Miguel Ángel junto a Sara Rodríguez simulando una sesión de diálisis en la clínica

Miguel Ángel junto a Sara Rodríguez simulando una sesión de diálisis en la clínica JIF

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Cuatro horas durante tres días en la clínica para 'limpiar' el futuro: la lección de Miguel desde un sillón de diálisis

El maestro vallisoletano Miguel Ángel Rodríguez (66 años) enseña cómo este tratamiento se ha convertido en su "ancla a la vida". Dos profesionales sanitarias relatan cómo es el día a día de estos enfermos.

Más información: Los casos de enfermedad renal crónica aumentan en Castilla y León: más de 3.000 personas necesitan un trasplante para vivir

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Se puede decir que Miguel Ángel Rodríguez en 58 años no pisó un médico. Y ese fue su error. Ahora, con 66, repite una frase que puede ser el eslogan de su vida: “Uno nunca deja de ser maestro".

Hoy, jubilado y tras un duro golpe de la vida, este maestro de vocación enseña que la diálisis es un "gancho a la vida" que exige paciencia, disciplina y mucha fuerza de voluntad.

Durante décadas, su pizarra fue el aula, pero hoy, su lección más valiosa la enseña desde un sillón de una clínica, en concreto de la B. Braun en Valladolid, que abre las puertas a EL ESPAÑOL Castilla y León para conocer cómo son estos tratamientos de diálisis que se realizan a diario.

Actualmente, más de 68.000 personas requieren tratamiento renal sustitutivo (TRS) en España, de los cuales, más de 3.200 se encuentran en Castilla y León, según los datos de la Sociedad Española de Nefrología & Organización Nacional de Trasplantes.

La cifra aumenta cada año, con un 43 % de estos pacientes recibiendo tratamiento de diálisis y el 57 % restante habiendo recibido un trasplante renal.

Cada 75 minutos una persona en España inicia un tratamiento de diálisis o recibe un trasplante renal, lo que refleja el impacto de esta enfermedad en la sociedad y en el sistema sanitario.

Es el momento de conocer cómo es este proceso de diálisis en primera persona.

Ahora la vida de Miguel es durante tres días a la semana y cuatro horas pegado a una máquina que limpia su sangre y le regala tiempo. Su historia es la de muchos. La de aquella persona que piense que a él no le puede pasar…

Durante 58 años, Miguel Ángel no sabía lo que era un análisis de sangre. Él era muy “activo”, miembro de Protección Civil y siempre dispuesto a "meterse en todas las movidas".

Primer plano de Miguel Ángel Rodríguez

Primer plano de Miguel Ángel Rodríguez

Fue en julio, en plenas vacaciones, cuando el motor falló. “Una arritmia peligrosa me llevó directo a la UCI”, recuerda a este medio.

Allí, el diagnóstico fue un jarro de agua fría, pero rotundo. “Era hipertenso, diabético y mis riñones estaban al límite. La diabetes ayudó a mi desidia", confiesa.

Aquella entrada al hospital fue el inicio de un laberinto de nefrólogos, ingresos por anemia y un miedo atroz a lo que iba a pasar a partir de ese momento.

Los días de tratamiento comienzan muy pronto para nuestro protagonista. Tras noches de sueño inquieto porque "uno no se acostumbra a esto", llega a las puertas de la clínica antes de las ocho.

Allí, entre los compañeros que comparten su misma suerte, o en este caso mala, se intercambian quejas y ánimos: "Un día menos para el fin de semana".

Una vez dentro, el ritual se repite. Hay que pasar por la temida báscula, el sillón y cuatro horas y media de espera. Mientras la máquina trabaja, él lee las noticias o escucha la radio.

Pueden llegar luego las bajadas de tensión y los calambres, que en su caso son habituales. Al salir, el cansancio es total.

"Sales deshecho. Llegas a casa y buscas la cama para reparar esas heridas que ha provocado la sesión. Pero son heridas de vida; has venido para seguir viviendo", afirma con esperanza.

La diálisis ha cambiado su vida. Miguel Ángel ya no mide su semana en siete días, ahora lo hace en los tres que tiene que pasar por la máquina y los cuatro que ya vuelve a ser el maestro jubilado.

“La dieta es ahora un mapa de restricciones, tengo alimentos prohibidos y otros en libertad vigilada", bromea.

Pero lo más duro, confiesa, es la sed. El vallisoletano viaja a todas partes con un vaso graduado para medir cada centilitro de agua que ingiere. “Un exceso de líquido puede significar una sesión extra o una crisis de tensión, y eso no quiero”, admite.

Por eso, su mayor lujo hoy no es un viaje exótico, “es cuando bebo una caña de cerveza en lugar de un corto”.

La familia de bata blanca

En esta nueva vida, la familia ha sido su motor, aunque a veces el mejor detalle sea simplemente respetar su silencio y su cansancio tras la clínica. Pero también está la "familia de bata blanca".

