Pareja mayor en la terraza de su casa.

Pareja mayor en la terraza de su casa. Freepik

Ciencia

La psicología dice que los adultos nacidos entre 1950 y 1960 que se mudaron de niños les fue más difícil comprar casa

Un estudio con nacidos en 1958 relaciona las mudanzas infantiles repetidas con menos acceso a vivienda en propiedad.

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Un estudio sobre una cohorte británica nacida en 1958 vincula las mudanzas repetidas en la infancia con menor acceso a vivienda en propiedad y riqueza financiera a los 33 años.

Los traslados ocasionales apenas mostraron efectos económicos; la desventaja se concentró en quienes siguieron mudándose en la adolescencia o cambiaron de colegio.

La relación se explica más por dificultades psicosociales, pérdida de vínculos y menor sensación de control que por un deterioro del rendimiento cognitivo.

El efecto fue mayor en jóvenes de hogares sin vivienda en propiedad ni seguridad financiera; el estudio es observacional y sus resultados no se trasladan automáticamente a la España actual.

Mudarse durante la infancia no condena a una persona a vivir de alquiler. Sin embargo, cuando los cambios de vivienda se repiten, continúan durante la adolescencia o implican cambiar de colegio, pueden dejar una huella que reaparece años después en la capacidad de acumular patrimonio y comprar una casa.

Esta es la conclusión de un estudio publicado en 2026 en The British Journal of Sociology. La investigación no analizó a todos los adultos nacidos entre 1950 y 1960, sino específicamente a una cohorte británica nacida en una misma semana de 1958. Ese matiz permite seguir trayectorias comparables, pero limita la generalización.

El sociólogo Riccardo Valente, del Centro de Estudios Demográficos de Barcelona, utilizó información del National Child Development Study. Este proyecto longitudinal ha acompañado durante décadas a miles de personas nacidas en Reino Unido y reúne datos sobre su familia, vivienda, educación, salud y situación económica.

El nuevo trabajo reconstruyó sus mudanzas desde el nacimiento hasta los 16 años y las relacionó con dos resultados a los 33: haber accedido a una vivienda en propiedad y disponer de riqueza financiera neta. El análisis no trató todas las mudanzas como si fueran iguales.

Los cambios ocasionales de domicilio apenas mostraron consecuencias económicas apreciables al comienzo de la edad adulta. La desventaja apareció sobre todo entre quienes se mudaron repetidamente, continuaron haciéndolo durante la adolescencia o tuvieron que cambiar también de escuela.

No es la mudanza, sino la inestabilidad

Cambiar de casa puede responder a una mejora: una vivienda más amplia, un nuevo trabajo de los padres o el traslado a un barrio con mejores servicios. En esas circunstancias, el movimiento no implica necesariamente precariedad y puede incluso abrir oportunidades.

La situación es distinta cuando las mudanzas reflejan alquileres inseguros, dificultades económicas, separación familiar o pérdida de empleo. El niño no solo cambia de habitación. También puede perder amistades, profesores, rutinas y adultos de referencia, justo cuando necesita construir estabilidad y confianza.

El estudio encontró que la relación con la riqueza adulta parecía explicarse mejor por dificultades psicosociales durante la adolescencia que por un descenso del rendimiento cognitivo. La movilidad frecuente podía alterar los vínculos sociales, la sensación de control y la adaptación emocional, factores relacionados posteriormente con decisiones educativas, laborales y económicas.

Este mecanismo se concentró especialmente entre los jóvenes que a los 16 años no vivían en hogares propietarios con seguridad financiera. La vivienda familiar funcionaba así como una protección: mudarse no tenía el mismo significado ni las mismas consecuencias para un hogar con recursos que para otro sometido a inseguridad residencial.

Por eso, el resultado no debe interpretarse como que las mudanzas causaron directamente todos los problemas posteriores. Se trata de un estudio observacional. Aunque los modelos consideran diferentes circunstancias de origen, no pueden eliminar por completo factores familiares que expliquen simultáneamente la movilidad infantil y la menor riqueza adulta.

También importa el contexto histórico. Los participantes nacieron en 1958 y fueron observados como propietarios a los 33 años, alrededor de 1991. El mercado inmobiliario británico, los precios, el crédito y las políticas de vivienda eran distintos de los actuales y no pueden trasladarse automáticamente a España.

Aun así, la investigación aporta una idea relevante al debate sobre vivienda. La inestabilidad residencial no termina cuando se cierran las cajas de una mudanza. Si interrumpe repetidamente la educación y las relaciones durante etapas sensibles, puede convertirse en una desventaja acumulativa que acompaña a la persona durante años.

La conclusión no es evitar cualquier traslado. Una mudanza planificada puede ser beneficiosa. El riesgo surge cuando deja de ser una elección y se convierte en interrupciones repetidas.

Facilitar alquileres estables, evitar desahucios y mantener a los menores en su colegio cuando la familia cambia de vivienda no solo resuelve una emergencia inmediata. Según este estudio, también podría ayudar a impedir que la inseguridad de la infancia termine escribiéndose décadas después en la cuenta bancaria y en las llaves de la primera casa.