Todavía no nos habíamos acostumbrado a esa sensación. Una incertidumbre tasada en hojas de calendario. El domingo, el mundo se acababa en siete años. El 22 de diciembre de 2032, para ser exactos. Un día de la Lotería de Navidad sin sorteo en el Teatro Real para no dar el premio más triste de la historia de la humanidad. No se me ocurre peor manera de morir que justo después de que un niño nervioso de San Ildefonso cante El Gordo, sea tu número y sepas que la fortuna jamás llegará a engordar tu cuenta corriente. Aunque, si algo es la vida, es cruel, y a veces utiliza a la suerte para cosas peores.
Ese diciembre de 2032 jamás sería Navidad. En vez de Adviento, celebraríamos Cuaresma, y el más ateo de Podemos rezaría por la resurrección. Hasta el pasado domingo, habían marcado el apocalipsis para un miércoles. Qué mal viene extinguirse a mitad de semana. Nos imagino, siete años más viejos y supongo que felizmente resignados, girando la cabeza como los diplodocus de los documentales mientras surca el cielo un asteroide en llamas, que no es estrella de Belén porque, en vez de señalar la esperanza, desatará la muerte al impactar contra la Tierra. 2024 YR4 se llama la roca estelar. Pero ya nada.
Hace unas horas que la NASA volvió a desfigurar el futuro. A descomponerlo en miles de posibilidades confusas que ir construyendo o destruyendo desde el presente. La probabilidad de colisión del asteroide, que llegó a alcanzar el 3 %, cae al 0,001 %. Así que 2024 YR4 deja de interesarnos y se une a la larga lista de apocalipsis frustrados de los libros de Historia. Cada vez que eso ocurre, siento en lo más profundo un leve cosquilleo, como si la ciencia volviera sin querer a dejarle de nuevo un espacio estrecho a la duda, que viene a ser lo mismo que la fe.
Estas tres semanas con la Tierra sentenciada hemos sido afortunados. El omega era de piedra y fuego, bien parecido a lo que describen los textos más antiguos de todas las civilizaciones. Todo encajaba. Casi tocamos, de verdad, el final de la historia. Casi fuimos desahuciados por un desastre terminal que nos daba los días contados. Con el cataclismo esperando, dicen que se aprende a vivir en serio. Cuando el futuro existe, el presente es un regalo.
Pero la orgullosa humanidad que hemos construido y mantenemos en equilibrio entre la catástrofe y la supervivencia es veloz y caduca. Tan soberbia y desechable que hasta los titulares del universo enseguida se nos quedan viejos en este punto azul pálido, según lo describió Carl Sagan. Esto no es Chichén Itzá ni los papeles de Nostradamus. No nos iba a durar la preocupación siete años. Ninguna certeza se aguanta.
A nuestra lista de hazañas, que incluye pandemia global y guerras cercanas, podemos sumar esta gesta. Vivimos un tiempo en el que el futuro existió tres semanas.