El entonces presidente de las Cortes de Castilla y León, Manuel Estella, durante una jornada de puertas abiertas en el Parlamento autonómico, el 22 de marzo de 2003

El entonces presidente de las Cortes de Castilla y León, Manuel Estella, durante una jornada de puertas abiertas en el Parlamento autonómico, el 22 de marzo de 2003 Rubén Cacho ICAL

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Manuel Estella, el presidente conciliador que hizo del castillo de Fuensaldaña la casa de todos: "Impulsó grandes consensos"

Este dialogante abogado del Estado salmantino presidió el Parlamento autonómico durante tres legislaturas, entre 1991 y 2003, y fue clave en la consolidación del Estatuto y en la construcción institucional de Castilla y León.

Más información: Fallece a los 86 años Manuel Estella, expresidente de las Cortes de Castilla y León: “Un servidor público ejemplar”

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Este miércoles fallecía en Salamanca Manuel Estella Hoyos a los 86 años, el presidente de las Cortes de Castilla y León conciliador y dialogante que convirtió el castillo de Fuensaldaña en la casa de todos los castellanos y leoneses.

Quien fuera el tercer presidente del Parlamento autonómico, entre 1991 y 2003, deja un legado marcado por el diálogo, la moderación y la convicción inquebrantable de que el Parlamento no pertenece a la mayoría, sino que debe servir como espacio común para todas las voces.

Nacido el 19 de agosto de 1939 en Salamanca, Estella se formó en Derecho en la Universidad de su ciudad natal. Pronto se convirtió en abogado del Estado, ejerciendo con rigor en distintas provincias: Lugo, Oviedo, Zamora y, finalmente, su Salamanca natal.

Su trayectoria profesional, sólida y discreta, lo preparó para una vocación pública que marcaría su vida: contribuir a construir y consolidar las instituciones de la recién estrenada autonomía castellana y leonesa.

Una persona "muy respetada"

Quien fuera portavoz del Grupo Socialista en las Cortes entre 1983 y 1987 y entre 1989 y 1999, Jesús Quijano, asegura, en declaraciones a EL ESPAÑOL de Castilla y León, que mantuvo una relación "continua" con Estella en un momento "muy entrañable" en el Parlamento autonómico.

"Yo sitúo esa relación en un momento muy entrañable, éramos gente que procedíamos de lugares muy distintos en todos los aspectos y, sin embargo, había un espíritu de muy buena voluntad entre todos", comenta.

Y asegura que Estella "era una pieza importante porque era una persona muy respetada". "Era abogado del Estado y tenía una cualificación jurídica y una competencia muy importante y eso se notaba ya desde el principio", señala.

Y recuerda que cuando fue presidente del Parlamento se hacía notar "la buena mano con la que sabía conducir los debates, que era flexible cuando tenía que serlo y tenía un criterio jurídico muy correcto".

"Nuestra relación fue siempre muy cordial y respetuosa y había una cordialidad muy importante en aquel tiempo del castillo de Fuensaldaña en el que él fue un personaje principal lo recuerdo con afecto y con cierta nostalgia", señala.

Quijano hace hincapié en que coincidieron en el Consejo Consultivo tras su salida de las Cortes.

"En aquel momento la Junta, a propuesta de Juan Vicente Herrera, nombraba a dos miembros y Herrera tuvo la muy correcta y generosa decisión de proponernos a Manuel Estella y a mí para que hubiera un equilibrio de procedencia con uno del PP y uno del PSOE", recuerda.

"Ahí volvimos a coincidir otra etapa, yo estuve en el Consejo Consultivo entre 2003 y 2008, que fui al Congreso de los Diputados, pero en esos años que coincidimos ahí otra vez tuvimos ocasión de mantener una relación igual de cordial y de flexible", apunta.

Y asegura que en el Consultivo "prácticamente todo" se aprobaba por acuerdo "después de haber hablado y estudiado los temas". "Tuve con él una relación de largo tiempo, cordial siempre, respetuosa y le reconozco como una pieza importante en aquella etapa", afirma.

El entonces presidente de las Cortes de Castilla y León, Manuel Estella, da la palabra a un procurador durante un pleno en el castillo de Fuensaldaña, en septiembre de 2002

El entonces presidente de las Cortes de Castilla y León, Manuel Estella, da la palabra a un procurador durante un pleno en el castillo de Fuensaldaña, en septiembre de 2002 Leticia Pérez ICAL

Quijano destaca la diferencia de tono en los debates de aquella época en relación a los actuales. "El tipo de debates que manteníamos entonces eran en otro tono, ahora en ocasiones percibo un exceso de agresividad y tensión y en aquel momento era un poco distinto", señala.

Y vincula, en parte, esa realidad al espacio en el que se encontraba ubicado el Parlamento.

