El pastor que olvidó el camino del rebaño

El pastor que olvidó el camino del rebaño Luis Falcón

Opinión

El pastor que olvidó el camino del rebaño

"Existe una peligrosa costumbre de querer transformar los pueblos para que se parezcan a las ciudades. Se desea el silencio, pero sin campanas. Se quiere naturaleza, pero sin tractores".

Publicada

El otro día, en una de las comidas que solemos realizar el grupo de amigos en Villarino, me contaron una historia que no necesita nombres porque se repiten demasiadas veces. Cambian los protagonistas, cambia el pueblo e incluso cambia la época, pero el argumento siempre termina siendo el mismo: alguien abandona la tierra buscando un futuro mejor y, cuando regresa, ya no reconoce aquello que un día formó parte de su vida.

Hace años, en un pequeño pueblo de la provincia de Salamanca, concretamente en Iruelos, en lo que se conoce como la España vaciada, un pastor de ovejas decidió marcharse a la ciudad. Como tantos otros, cambió el sonido de los cencerros por el del tráfico, el olor de la lana recién esquilada por el del asfalto caliente y los amaneceres en el campo por el horario de una fábrica. Era el tiempo en que el mundo rural parecía no ofrecer más horizonte que la emigración.

No fue el único. Durante décadas, miles de hombres y mujeres hicieron las maletas convencidos de que el progreso vivía detrás de los edificios altos y de las avenidas iluminadas. Los pueblos se quedaron sin juventud y las ciudades crecieron alimentándose de aquella silenciosa despoblación.

El pastor que olvidó el camino del rebaño

El pastor que olvidó el camino del rebaño Luis Falcón

Pasaron los años. El antiguo pastor prosperó, levantó una familia y, como ocurre tantas veces, comenzó a sentir la llamada de la tierra donde había nacido. Regresó para rehabilitar la vieja casa familiar. Quería disfrutar de la tranquilidad del pueblo, del aire limpio y de las noches en las que todavía se pueden contar las estrellas.

Pero el pueblo seguía siendo pueblo

Una mañana, mientras desayunaba junto a la ventana, pasó un rebaño de ovejas por la calle. Como había sucedido toda la vida. Los animales caminaban despacio, levantando una ligera nube de polvo, guiados por un pastor que conocía cada piedra del camino.

Alguna oveja dejó inevitablemente su rastro frente a la vivienda. Aquello bastó para que el antiguo pastor estallara.

El pastor que olvidó el camino del rebaño

El pastor que olvidó el camino del rebaño Luis Falcón

Protestó en el Ayuntamiento. Se quejó a los vecinos. Decía que aquello era una falta de civismo, que las calles debían permanecer limpias, que era inadmisible tener estiércol delante de su puerta. Los más viejos escuchaban en silencio.

Nadie entendía demasiado bien cómo quien había vivido media vida detrás de un rebaño podía escandalizarse por algo que había formado parte de su propia existencia. Él, que tantas veces había recorrido aquellas mismas calles con cientos de ovejas, parecía haber olvidado que el campo tiene sus propias reglas y que los pueblos no funcionan como una urbanización de ciudad.

La anécdota, que podría provocar una sonrisa, encierra una reflexión mucho más profunda. Existe una peligrosa costumbre de querer transformar los pueblos para que se parezcan a las ciudades.

El pastor que olvidó el camino del rebaño

El pastor que olvidó el camino del rebaño Luis Falcón

Se desea el silencio, pero sin campanas. Se quiere naturaleza, pero sin tractores. Se presume de paisaje, aunque molesten las vacas. Se aplaude la ganadería mientras no huela a ganado. Se admira al pastor en los documentales, pero incomoda encontrar un rebaño cruzando la calle. Queremos el decorado del mundo rural, pero no su realidad.

Sin embargo, esa realidad es precisamente la que mantiene vivos tantos municipios de Salamanca y de Castilla y León. Son los agricultores quienes cultivan los campos que luego admiramos desde el coche. Son los ganaderos quienes conservan los pastos, reducen el riesgo de incendios y sostienen una economía que, aunque muchas veces pase desapercibida, continúa siendo esencial.

Las ovejas no invaden el pueblo. Forman parte de él. El estiércol que algunos consideran una molestia fue, durante siglos, riqueza para las huertas y fertilidad para los campos. El sonido de los cencerros que hoy sorprende a algunos visitantes era, hace apenas unas décadas, el reloj cotidiano de nuestros mayores.

El pastor que olvidó el camino del rebaño

El pastor que olvidó el camino del rebaño Luis Falcón

Quizá el verdadero problema no sea que las ovejas pasen por delante de una casa. Tal vez el problema sea que hemos perdido la memoria. Porque quien olvida de dónde viene termina creyendo que la historia empezó el día en que regresó al pueblo con el coche lleno y las prisas vacías.

Los pueblos necesitan nuevos vecinos. Necesitan que regresen quienes un día se marcharon. Necesitan niños en las escuelas, comercios abiertos y calles con vida. Pero también necesitan respeto por aquello que siempre los hizo diferentes. No se puede amar un pueblo solo los fines de semana, en las vacaciones de verano o las fiestas patronales.

Quien vuelve debe comprender que el campo sigue respirando al ritmo de las estaciones, que un tractor madruga más que cualquier oficina, que un gallo no conoce festivos y que un rebaño no pide permiso para cruzar la calle por la que lleva pasando generaciones enteras.

El pastor que olvidó el camino del rebaño

El pastor que olvidó el camino del rebaño Luis Falcón

Aquellas ovejas que dejaron unas boñigas frente a la puerta no hacían otra cosa que seguir el camino de siempre. Quizá quien había cambiado de camino era el hombre que un día fue pastor y, sin darse cuenta, terminó olvidando el lenguaje de la tierra que le enseñó a caminar. Como la vida misma, ¡ay!