Procesión de San Roque en las fiestas de Villarino de los Aires.
Fiestas con raíces
Cuando el pueblo se pone de fiesta, la tradición vuelve a casa. Porque una fiesta patronal es, ante todo, un viaje de regreso.
Hay lugares donde las fiestas patronales no necesitan presentación, como es el caso de muchos pueblos de La Ribera salmantina. Basta con que llegue el verano, que las campanas anuncien la víspera y que las calles comiencen a llenarse de pasos conocidos para que todo vuelva a ocupar su sitio.
En los pueblos, la fiesta no se escribe solamente en un programa municipal ni se mide por el número de actuaciones contratadas. Se reconoce en la memoria de las gentes. Porque una fiesta patronal es, ante todo, un viaje de regreso a las raíces.
Regresan quienes se marcharon hace años y vuelven durante unos días para reencontrarse con la plaza de su infancia, con la casa de los abuelos, con los amigos que la vida dispersó por otros lugares. Regresan las conversaciones de siempre, las fotografías familiares, las cuadrillas reunidas alrededor de una mesa y aquella sensación, difícil de explicar, de que el tiempo se ha detenido justo donde lo dejamos.
En muchos pueblos, las fiestas comienzan mucho antes de que estalle el primer cohete. Empiezan cuando alguien limpia la iglesia, cuando se engalana una calle, cuando las mujeres preparan los trajes para la procesión o cuando los más jóvenes empiezan a organizar las peñas.
Comienzan en la conversación de los mayores, que recuerdan cómo eran aquellas celebraciones de hace medio siglo, y en la curiosidad de los niños, que descubren por primera vez unos ritos que un día también contarán como propios. Ahí reside buena parte de su verdadera riqueza.
La tradición no es una pieza de museo. No permanece encerrada detrás de un cristal ni pertenece únicamente al pasado. La tradición respira cuando alguien la repite, cuando una generación la entrega a la siguiente y esta decide conservarla, transformarla o darle una nueva vida.
Por eso, en las fiestas patronales de nuestros pueblos conviven tiempos diferentes, aunque la raíz y la sangre sean las mismas.
Está la procesión, con el santo o la patrona recorriendo las mismas calles de cada año, bajo una lluvia de miradas y recuerdos al son del tamborilero. Están las campanas, que durante unos días parecen sonar de otra manera.
Encierro en las fiestas de Aldeadávila de la Ribera.
Está la banda de música que acompaña el paso solemne, el estandarte que se conserva desde hace décadas y las personas que cumplen con una promesa o caminan detrás de la imagen porque así lo hicieron sus padres y antes sus abuelos, como es el caso.
Y está también la fiesta profana, la que se encuentra en la plaza cuando cae la tarde y las sillas comienzan a ocupar las aceras. La verbena, que durante tantas décadas ha sido el gran escenario de la convivencia rural.
El lugar donde se cruzan generaciones, donde el abuelo escucha la música junto al nieto y donde los jóvenes esperan a que llegue la noche para convertir la plaza en territorio propio.
En los pueblos se baila al ritmo de una orquesta hasta que el día empieza a clarear. Y quizá ahí se encuentre una de las imágenes más hermosas de nuestras fiestas: la plaza iluminada, las ventanas abiertas, las mesas llenas y una música que se escapa por las calles mientras nadie parece tener prisa por regresar a casa.
Pero las fiestas son mucho más que música. Son el encierro y la plaza de toros improvisada. Son los juegos tradicionales que recuperan por unas horas a quienes aprendieron a divertirse sin pantallas.
Son las carreras, las cucañas, los concursos gastronómicos, las partidas de cartas, los campeonatos deportivos y las peñas que, con más o menos medios, ponen color y ruido a la celebración.
Son también la gastronomía. Cada pueblo tiene sus sabores y sus secretos. La comida de fiesta no es únicamente alimento: es un acto de pertenencia.
