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Opinión

Castilla y León: cambiamos de todo… menos el voto

"El riesgo no es la polarización, sino la indiferencia", asegura Luis Falcón.

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Castilla y León vuelve a las urnas el 15 de marzo con la tranquilidad de quien sabe que, pase lo que pase, todo seguirá más o menos igual. Esa es, quizá, la mayor victoria del sistema político autonómico: haber convertido las elecciones en un trámite administrativo, no en una decisión de rumbo. Si algo nuevo acontece, es saber hasta qué punto la fuerza de extrema derecha, Vox, condiciona el devenir del Gobierno Mañueco.

Durante años se ha vendido la estabilidad como virtud suprema, no hace falta echar la vista atrás no hace mucho tiempo, concretamente en los gobierno Herrera. Y lo fue. Pero la estabilidad prolongada sin resultados acaba pareciéndose demasiado al estancamiento. Mientras la comunidad pierde población, peso económico y voz propia, la política regional se aferra a un discurso que suena a eco: promesas de reequilibrio territorial, defensa del medio rural y apelaciones constantes a una identidad que no logra traducirse en oportunidades reales, sobre todo para los jóvenes, abocados, en la mayoría de las ocasiones, a emigrar o vivir con los padres ante la falta de una política de vivienda seria y popular.

La despoblación se ha convertido en una coartada perfecta. Sirve para justificarlo todo y para no asumir casi nada. Se invoca como fenómeno inevitable, casi natural, cuando en realidad es el saldo visible de décadas de decisiones tibias, inversiones dispersas y una falta alarmante de proyecto. No se gobierna un territorio vaciándose con declaraciones solemnes, sino con políticas incómodas y prioridades claras. Y eso, aquí, ha escaseado.

La campaña avanza con un guion previsible: mucho ruido nacional y poca conversación sobre Castilla y León. Los problemas reales —servicios, infraestructuras, empleo cualificado, envejecimiento— quedan sepultados bajo consignas importadas. La comunidad no marca agenda; la recibe. No propone; reacciona. Y así resulta imposible construir una autonomía con voz propia.

La oposición, mientras tanto, se mueve entre la crítica automática y la indefinición estratégica. Cuesta distinguir qué modelo alternativo se ofrece más allá de la alternancia por desgaste. El votante percibe el vacío: cambiar nombres para mantener inercias no es exactamente una revolución democrática.

El riesgo no es la polarización, sino la indiferencia. La abstención crece no por desafección ideológica, sino por hartazgo práctico. Muchos ciudadanos no dudan entre opciones; dudan de que su voto sirva para algo más que legitimar la continuidad.

Castilla y León parece atrapada en una paradoja cruel: presume de historia mientras renuncia al futuro, reivindica territorio mientras lo vacía, y pide confianza mientras evita la autocrítica. Gobernar así es cómodo, pero caro. Muy caro.

El 15 de marzo no decidirá solo quién gobierna, sino si la comunidad está dispuesta a salir del piloto automático. Porque seguir como hasta ahora no es neutral: es elegir, conscientemente, quedarse atrás, ay!