Miguel Ángel habla con admiración y cariño del equipo médico y de Rosa, su enfermera. “Es como mi otra familia, casi sin hablar sabemos cómo estamos”, apunta.

A pesar de la dureza del proceso, el mensaje de este maestro es de una vitalidad contagiosa.

"Hay mucha gente con enfermedades graves que no tienen un artilugio que les haga vivir. Nosotros vivimos cada día", reflexiona con una lección de profesor. Y es así.

Entró en la clínica derrotado y con miedo. Hoy, cinco años después, sale de cada sesión demostrando que, aunque su jubilación no sea como la imaginó, sigue ejerciendo su profesión, en este caso, enseñando a vivir la vida.

Si para Miguel Ángel el sillón de diálisis es un "ancla a la vida", para quienes visten la bata blanca en la clínica B. Braun de Valladolid, es un escenario donde la responsabilidad se funde con la confidencia casi familiar.

Desde dentro

Ahora es el momento de conocer el otro lado. Allí, Marta Santos (Directora Médica) y Sara Rodríguez (Supervisora de Enfermería), revelan lo invisible que sostiene a los más de 110 pacientes que, como Miguel Ángel, acuden cada semana en busca de una esperanza.

Ellas nos describen que en Valladolid, la enfermedad renal tiene un rostro mayoritariamente masculino y veterano.

Con una media de edad de 72 años y algunos que superan los 90, la clínica B. Braun se ha convertido en un termómetro de la resiliencia humana.

"A veces vienen en silla de ruedas y, al mes de tratamiento, entran y salen caminando por su propio pie", explica el equipo asistencial. Es el milagro cotidiano de la diálisis.

La tecnología se ha convertido en la gran aliada. "Usamos la bioimpedancia para saber exactamente cuánto líquido sobra, y monitores de última generación que se ajustan individualmente: lo que para un paciente es un mareo, para otro es normalidad", detallan.

Incluso la sostenibilidad ha llegado a la sala con sistemas centralizados que eliminan toneladas de plástico.

La carga técnica es inmensa, pero la carga emocional lo es aún más. Sara Rodríguez, con casi dos décadas de experiencia en el sector, lo tiene claro.

"Al principio casi todos vienen 'enfurruñados'. Es normal, nadie quiere venir aquí tres días a la semana. Pero terminamos conociendo a sus hijos, sus trabajos, sus penas y alegrías".

Marta Santos (Directora Médica) y Sara Rodríguez (Supervisora de Enfermería) posan en la puerta de la clínica vallisoletana

Marta Santos (Directora Médica) y Sara Rodríguez (Supervisora de Enfermería) posan en la puerta de la clínica vallisoletana

Ese vínculo es el que permite que enfermeras como Rosa, ya mencionada con tanto cariño por Miguel Ángel, se conviertan en figuras vitales.

"Les regañamos por la dieta, les miramos la analítica con lupa, pero también somos las que más nos soltamos con ellos".

Este ecosistema emocional se ha reforzado recientemente con la incorporación de una psicóloga y un trabajador social, figuras clave para gestionar desde el "duelo" por los compañeros que se van, hasta la incertidumbre de quienes esperan un trasplante que no llega.

Como curiosidad, y ahora que el verano está a la vuelta de la esquina. Un paciente de diálisis, pese a sus obligaciones en el calendario, puede llegar a un acuerdo para hacerlo en otra clínica.

La importancia del agua

La tecnología en el ámbito sanitario busca la eficacia y también la eficiencia y el respeto al medio ambiente. Un claro ejemplo es la reciente implementación del sistema Ecomix, un avance que marca un antes y un después en la unidad de diálisis.

Según explican los profesionales del centro, el objetivo es sustituir el antiguo modelo descentralizado —donde cada paciente contaba con una garrafa individual para generar el líquido de intercambio— por un sistema totalmente centralizado.

"Con el sistema, el líquido de hemodiálisis se distribuye de forma automatizada desde una sala técnica central hacia todos los monitores. Esto supone un gran avance en sostenibilidad, ya que eliminamos el uso masivo de plásticos", comenta una de las sanitarias responsables del proyecto.

"La calidad microbiológica que alcanzamos ahora es muy superior. No podemos olvidar que este líquido entra en contacto directo con la sangre. Por eso, el agua de la calle no sirve; necesitamos un agua ultra pura, procesada en nuestra propia planta de tratamiento, que analizamos mensualmente para garantizar que esté totalmente libre de microorganismos y endotoxinas", detallan.

Desde la dirección médica y la supervisión de enfermería, el mensaje para Castilla y León es de una esperanza pragmática. Admiten que la enfermedad renal es "traicionera" porque no duele, pero insisten en la suerte de contar con una alternativa.

"Cuando falla otro órgano vital, a menudo no hay una máquina que pueda sustituirlo. Aquí, aunque sea con restricciones y esfuerzo, la máquina te presta la vida".

"Hay que ser agradecidos con la máquina de diálisis", concluyen. Así sea cuando tenga que ser durante esas cuatro horas durante tres días.