El guiso que se cocina lentamente, el asado que reúne a la familia, el dulce que solo aparece en determinadas fechas, el embutido de la matanza, el pan recién hecho o el vino compartido en la mesa. Recetas que han sobrevivido porque alguien decidió no olvidarlas.
En torno a una mesa también se conserva la memoria. Quizá por eso las fiestas patronales tienen una importancia que va mucho más allá del entretenimiento.
En pueblos que durante el resto del año luchan contra la despoblación, contra el envejecimiento y contra la distancia, las fiestas se convierten en una especie de latido colectivo. Durante unos días, las casas que permanecen cerradas vuelven a abrirse y las calles recuperan voces que el invierno se llevó.
El pueblo vuelve a ser pueblo. Y eso tiene un valor extraordinario. Porque hay una peligrosa tentación de convertir nuestros pueblos en pequeñas ciudades, de borrar aquello que los hace diferentes para ofrecer una imagen más moderna, más cómoda o aparentemente más atractiva.
Como decía en mi artículo anterior: se quiere el silencio, pero sin campanas. Se busca la naturaleza, pero sin tractores. Se desea el paisaje, pero sin ganado. Se habla de autenticidad, pero a veces se pretende eliminar precisamente aquello que la construye.
Las fiestas nos recuerdan que la identidad no se puede fabricar. Un pueblo tiene sentido cuando conserva sus historias, sus costumbres, sus sonidos y sus formas de encontrarse. Cuando sus tradiciones no son una obligación, sino una manera de reconocerse.
Cuando la procesión sigue teniendo significado para quien cree y también para quien simplemente la contempla. Cuando la verbena continúa siendo un lugar de encuentro. Cuando el joven que se marchó vuelve y descubre que todavía existe una parte de su vida esperándole.
Por eso, cada fiesta patronal debería entenderse también como un acto de resistencia. Resistencia contra el olvido. Contra la uniformidad. Contra esa idea de que todos los lugares deben parecerse para tener futuro.
Los pueblos no necesitan parecerse a las ciudades. Necesitan tener oportunidades, servicios, vivienda, empleo y comunicaciones. Pero también necesitan conservar aquello que no puede construirse con cemento: la memoria colectiva, es decir, sus raíces.
Y esa memoria se hace visible cuando llegan las fiestas. Está en el rostro de quien vuelve después de muchos años. En el niño que corre detrás de la charanga. En el anciano que reconoce una canción de su juventud.
En la mujer que guarda cuidadosamente un traje tradicional. En el hombre que vuelve a encontrarse con sus amigos de infancia. En las campanas que anuncian el comienzo de un día distinto.
Durante unas horas, las generaciones se dan la mano. Los mayores recuerdan. Los adultos organizan. Los jóvenes participan. Los niños aprenden. Y así, casi sin darse cuenta, un pueblo consigue que su historia continúe. Tal vez esa sea la verdadera esencia de las fiestas patronales.
No la pólvora, ni las luces, ni siquiera la música, aunque todo ello forme parte de la celebración. Su auténtico valor está en reunir a quienes estaban y a quienes regresan; en juntar pasado y futuro alrededor de una plaza; en demostrar que las tradiciones solo están vivas cuando alguien las celebra.
Cuando termina la última verbena y la plaza vuelve a quedarse vacía, cuando se desmontan las plazas de toros y las casetas y las calles recuperan su ritmo cotidiano, queda siempre algo flotando en el aire. Una canción que todavía parece escucharse a lo lejos. El eco de las campanas. El recuerdo de un chato compartido.
Y la certeza de que, mientras haya alguien dispuesto a regresar, a celebrar y a contar lo vivido, las fiestas seguirán siendo una de las formas más hermosas que tienen nuestros pueblos de decirle al mundo que todavía están aquí.
Como San Roque en mi pueblo, Villarino de los Aires, o la fiesta de Os Prazeres en Bemposta. Ese corazón dividido, ¡ay!