesanales envasadas y congeladas para hornear en casa. El problema es que abastecer a las grandes cadenas exigía volúmenes mínimos imposibles para un obrador artesanal, pagos a 60 o 90 días y descuentos por volumen.

"Bienvenidos al modelo industrial", ironiza. Otra vez chocaba con la esencia de Spiga, así que también lo frenó, aunque esta vez sin apenas inversión.

La conclusión que todos deberíamos sacar de su relato es que ser empresario es arriesgar patrimonio, tiempo y parte de la vida, equivocarse, aprender rápido y volver a intentarlo con la cabeza más fría.