Una mesa electoral en Salamanca.
29-N: la política española necesita menos sacerdotes y más ciudadanos
España volverá a las urnas después de demasiados años de política convertida en trincheras. Sánchez pide confianza, Feijóo reclama el relevo, Vox aprieta desde la derecha y la izquierda vuelve a discutir consigo misma.
Desde esta atalaya del pueblo, alejado del mundanal ruido, se toman las cosas con más calma y con una perspectiva de la distancia.
Desde donde se puede observar que hay algo profundamente cansino en la política española: todos parecen tener razón y nadie parece tener la culpa. El Gobierno asegura que ha hecho mucho.
La oposición responde que lo ha hecho todo mal. La izquierda se mira al espejo y descubre que tiene demasiadas izquierdas. La derecha se mira en el mismo espejo y descubre que necesita a Vox para llegar donde quiere. Y en medio de semejante representación teatral está el ciudadano, que empieza a preguntarse si alguien ha tenido la delicadeza de preguntarle qué quiere.
El 29 de noviembre volveremos a votar en unas elecciones generales adelantadas. Y, sinceramente, quizá lo hagamos más cansados que ilusionados.
Pedro Sánchez tiene una virtud política indiscutible: sabe resistir. Ha resistido derrotas, crisis, críticas, socios incómodos, adversarios internos y pronósticos que lo daban por acabado. Pero resistir no es lo mismo que convencer. Y gobernar no consiste únicamente en sobrevivir.
Ese es uno de los problemas que la izquierda debería afrontar sin miedo: demasiadas veces se ha presentado la resistencia de Sánchez como si fuera, por sí misma, un proyecto político. No lo es.
Un Gobierno no puede pedir eternamente al ciudadano que valore lo que podría ocurrir si gobiernan los otros.
Tiene que explicar lo que ha hecho, lo que no ha hecho y lo que piensa hacer mañana. Y debe aceptar algo que parece haberse convertido en un pecado mortal en la política española: también puede haberse equivocado. Decirlo no debilita a un Gobierno. Lo humaniza.
Feijóo y el país que todavía está por explicar
Alberto Núñez Feijóo llega a estas elecciones con una oportunidad que quizá sea la más importante de su carrera política. Pero ganar a Sánchez, si es que lo logra, no basta. España no necesita un Gobierno cuyo principal argumento sea que el anterior era peor. Eso es oposición. Gobernar es otra cosa.
Feijóo tendrá que explicar qué España quiere construir y, sobre todo, qué precio está dispuesto a pagar para conseguirla. Porque una cosa es ganar las elecciones y otra muy diferente decidir con quién se gobierna. Y ahí aparece Vox.
La derecha española tiene una pregunta pendiente que no puede seguir escondiendo detrás de los porcentajes electorales: ¿hasta dónde está dispuesta a ceder para alcanzar La Moncloa? No es una cuestión menor.
Cuando una fuerza política necesita a otra para gobernar, la aritmética deja de ser una cuestión de calculadora y se convierte en una cuestión de principios. Vox ha entendido algo que otros siguen sin comprender. Vox ha comprendido perfectamente que la política moderna se alimenta de emociones. No necesita ganar todas las discusiones.
Le basta con conseguir que determinadas discusiones ocupen permanentemente el centro de la conversación. Inmigración. Identidad. Territorio. Seguridad. España. El adversario. El miedo.
Una votación en los inicios de la democracia.
Pero también se puede encontrar con el efecto contrario con sus soflamas populistas, como privatizar las pensiones –con cerca de 10 millones de pensionistas- o los viajes del Imserso, y en esto toca temas explosivos, como le gustaría decir a Figaredo, el heredero de la mina asturiana del mismo nombre.
La izquierda ha cometido muchas veces el error de responder a todo ello desde la indignación. Y la indignación, por sí sola, no gana una batalla política. Hay que responder con argumentos. Pero también con soluciones.
Porque cuando una persona tiene miedo de perder su empleo, de que las pensiones no suban, de no poder pagar un alquiler o de que sus hijos tengan menos oportunidades, no necesita que un político le explique que su miedo es moralmente incorrecto. Necesita que alguien le diga cómo piensa solucionarlo.
Y luego está la izquierda, peleándose consigo misma
La izquierda española tiene una enfermedad antigua: confunde la pureza con la eficacia. Se divide. Se reúne. Se vuelve a dividir. Cambia de nombre. Cambia de portavoz. Redacta documentos. Negocia listas. Y finalmente descubre que el ciudadano no estaba esperando ninguna de esas cosas. Estaba esperando soluciones.
No hay nada más triste que contemplar a dirigentes progresistas discutiendo durante meses sobre quién representa mejor a la izquierda mientras una parte de sus antiguos votantes ya ha decidido no representar a nadie.
La política no es un concurso de pureza ideológica. Es una herramienta para cambiar la vida de la gente. Y si la herramienta deja de funcionar, hay que arreglarla. No organizar una conferencia para explicar por qué el martillo tiene razón.
