De viaje por Sayago (Zamora).
Sayago, donde el tiempo camina despacio
Sayago no es una comarca cualquiera para mí. En sus pueblos pasé incontables jornadas durante aquellos años en los que las fiestas populares marcaban el calendario de la ilusión. Fueron tiempos de recorrer carreteras secundarias en busca de verbenas, encierros, romerías y encuentros con amigos.
Hay lugares a los que uno no vuelve por casualidad. Lugares que permanecen escondidos en algún rincón de la memoria y que, de pronto, una tarde cualquiera, reclaman su derecho a ser visitados de nuevo.
Eso me ocurrió hace unos días, ahora como ‘amo’ de mi tiempo, con Sayago –limítrofe con mi pueblo-, una comarca zamorana que forma parte de mi biografía sentimental y que, cada vez que la recorro, me devuelve imágenes de una España que parece empeñada en desaparecer.
Era una de estas tardes de prematuro verano en las que el calor cae sobre la tierra como una losa. El termómetro superaba con holgura los treinta y cinco grados y el aire parecía inmóvil, detenido sobre los campos.
Ni siquiera los lagartos, habituales dueños de peñas y paredones, se atrevían a abandonar sus escondites. Todo invitaba a buscar refugio, pero el recuerdo de aquellos caminos recorridos durante la juventud pudo más que la prudencia.
Sayago no es una comarca cualquiera para mí. En sus pueblos pasé incontables jornadas durante aquellos años en los que las fiestas populares marcaban el calendario de la ilusión. Fueron tiempos de recorrer carreteras secundarias en busca de verbenas, encierros, romerías y encuentros con amigos.
Tiempos en los que cada pueblo tenía una historia que contar y cada plaza se convertía en escenario de una celebración distinta. Además, en Almeida de Sayago permanecen algunas de mis raíces familiares, razón suficiente para que esta tierra conserve un lugar privilegiado en mi memoria.
Tras almorzar en Villarino de los Aires emprendí el camino de Sayago sin demasiada prisa. Tomé la carretera de la presa de Almendra y me interné poco a poco en el corazón de la comarca.
El paisaje comenzó a desplegarse ante mí con esa mezcla de austeridad y belleza que caracteriza a este territorio. Grandes afloramientos graníticos emergían entre los campos como si hubieran brotado de las entrañas de la tierra.
Los muros de piedra –declarados patrimonio- delimitaban parcelas donde apenas sobrevivían algunos rebaños y el horizonte parecía extenderse hasta el infinito bajo una bóveda azul cegadora.
Mientras avanzaba pensé en cuánto habrían cambiado aquellos pueblos desde mis últimas visitas. Imaginé nuevas infraestructuras, servicios renovados y carreteras dignas de los tiempos actuales. Al fin y al cabo, han pasado décadas desde que recorría estos mismos caminos en busca de fiesta y aventura.
Sin embargo, la realidad se encargó pronto de rebajar mis expectativas.
Al llegar a la zona de Pinilla y continuar hacia Muga de Sayago me encontré con una carretera que parecía olvidada por el tiempo. El asfalto, cuarteado y deformado, se transformaba en una interminable sucesión de baches, socavones y remiendos.
Cada kilómetro obligaba a reducir la velocidad y a sortear obstáculos que convertían la conducción en una prueba de paciencia. No se trataba únicamente de una cuestión de comodidad.
Aquella vía representaba, de algún modo, el abandono que padecen tantas zonas rurales. Resultaba difícil comprender cómo una comarca de semejante valor paisajístico y cultural podía mantener unas comunicaciones tan precarias.
En algunos tramos daba la impresión de que los años habían pasado de largo y de que el progreso se había detenido mucho antes de llegar hasta allí.
Pero es que unos días atrás me ocurrió lo mismo con la carretera que une Moralina de Sayago con Villadepera, la que baja al Puente de Requejo y llega hasta Pino del Oro. Una zona espectacular de cortados cañones graníticos que se incrustan en las mansas aguas del Duero, y que, por ello, atesora una espectacularidad natural sin parangón.
Pero ¡ay! el firme de la carretera. Pero no solo Sayago, sino también Arribes salmantinas en el cruce de Trabanca, baches que ahuyentan al visitante.
Pero Sayago tiene la extraña virtud de hacer olvidar rápidamente cualquier contratiempo. Bastaba bajar la ventanilla para que el paisaje recuperara todo el protagonismo. El aire caliente arrastraba aromas de tomillo, jara seca, brezo y tierra quemada por el sol. Olores antiguos, casi primitivos, que hablan de veranos interminables y de una naturaleza acostumbrada a resistir.
