Un libro de la editorial SM en el que se identifican las zonas de la lengua con un sabor determinado.

Un libro de la editorial SM en el que se identifican las zonas de la lengua con un sabor determinado.

Ciencia Educación

Disparate en clase de Ciencias Naturales: el dulce no está en la punta de la lengua

De las pirámides alimenticias mal construidas a "los cinco reinos de la naturaleza", los libros de texto contienen ideas superadas por la ciencia hace décadas.

Cuando Conchi Lillo vio esa ilustración en el libro de su hijo no se lo podía creer. El dibujo mostraba una lengua para enseñar los sabores que podemos detectar: dulce, salado, amargo y ácido. Además, señalaba su localización precisa con colores para indicarle al niño y a todos sus compañeros de 4º de Primaria que las papilas gustativas que perciben el dulce están en la punta; las del salado, a los lados; un poco más atrás, las del amargo; y el ácido, al fondo. 

El problema es que eso no es cierto. Es un concepto desfasado, como poco, desde hace más de 40 años. El error comienza con los experimentos del científico alemán David Hanig, que en 1901 aseguró que la sensibilidad a los sabores varía según las zonas de la lengua tras hacer algunos ensayos con voluntarios. 

A partir de ahí, el mito cobró vida propia. Según algunas versiones, las papilas de cada localización sólo pueden detectar el sabor que les corresponde, mientras que otras interpretaban, simplemente, que había más concentración de papilas gustativas especializadas en unos puntos o en otros. Incluso surgieron teorías que trataban de explicar por qué evolutivamente era más útil para el ser humano detectar el dulce con la punta de la lengua. 

Todo era pura especulación hasta que en 1974 una investigación de Virginia Collings publicada en la revista científica Perception & Psychophysics zanjó el asunto. Desde entonces se sabe que el mapa de los sabores es completamente absurdo. Las papilas gustativas están repartidas por toda la lengua e incluso hay en el paladar y en la entrada de la faringe, y todas pueden detectar todos los sabores; aunque hay pequeñas diferencias en la sensibilidad, no siguen patrones concretos.

Conchi Lillo trabaja en el Instituto de Neurociencias de Castilla y León, donde muchos científicos se dedican, precisamente, a estudiar las percepciones sensoriales. A pesar de que ella está especializada en patologías de la visión, conoce perfectamente este concepto tan básico sobre el gusto, así que, lógicamente, no lleva bien que se lo expliquen de forma incorrecta a su hijo en el colegio. 

"Creo que no hay que incurrir en errores o en antiguos dogmas que han sido desmentidos hace tiempo, se pueden aprender los sabores que detectamos sin necesidad de usar un dibujo desfasado y que no corresponde a la realidad", afirma en declaraciones a EL ESPAÑOL. Para colmo, faltaría añadir un sabor cuya existencia también está demostrada desde hace más de una década: el umami. 

La investigadora compartió hace días en Twitter el error que descubrió en el libro de Ciencias Naturales, un tuit que tuvo una gran repercusión, con cientos de Me gusta y retuiteos. Además, les escribió a la editorial SM con la esperanza de que en próximas ediciones corrijan el fallo.  

"Los alumnos asumen bulos y mitos"

En su opinión, la cuestión va más allá de una anécdota. Como profesora de la Universidad de Salamanca, "muchas veces veo que los alumnos tienen asumidos una serie de bulos y mitos sobre diferentes materias, especialmente en biología, y yo creo que si se pudiesen actualizar contenidos de forma más regular, podríamos evitar estos errores básicos de concepto que se van acumulando año tras año". 

Una vez que una idea errónea aparece en un libro no es tan fácil de desmontar. "Mi hijo tiene 9 años y cuando le digo que esto es falso, me dice que lo sabe, pero que se lo tiene que aprender igual, porque le van a examinar de lo que pone en el libro, no de lo que yo le diga", comenta. Además, "creo que nos quedamos mejor con las primeras ideas que nos enseñan de pequeños, aunque después las corrijamos, el desmentido ya no tiene tanta fuerza, por eso me parece tan importante lo que aparece en los libros de texto".

Ya no hay cinco reinos en la naturaleza

Sin cambiar de libro encontramos otro concepto totalmente anticuado, el de los cinco reinos de la naturaleza, que en este caso se simplifican como plantas, animales, algas, hongos y bacterias. En teoría, esta clasificación agrupa los seres vivos por su parentesco evolutivo, pero sólo estaba basado en las apariencias y va en contra de las investigaciones de las últimas décadas y del fundamento científico con el que se ordenan actualmente.

Lo que antes se creían bacterias (se hablaba de reino monera) eran en realidad dos cosas muy diferentes, bacterias y arqueas. Tan distintos son que en la actualidad la gran división de los seres vivos se establece en tres dominios: bacterias, arqueas y eucariotas. La investigación de Carl Woese que cimentó estas nuevas ideas se publicó en 1977, así que también tiene más 40 años. 