El gran fracaso: haber convertido al adversario en enemigo
Aquí está, a mi juicio, el problema más grave. España ha dejado de discutir con el adversario y ha empezado a deshumanizarlo. El otro ya no se equivoca. El otro es malo. Si vota a la derecha, es reaccionario. Si vota a la izquierda, es un radical. Si vota a Vox, es fascista. Si vota a la izquierda alternativa, es comunista. Si no vota, es irresponsable. Y si cambia de voto, es un traidor.
¿De verdad hemos llegado hasta aquí? Una democracia adulta no puede funcionar así. Porque una democracia necesita adversarios. Pero necesita adversarios que sigan siendo ciudadanos.
El país real está en otra parte
Mientras ellos discuten, hay una España que no sale en las tertulias.
Está en los pueblos. En las colas de los centros de salud. En las pequeñas empresas. En las universidades. En los polígonos industriales. En las residencias de mayores. En los barrios donde el alquiler se ha convertido en una amenaza. En las familias que hacen números antes de encender la calefacción. En los jóvenes que tienen estudios, trabajo y ninguna posibilidad de independizarse.
Y está también en esa España rural que escucha hablar de la España vaciada mientras ve cómo desaparecen servicios, comercios y oportunidades. A esa España no le interesa demasiado quién ha ganado el último debate televisivo. Le interesa llegar a final de mes.
Quizá el 29-N debería servir para algo mucho más sencillo que elegir un Gobierno. Debería servir para recordar a nuestros políticos que el poder no les pertenece. Se lo prestamos durante cuatro años. Con condiciones. Y podemos recuperarlo.
Ese principio debería estar escrito en la puerta de todos los parlamentos. Porque algunos dirigentes parecen haber confundido la victoria electoral con una licencia para no escuchar. Y algunos opositores parecen haber confundido su obligación de controlar con el derecho a incendiarlo todo. No.
La democracia no es eso. Democracia es gobernar cuando ganas. Controlar cuando pierdes. Y aceptar que mañana puedes estar en el otro lado.
No quiero una España con vencedores permanentes
Desde el centro izquierda no puedo ser equidistante entre políticas que considero sociales y otras que considero regresivas. Pero tampoco quiero una izquierda que necesite fabricar un enemigo cada mañana para justificar su existencia.
Quiero una izquierda capaz de gobernar sin pedir perdón por defender los servicios públicos. Una izquierda que hable de igualdad sin despreciar el mérito.
Que defienda al trabajador sin olvidar al pequeño empresario. Que proteja al inmigrante sin negar los problemas de la inmigración. Que defienda la España rural sin convertirla en una postal electoral.
Y que sea capaz de decirle a un ciudadano conservador: no comparto tus ideas, pero también quiero gobernar para ti. Eso sí sería política.
El 29-N no nos salvará nadie
Conviene decirlo antes de que comiencen los grandes discursos. Nadie va a salvar España. Ni Sánchez. Ni Feijóo. Ni Vox. Ni la izquierda alternativa. Ni las minorías nacionalistas. Ni siquiera nosotros mismos votando como si cada elección fuese la última oportunidad de la historia.
España no necesita salvadores. Necesita instituciones que funcionen. Políticos que cumplan. Gestores públicos preparados Oposiciones que controlen y dialoguen. Periodistas que pregunten. Y ciudadanos que no renuncien a pensar por sí mismos.
El 29 de noviembre podremos votar por miedo. Podremos votar por rabia. Podremos votar por costumbre. Podremos votar contra alguien. Podremos votar a favor de alguien. Pero quizá haya una opción más difícil y más incómoda: votar pensando en el día siguiente.
Porque el día siguiente llegará. Y entonces no habrá mítines. No habrá eslóganes. No habrá música de campaña. Solo quedará España. La de verdad.
La de los pueblos y las ciudades. La de los que tienen trabajo y la de los que lo buscan. La de los jóvenes y los mayores. La de quienes piensan como nosotros y la de quienes jamás lo harán. Y entonces descubriremos si quienes hoy prometen gobernarnos saben hacer algo más que ganar elecciones.
Por eso el 29-N debería ser algo más que una elección entre bloques. Debería ser una oportunidad para decidir qué clase de país queremos construir durante los próximos años.
Un país donde la vivienda sea un derecho efectivo y no una promesa electoral. Donde crecer económicamente sirva también para repartir mejor las oportunidades.
Donde los servicios públicos no dependan del código postal. Donde la España urbana y la España rural no parezcan dos países distintos. Donde ser español no obligue a escoger entre identidad y pluralidad. Y donde ganar unas elecciones no signifique que la mitad del país tenga que sentirse derrotada.
El 29 de noviembre no deberíamos votar únicamente contra alguien. Deberíamos votar a favor de algo. A favor de una España que vuelva a creer que la política puede ser útil.
De una democracia donde pactar no sea una humillación. De una izquierda que no tenga miedo a reconocer sus errores y de una derecha que no necesite exagerarlos para existir. Porque quizá el verdadero resultado que España necesita después del 29-N no sea simplemente quién ocupa La Moncloa.
Porque ganar una elección puede ser cuestión de votos. Gobernar un país es cuestión de responsabilidad.
Y de eso, después de tantos años de trincheras, España anda bastante más necesitada que de otra victoria. Y desde la atalaya de la distancia, y a estas alturas de la vida, sí tengo algo claro, a quienes no votaré, ¡ay!