El sociólogo Zygmunt Bauman.

El sociólogo Zygmunt Bauman. EFE

Ciencia

Bauman (91), filósofo, sobre las dos 'aes' de la felicidad: "Hay muchas formas de ser feliz, y no pasan todas por una tienda"

Frente a la idea de que la felicidad se debe a una vida cómoda, el pensador señala que la felicidad depende de hacer frente a las dificultades y establecer relaciones estables y equilibradas. 

Más información:Noam Chomsky (98 años), filósofo, sobre la felicidad: "Comienza por asumir nuestro instinto natural para la libertad"

Publicada

Las claves

Zygmunt Bauman criticó la reducción de la felicidad al consumo y defendió que no todas las formas de bienestar pasan por una tienda.

El filósofo alertó que en la sociedad actual la identidad se construye a partir del consumo, lo que genera una satisfacción provisional e inestable.

Bauman sostuvo que la felicidad no reside en una independencia total ni en la ausencia de problemas, sino en la capacidad de afrontar y superar dificultades.

Destacó que los vínculos personales y la responsabilidad son más importantes para el bienestar que el crecimiento económico o la libertad absoluta.

La felicidad se presenta hoy como un objetivo universal, pero también como un concepto fragmentado y contradictorio. Se promete en manuales de autoayuda, en discursos políticos y en escaparates comerciales. Frente a esta confusión interesada, el pensamiento de Zygmunt Bauman ofrece una mirada crítica que cuestiona la forma en que la sociedad contemporánea ha reducido el bienestar a una experiencia inmediata y comprable.

Bauman, uno de los grandes analistas del mundo contemporáneo, fallecido en 2017, acuñó el concepto de modernidad líquida para describir una sociedad sin estructuras estables. En ella, las certezas que antes sostenían la vida —el trabajo, la familia o los vínculos afectivos— se han vuelto frágiles, temporales y reemplazables, obligando al individuo a reinventarse de forma constante.

En ese contexto de incertidumbre permanente, el filósofo lanzó una dura advertencia. Sostiene que la búsqueda de la felicidad ha sido canalizada hacia el consumo como vía principal de realización personal. “Hay muchas formas de ser feliz, pero en la sociedad actual todas pasan por una tienda”, resumía Bauman en una entrevista ofrecida a Papel.

Según su tesis, el valor del individuo ya no se mide por lo que hace o aporta, sino por lo que adquiere. La identidad, elemento central del equilibrio psicológico, se construye a partir de elecciones de consumo. Sin embargo, Bauman advertía de que esta estrategia está condenada al fracaso, porque convierte la satisfacción en algo siempre provisional e inestable.

En su libro El arte de la vida, publicado en 2009, Bauman fue especialmente crítico con la idea de que el crecimiento económico garantiza el bienestar. “La estrategia de hacer feliz a la gente elevando sus ingresos no parece que funcione”, afirmaba, cuestionando un modelo que ha convertido los indicadores económicos en medida casi exclusiva del éxito colectivo e individual.

El problema de fondo, explicaba, es que el mercado solo atiende una parte limitada de las necesidades humanas. “La mitad de los bienes cruciales para la felicidad humana no tienen precio de mercado y no se venden en las tiendas”, recordaba. Ni el amor, ni la amistad, ni la vida compartida pueden adquirirse, por mucho crédito disponible que exista.

Bauman también desmontó el mito contemporáneo de la libertad absoluta. Frente a la idea de que ser feliz equivale a no tener límites, fue rotundo al afirmar que “nuestra libertad nunca es completa”. La vida, sostenía, es una negociación constante entre deseos individuales y condiciones que no controlamos por completo.

Crisis económicas, conflictos armados o la pérdida del empleo muestran hasta qué punto la autonomía personal es frágil. Para Bauman, estas realidades evidencian que la sensación de control es, en gran medida, ilusoria. La libertad no consiste en eliminar todas las restricciones, sino en aprender a decidir dentro de márgenes desiguales.

Desde esa perspectiva, la felicidad tampoco reside en una independencia total. “No está en ser libres del todo, sino en aprender a vivir con nuestras dependencias”, afirmaba. El verdadero reto social, subrayaba, es que esos márgenes de elección no son iguales para todos, lo que introduce una dimensión ética y política en la búsqueda del bienestar.

Enfrentarse a las dificultades

Si el consumo y la libertad ilimitada no garantizan la felicidad, Bauman proponía un enfoque más exigente. Cree que la felicidad exige algo más que comodidad y ausencia de límites. Implica una actitud activa ante la vida, basada en el esfuerzo, la responsabilidad personal y una disposición constante a afrontar las dificultades inherentes a la vida cotidiana.

El también sociólogo rechazaba frontalmente la idea de una existencia sin problemas. “No es verdad que la felicidad significa tener una vida sin problemas. Una vida feliz viene de la superación de los problemas, de la lucha contra los problemas, de resolver las dificultades”, afirmaba, invirtiendo la lógica de la comodidad como ideal supremo.

De forma paradójica, advertía que el exceso de facilidades puede generar desorientación. “Nos sentimos perdidos cuando aumentan las comodidades”, señalaba, aludiendo a una sociedad que promete alivio constante, pero debilita la capacidad de afrontar frustraciones y construir sentido a largo plazo.

Esta visión conecta con investigaciones contemporáneas en psicología y neurociencia, que muestran que las actividades asociadas a un bienestar duradero —el ejercicio, el aprendizaje o la interacción social— no se adquieren de forma inmediata. Por ejemplo, estudios de la Universidad de Harvard han señalado que los vínculos personales estables son uno de los factores más sólidos de bienestar a lo largo de la vida.

Para Bauman, la felicidad es, en última instancia, una práctica sostenida. Es una decisión que, como afirmaba, “se tiene que hacer a diario y después mantenerla categóricamente a la vez que se reafirma día tras día”. Una forma de resistencia frente a un mundo líquido que empuja a consumir y desechar, incluso las propias vidas.