Gato siendo acariciado.

Gato siendo acariciado. Freepik

Ciencia

Los veterinarios coinciden: la conducta de los gatos cambia según la forma en la que sus dueños los acarician

Ni imprevisible ni arisco: muchos gatos avisan antes de morder cuando una caricia les incomoda.

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Un estudio con 120 adultos y 114 gatos concluye que enseñar a respetar la elección y el lenguaje corporal del animal aumenta sus conductas amistosas y reduce el malestar o la agresividad.

Los gatos suelen aceptar mejor caricias breves en mejillas, base de las orejas y debajo del mentón; la zona próxima a la cola tiende a provocar respuestas menos positivas.

Cola agitada, orejas hacia los lados, cuerpo tenso, giro de cabeza hacia la mano o dejar de ronronear pueden indicar que el gato quiere que termine el contacto.

Permitir que el gato inicie y finalice la interacción, evitar sujetarlo y hacer pausas mejora la experiencia; un rechazo repentino a las caricias puede requerir consulta veterinaria.

Acariciar a un gato parece un gesto sencillo, pero la forma de hacerlo puede modificar inmediatamente su respuesta. El mismo animal que se frota contra una persona y mantiene la cola levantada puede tensarse, apartarse o intentar morder si el contacto se prolonga demasiado, alcanza una zona sensible o continúa cuando ya ha pedido que termine.

La diferencia no depende únicamente del carácter del felino. Los estudios sobre las interacciones entre gatos y personas muestran que también influyen quién inicia el acercamiento, la parte del cuerpo que se toca y la capacidad del humano para reconocer las primeras señales de incomodidad.

Una investigación publicada en Frontiers in Veterinary Science comprobó este efecto con 120 adultos y 114 gatos alojados en un centro de adopción. Cada participante interactuó con tres animales antes de recibir unas indicaciones sobre cómo acariciarlos y con otros tres después de conocerlas.

Las instrucciones se resumían mediante el acrónimo inglés CAT. La C correspondía a ofrecer al animal capacidad de elección y control; la A, a prestar atención a su lenguaje corporal; y la T, a pensar dónde y durante cuánto tiempo se le tocaba.

Después de recibir esta breve formación, las personas modificaron su manera de relacionarse con los animales. Los gatos mostraron más comportamientos amistosos y menos respuestas asociadas con conflicto, malestar o agresividad. Las diferencias observadas presentaron, en general, un tamaño de efecto moderado.

El resultado cuestiona la explicación habitual de que un gato muerde durante las caricias porque es imprevisible. En muchas ocasiones, el animal había comunicado antes que deseaba interrumpir el contacto, pero sus movimientos eran demasiado discretos o no fueron interpretados correctamente.

Mover rápidamente la punta de la cola, girar las orejas hacia los lados, volver la cabeza hacia la mano, dejar de ronronear, tensar el cuerpo o desplazar la piel del lomo pueden aparecer antes del zarpazo. Ignorar esta secuencia permite que la excitación o la incomodidad aumenten hasta provocar una reacción mucho más evidente.

La ausencia de un ataque tampoco demuestra que el gato esté disfrutando. Los investigadores recuerdan que algunos felinos soportan el contacto sin tratar de escapar ni defenderse. Un trabajo anterior incluso encontró concentraciones más altas de metabolitos del cortisol en los animales descritos como tolerantes a las caricias que en aquellos que parecían aceptarlas o rechazarlas abiertamente.

La cabeza suele ser la zona mejor aceptada

Las caricias alrededor de las mejillas, la base de las orejas y debajo del mentón suelen provocar respuestas más positivas. Estas áreas contienen glándulas utilizadas por los gatos para dejar señales olfativas cuando se frotan contra otros animales, personas u objetos familiares.

Una investigación sobre la región corporal acariciada observó respuestas más favorables cuando el contacto se concentraba en las zonas temporales de la cabeza. Por el contrario, tocar la región próxima a la cola tendía a generar reacciones menos positivas. El abdomen, los flancos, las patas y distintas partes del lomo produjeron resultados más variables entre individuos.

Esto no convierte el cuerpo del gato en un mapa completamente fijo. Algunos buscan que les acaricien el lomo y otros permiten tocarles el vientre, mientras que ciertos animales rechazan incluso el contacto prolongado en la cabeza. La experiencia previa, la socialización, el temperamento, el estado de salud y el contexto modifican sus preferencias.

El procedimiento más respetuoso consiste en ofrecer la mano sin acercarla directamente a la cara y esperar. Si el animal reduce la distancia, olfatea, frota la cabeza o mantiene la cola erguida, se pueden iniciar varias caricias breves en las mejillas o cerca de las orejas.

Después conviene hacer una pausa. Si el gato vuelve a aproximarse, empuja la mano o se frota de nuevo, está mostrando que desea continuar. Si mira hacia otro lado, se aleja o permanece quieto sin solicitar más contacto, la interacción debería terminar.

Permitir que el felino inicie y finalice el encuentro le proporciona capacidad de elección. Una revisión de estudios cuantitativos sobre la relación entre gatos y propietarios concluyó que el iniciador de la interacción influye tanto en su duración como en el tiempo total que ambos pasan juntos. Los animales responden mejor a las personas que respetan sus intentos de acercarse o retirarse.

En el experimento del centro de adopción ocurrió algo aparentemente paradójico. Antes de recibir las indicaciones, los participantes permanecieron más tiempo en contacto físico con los gatos. Tras la formación los tocaron durante periodos más cortos, pero los animales exhibieron más conductas positivas y se frotaron contra ellos con mayor frecuencia.

Los autores interpretan este resultado como una demostración de que, durante las caricias, “menos puede ser más”. Reducir la insistencia humana no hizo que los gatos perdieran el interés por relacionarse, sino que convirtió el contacto en una experiencia más favorable y les permitió participar voluntariamente.

También conviene distinguir entre acariciar y sujetar. Abrazar al animal, inmovilizarlo sobre el regazo o seguirlo cuando intenta marcharse elimina precisamente el control que necesita. Incluso un gato sociable puede reaccionar de forma defensiva si descubre que no dispone de una vía para retirarse.

El contexto cambia igualmente su tolerancia. Mientras duerme, come, utiliza el arenero o se encuentra escondido, puede interpretar el acercamiento de manera distinta. Las visitas, los ruidos, una mudanza o la presencia de otro animal pueden reducir temporalmente su disposición al contacto.

Un cambio repentino merece especial atención. Si un gato que antes disfrutaba de las caricias comienza a rechazarlas en una zona concreta, se encoge o intenta morder, puede existir dolor dental, artrosis, una lesión cutánea u otro problema médico. En ese caso no debe atribuirse automáticamente la reacción a su carácter y conviene consultar con un veterinario.

La enseñanza no consiste en dejar de acariciar a los gatos. Muchos buscan activamente el contacto humano y muestran conductas como ronronear, amasar, frotarse o permanecer cerca. La clave es entender la caricia como una interacción entre dos participantes, no como algo que el animal debe aceptar indefinidamente.

El comportamiento del gato cambia cuando la mano cambia: dónde toca, cuánto insiste y si se detiene ante las primeras señales. Respetar esas respuestas puede reducir los mordiscos y arañazos, pero, sobre todo, permite que el contacto refuerce la relación en lugar de convertirse en una fuente de estrés.