"Yo siempre he dicho que el propio escenario tiene algo que ver porque aquellos plenos en el castillo de Fuensaldaña, eran unas instalaciones estrechas en espacio y nos rozábamos por los pasillos", recuerda.

Y afirma que, cuando terminaban los plenos, comían todos juntos en algún bar o bodega del pueblo. "Eso ayudaba también a un ambiente cordial y a una relación más cercana. Lo he apreciado siempre", zanja.

Un presidente "conciliador"

El procurador del Grupo Popular y vicepresidente primero de las Cortes durante la pasada legislatura, Francisco Vázquez, que coincidió con Estella durante su Presidencia de la Cámara, asegura, en declaraciones a EL ESPAÑOL de Castilla y León, que fue un presidente "conciliador".

"Lo recuerdo con especial cariño porque él ya estaba ejerciendo la Presidencia de las Cortes cuando llegué como procurador a las Cortes, todavía en la sede de Fuensaldaña. Era un hombre muy cordial, de trato muy afable y conciliador", apunta.

Vázquez señala que, ante todo, fue "un referente" para él en lo que se refiere al derecho parlamentario. "Era abogado del Estado. Esta condición le otorgaba una solidez plena en su toma de decisiones y un gran conocimiento de la materia parlamentaria y legislativa", destaca.

Y recuerda que, cuando se conocieron, ya había "una diferencia de edad" entre ambos y que, por ese motivo, pudo "aprender mucho de su manera de trabajar y de presidir las Cortes".

"En su forma de entender el parlamentarismo, lo que supone una Cámara de representación de todos los ciudadanos de nuestra Comunidad", asegura.

El entonces presidente de la Junta, Juan Vicente Herrera, junto a Manuel Estella, en una imagen de 2003

El entonces presidente de la Junta, Juan Vicente Herrera, junto a Manuel Estella, en una imagen de 2003 Rubén Cacho ICAL

Vázquez señala que, después de que dejara la Presidencia de las Cortes en 2003 se vieron "en varias ocasiones". "Recuerdo, con especial cariño, un encuentro que mantuvimos hace unos cuatro años en Salamanca", señala.

"Impulsó grandes consensos"

La exprocuradora socialista y vicepresidenta segunda de las Cortes durante la pasada legislatura, Ana Sánchez, asegura, en declaraciones a EL ESPAÑOL de Castilla y León, haber "sentido muchísimo" su fallecimiento y recuerda que "impulsó grandes consensos".

"Es una de esas personas que tienes la percepción de que siempre están ahí en las grandes celebraciones que tienen que ver con la Comunidad y que nunca van a desaparecer porque forman parte de los mismos símbolos de Castilla y León", destaca.

Y asegura que Manuel Estella era símbolo de "esa manera de hacer política en la que nunca jamás se perdían las formas y que hoy en día echamos tanto de menos".

"Fue determinante en la consolidación del Estatuto, en la gestión de llevarlo con los grupos parlamentarios, no faltaba jamás a una conmemoración del Estatuto, siempre lo llevó muy a gala y era de los primeros en llegar", recuerda.

Y destaca su importante papel "en la construcción de la Comunidad, en afianzar, fortalecer y asentar el papel del Parlamento autonómico". "No buscaba protagonismo político, pero era de esos convencidos de la fortaleza de las instituciones y la democracia", afirma.

Sánchez se muestra convencida de que la "impronta" de los mandatos de Estella al frente de las Cortes "llega hasta nuestros días".

"Es uno de esos hombres protagonistas del impulso de los grandes consensos sobre los que se ha construido la Comunidad. Un gran defensor de los símbolos de Castilla y León como forma de buscar un punto de unión común y de forma de convivencia", asegura.

La exvicepresidenta segunda de la Cámara recuerda que, en el plano personal, "era un hombre muy educado y que guardaba siempre las formas" y que "solo cruzó esa línea roja en una celebración del Estatuto".

Manuel Estella junto al actual presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, y la entonces consejera, Silvia Clemente

Manuel Estella junto al actual presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, y la entonces consejera, Silvia Clemente Rubén Cacho ICAL

"Yo llevaba una torera roja taurina y demostró ser un gran aficionado a la tauromaquia y fruto de que me vio la chaqueta estuvimos comentando como estaba la situación de la tauromaquia y las figuras de toreros en ese momento", comenta con cariño.

Sánchez asegura que su fallecimiento ha sido "una gran pérdida". "Lo lamento mucho y mi más sentido pésame a su familia, a sus amigos y a su familia política", señala, en declaraciones a este medio.

Solidez y altura de miras

La entrada de Estella en la política autonómica fue temprana y comprometida. Desde 1983, cuando se constituyeron las primeras Cortes democráticas, Estella ocupó un escaño como procurador por Salamanca, primero con Alianza Popular y después con el Partido Popular.

Ascendió con paso firme: presidió la Comisión de Economía y Hacienda entre 1983 y 1987, fue vicepresidente primero de la Cámara y, en junio de 1991, fue elegido presidente de las Cortes, cargo que desempeñó durante tres legislaturas completas hasta 2003.