Pirámides alimenticias: cuando el error amenaza la salud

Otro fallo aparece cuando el libro se ocupa de los tipos de nutrientes y, en particular, al ordenar los alimentos en una pirámide que no firmaría ningún nutricionista que esté al día. En la base de esta representación deben estar los alimentos que hay que consumir a diario y a medida que se escala, otros menos recomendables. 

Aunque podemos encontrar pirámides alimenticias muy variadas, hoy en día los expertos apuestan por poner frutas, verduras y hortalizas en la base y no las harinas refinadas, por ejemplo. En este caso, la ilustración muestra todo esto junto en la base y añade lácteos. De hecho, algunos nutricionistas piden abandonar la idea de la pirámide por el plato saludable de Harvard. A diferencia de otros contenidos, puede que éste preocupe especialmente a los padres: comer bien es esencial para la salud.

Al margen del problema de la actualización de contenidos debido al avance de las ciencias, hay otros fallos que tienen más difícil explicación. Un libro de Bachillerato de Santillana cometió un error de bulto al calificar a los pingüinos como "mamíferos nadadores". Esta metedura de pata la cazó Marta Pérez, profesora de Zamora, en 2016 y la editorial le escribió para asegurar que ya estaba corregida. El divulgador científico Carlos Chordá se encargó de recoger unos cuantos de este estilo en su blog.  

El reto de simplificar

Entre los profesores encontramos opiniones dispares. Miguel Ángel Fuertes enseña Ciencias en un colegio (lo que incluye Biología y Geología, Física y Química y Tecnología) y además es profesor de Ciencias de la Naturaleza en el Grado en Maestro en Educación Primaria en la Escuela Universitaria de Educación y Turismo de Ávila. Es decir, que forma a los futuros maestros. En su opinión, los libros de texto no suelen contener errores importantes. "A bote pronto no me viene ningún ejemplo a la cabeza que sea evidente", asegura. 

Lo que ocurre es que "a veces algunos conceptos se simplifican demasiado, pero es necesario para que los alumnos entiendan mejor lo que quieres explicar, como cuando sigues dibujando los átomos como bolitas". No es que haya quedado desfasado, sino que "usas un modelo muy simplificado que te permite explicar algunas cosas aunque sepas que la realidad es más compleja". 

Homínidos y cambio climático 

"En Secundaria se quedan desfasados sobre todo en temas de cambio climático, porque va más rápido de lo que se esperaba, y en incluir nuevos homínidos en la evolución humana, porque últimamente cambian bastante de una edición a otra. El resto está bastante bien", apunta José Ángel Centeno, profesor de Biología, Geología, Física y Química en la ESO.

En su caso, a veces ni siquiera sigue los libros de texto, sobre todo a la hora de impartir asignaturas como Física y Química, en las que puede plantear experimentos prácticos como método de enseñanza. Es más, si quiere hacer bien su trabajo, tiene que ir por delante de las editoriales: "El libro de 3º de la ESO no se ajusta a la legislación".

En general, los profesores de Secundaria están más especializados y cuentan con más recursos, muchas veces a través de plataformas online, que les hacen menos dependientes de los libros de texto clásicos. 

¿Demasiado rápido?

¿Tan deprisa va la ciencia como para que se queden atrás? En realidad, la crítica que suele hacerse a las editoriales suele ser la contraria: hacen demasiados cambios y los contenidos no sirven de un año para otro. 

Como curiosidad, en Extremadura se aprobó una ley para regular los materiales curriculares que prohibía sustituir los libros de texto durante un periodo mínimo de cuatro años, pero una de sus excepciones preveía la posibilidad de haya "cambios producidos por la evolución científica que alteren considerablemente el contenido de los mismos". 

Así trabajan las editoriales

Antonio Brandi, responsable de Ciencias en la editorial Santillana, asegura que cuando hay novedades científicas se incorporan de inmediato. Por ejemplo, cuando la Unión Astronómica Internacional decidió redefinir el concepto de planeta y Plutón dejó de entrar en esta categoría "hicimos una reedición inmediata", porque en realidad era tan fácil como mantener la misma representación del Sistema Solar y ponerle una etiqueta de planeta enano. "Actualizamos tanto las cuestiones científicas como las pedagógicas, que también avanzan", asegura.

En cualquier caso, "somos seres humanos y podemos meter la pata, alguna cosa se nos cuela", admite. Y cuando sucede llegan las aportaciones de padres y sobre todo de profesores, que "se agradecen y se incorporan siempre que sean correctas".

Especialistas con experiencia docente

Para elaborar sus contenidos, la editorial cuenta "con gente polivalente que tiene formación específica en un área y, si es posible, cierta experiencia docente". Es decir, "pueden ser profesores de universidad pero estar trabajando en colegios". Estos expertos se ocupan de campos muy concretos. "Nadie hace un libro entero, sino que se dividen por especialidades, como la geología o la biología", comenta.

No obstante, admite que existe una gran diferencia entre el proceso editorial entre Primaria y Secundaria. "Lo importante en Primaria es que se queden con los conceptos clave, con las ideas generales sin entrar en detalles, mientras que en Secundaria prima mucho más la rigurosidad científica", destaca.