A ambos lados de la carretera se extendía un océano de tonalidades ocres. El campo, castigado por la sequía, ofrecía una imagen áspera y hermosa a la vez. Aquí y allá aparecían encinas solitarias, guardianas silenciosas de un territorio que parece haber aprendido a sobrevivir con lo imprescindible. También dos mastines silvestres, abandonados ni se sabe por qué pastor ni en qué pueblo.
Sobrevolando los campos podían verse buitres, águilas y milanos que aprovechaban las corrientes térmicas para mantenerse suspendidos en el aire. Desde las alturas observaban un paisaje que apenas ha cambiado en siglos. Eran los auténticos dueños de aquel inmenso escenario de roca, pastizales y horizontes abiertos.
Cuando finalmente llegué a Muga de Sayago sentí cierta satisfacción por haber completado el trayecto sin consecuencias mecánicas. El pueblo descansaba bajo el calor de la tarde, envuelto en ese silencio característico de los lugares donde apenas queda tráfico y donde el paso de las horas sigue marcado por el sonido de las campanas.
Desde allí emprendí camino hacia Fariza. Y fue entonces cuando apareció otra cara de Sayago.
Fariza, como también Formariz, constituyen un ejemplo admirable de cuidado y respeto por el entorno. Las travesías están adornadas por pequeños jardines que aportan color y frescura al conjunto urbano.
Las viviendas más recientes conviven armoniosamente con las construcciones tradicionales de piedra, creando una imagen de equilibrio que resulta difícil encontrar en otros lugares.
Pasear por sus calles permite comprender el esfuerzo de quienes han decidido permanecer. Porque vivir en estos pueblos exige una voluntad que va mucho más allá de la simple residencia.
Significa resistir frente a la despoblación y la ausencia de servicios elementales, mantener vivas las tradiciones y defender una forma de vida que muchos consideran ya perteneciente al pasado.
Continué mi recorrido observando los detalles que suelen pasar desapercibidos para quienes viajan con prisa. Un antiguo cigüeñal oxidado emergía entre la maleza como un monumento involuntario a la agricultura tradicional. Más adelante descubrí un viejo pozo de piedra.
Me acerqué hasta él y me incliné sobre el brocal. Desde el fondo ascendía una corriente de aire fresco que contrastaba con el calor abrasador del exterior.
Aquel instante me transportó directamente a la infancia. Recordé los veranos de otros tiempos, cuando el agua se sacaba del pozo y se conservaba en cántaros de barro. Recordé las tardes interminables bajo la sombra de los árboles y la sensación de libertad que acompañaba a aquellos días sencillos.
No muy lejos aparecieron varios grupos de álamos. En una comarca dominada por la piedra y la sequedad, estos árboles parecen pequeños milagros. Sus copas ofrecían manchas de sombra sobre el terreno y su presencia anunciaba la proximidad del agua.
Alguna charca daba constancia de la necesidad del agua para sobrevivir en estas tierras duras, y practicar la pesca de la tenca. Son refugios para el viajero y símbolos de una naturaleza que todavía se resiste a desaparecer.
Sayago comparte con Aliste, La Ramajería, Sanabria, Trás-os-Montes y algunos rincones de Arribes una condición especial. Son territorios que permanecen al margen de las grandes corrientes del desarrollo moderno.
Lugares donde aún es posible escuchar el silencio, observar el vuelo de las aves rapaces o contemplar una puesta de sol sin la interferencia del ruido urbano.
Quizá por eso cada viaje por estas tierras tiene algo de regreso al pasado. No se trata de nostalgia vacía, sino de la constatación de que todavía existen espacios donde sobreviven valores que la sociedad contemporánea parece haber olvidado.
La paciencia, la cercanía, el respeto por la naturaleza y la capacidad de disfrutar de las cosas sencillas.
Viajar por Sayago es recordar a nuestros mayores. Es imaginar a los abuelos regresando del campo con el mulo cargado de hierba. Es ver a las mujeres caminando hacia el pozo con el cántaro sobre la cabeza. Es escuchar los cascabeles de las cabras de vuelta al pueblo.
Son las ovejas a las que les cuelga la lana y el pastor con el cordero recién nacido al brazo. Es oír conversaciones al fresco durante las noches de verano y sentir que el tiempo transcurre de una manera distinta.
Mientras regresaba a casa en Villarino –ahora mi residencia fija en La Ribera salmantina- pensé que estas tierras del Duero fronterizo continúan siendo uno de los grandes tesoros ocultos de Castilla y León. Un territorio de enorme belleza, rico en historia, tradiciones y paisajes, que sigue esperando una atención que nunca termina de llegar.
Porque Sayago no necesita grandes artificios para cautivar al visitante. Le basta con ofrecer lo que ha ofrecido durante siglos: sencillez, piedra, horizonte, silencio y memoria. Quizá por eso quien la recorre una vez siempre termina regresando. Aunque sólo sea para comprobar que, pese al abandono y al paso de los años, el alma de esta tierra sigue intacta. ¡Ay!