Fue precisamente en esa etapa cuando las Cortes tenían su sede en el castillo de Fuensaldaña, la imponente fortaleza medieval a pocos kilómetros de Valladolid que, entre 1983 y 2007, albergó los debates, las tensiones y los consensos de la naciente democracia autonómica.

Imaginar a Estella presidiendo sesiones en aquellas salas cargadas de historia evoca una imagen casi novelesca: un jurista salmantino dirigiendo el Parlamento desde un castillo de llanura, símbolo perfecto de la solidez y la altura de miras que él quiso imprimir a la institución.

Aquellos años coincidieron con mayorías absolutas del PP en la Junta de Castilla y León. Muchos presidentes de asamblea, en contextos similares, podrían haber caído en la tentación de ejercer el cargo con un perfil más partidista. Estella, sin embargo, eligió otro camino.

El valor del diálogo

Su presidencia se distinguió por un talante profundamente conciliador. En un hemiciclo donde la mayoría podía imponerse con facilidad, él insistía una y otra vez en el valor del diálogo, del consenso y del respeto a las minorías.

Sus intervenciones en los plenos reflejaban esa filosofía: llamaba a recuperar el espíritu de consenso que hizo posible la Transición, defendía la tolerancia como principio rector y recordaba que los procuradores debían anteponer el bien común a los postulados partidistas.

Carlos Fernández Carriedo junto a Manuel Estella en las Cortes de Castilla y León

Carlos Fernández Carriedo junto a Manuel Estella en las Cortes de Castilla y León Eduardo Margareto ICAL

No era retórica vacía. Bajo su mandato se impulsaron acuerdos importantes, como avances en la ley de sedes institucionales, y se fomentó un ambiente en el que la oposición se sentía escuchada, aunque no siempre atendida en sus pretensiones.

Quienes lo conocieron destacan su capacidad para tender puentes sin renunciar a sus convicciones.

En una época en la que la política autonómica aún estaba fraguando su identidad, Estella actuó como un árbitro ecuánime, un moderador que entendía que la legitimidad de las Cortes no provenía solo de los votos mayoritarios, sino del respeto a todas las fuerzas representadas.

"El Parlamento es de todos"

"El Parlamento es de todos", repetía con frecuencia, y lo demostró en su forma de conducir los debates, en su atención a los procuradores de los grupos minoritarios y en su empeño por que las sesiones en el Castillo de Fuensaldaña transmitieran serenidad y altura institucional.

Tras dejar la Presidencia en 2003, Estella continuó sirviendo a la comunidad como consejero electivo del Consejo Consultivo de Castilla y León, donde aportó su experiencia jurídica y su visión mesurada hasta convertirse en consejero emérito.

Su retirada de la primera línea no supuso un alejamiento emocional de las instituciones que tanto ayudó a construir. Siempre mantuvo un cariño especial por aquellas sesiones en Fuensaldaña, escenario de sus años más intensos al frente de la Cámara.

La figura de Manuel Estella encarna una forma de entender la política que hoy, en tiempos de polarización, parece casi nostálgica: la del servidor público que antepone la institución al partido, el consenso al enfrentamiento y el largo plazo al titular inmediato.

No fue un político mediático ni buscó los focos. Prefirió el trabajo callado, el acuerdo discreto y la defensa cotidiana de las formas democráticas.

En un castillo centenario, presidió un parlamento moderno con la convicción de que la grandeza de Castilla y León residía precisamente en su capacidad para unir voluntades diversas.

Un legado de moderación

Su fallecimiento ha despertado un hondo pesar en toda la Comunidad. Políticos de distintos colores, instituciones y ciudadanos que vivieron aquella etapa coinciden en señalarlo como un servidor público ejemplar, un hombre de talante dialogante y un referente de moderación.

En Salamanca, su tierra natal, el duelo es especialmente sentido.

Quienes compartieron con él bancadas, pasillos o despachos del castillo recuerdan no solo al presidente, sino al compañero afable, al jurista preciso y al castellano y leonés convencido de que la autonomía debía ser un proyecto compartido.

Manuel Estella se marcha dejando tras de sí un ejemplo valioso: que incluso en épocas de mayorías cómodas, un presidente de Cortes puede y debe ser el presidente de todos.

Que un castillo medieval puede convertirse en símbolo de diálogo moderno. Y que la verdadera altura política no se mide en decibelios, sino en la capacidad de hacer que cada voz, por minoritaria que sea, se sienta parte de la misma casa común.

Castilla y León despide a uno de sus constructores institucionales más discretos y, quizá por ello, más necesarios.

Su legado perdurará en las paredes del que fue su parlamento, en los reglamentos que ayudó a moldear y, sobre todo, en la memoria de quienes valoran la política como arte de conciliar en lugar de dividir.