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Es la hora de los mirlos y los humanos

Alcaudón real.

Alcaudón real. Commons.

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Es la hora de los mirlos y los jilgueros que a las cuatro amanecen para traer los trinos que anuncian un día despejado de dudas y certezas. Las bombillas siguen iluminando una noche que aún persiste en su densa oscuridad y en su negrura.

Ya han florecido los cerezos y anuncian abundante cosecha si la escarcha matutina lo permite. Los gorjeos de pinzones y petirrojos se intensifican, es su tiempo de llamar a la pareja de atraerla para procrear.

Esta tierra de nadie, este tiempo de nadie que manejan los pájaros pequeños con soltura, es donde prospera la música de las aves aquella que después van a intentar emular la flauta de pico y de pan, aquella que los compositores clásicos escuchaban como inspiración y que trataron de copiar en partituras.

Es la hora de los mirlos dueños de los jardines donde pregonan y avisan de que este territorio les pertenece, por eso eligen la copa del árbol más alto para imponer su trino y difundir mensajes, apenas contestados por otras aves de menor tamaño, que también reivindican la luz del día.

Entretanto los humanos tienden en colchones solos o abrazados a sus sueños y ensoñaciones, ajenos al jolgorio de la naturaleza, ajenos a estas melodías que inundan el aire y dejan caer en las calles notas arrancadas del pentagrama.

Entretanto los hombres reponen el desgaste de sus cuerpos, tributo obligado de la existencia, precio que se abona a diario para sobrevivir, y que marca los límites, las severas dependencias y el desvalimiento de la condición humana.

Es aún la hora de las sombras, la de las almas en pena, la de las procesiones del espíritu que no encuentra descanso y que ya sin velas ni velones se alejan de la ciudad.

Es la hora de los escritores, su tiempo de diana, la hora del café en que teclean en teclados mudos nuevas historias y la fantasía que desplieguen obedece como esclava al príncipe y principio de lo vivido, analógico o real.

Es la hora de los mirlos que de pronto han parado y han dejado un espacio al silencio para tranquilizar a la noche antes de que sea sorprendida por el día, antes de que comiencen a circular los primeros camiones y rompan, a golpe de motores, la quietud y la calma.

Este impasse puede hacer cambiar la temperatura, adentrar la lluvia o atraer el sol del amanecer, mientras avisa a la luna que su tiempo, por hoy acaba, y que debe empezar a pensar en retirarse, al menos algunas horas.

Es la hora de los mirlos que suenan cada vez más lejanos y alejados como si tras la función quisieran retirarse a descansar, una vez obtenido el favor de su público animal o inanimado, recogidos los aplausos que descuelgan del batir de hojas de árboles perennes y de los tiernos haces del envés que ahora nacen.

Es un tiempo de silencio que la tierra aprovecha para meditar, antes de que suenen las sirenas de la actividad humana y todos corran a sus trabajos, y los suelos se llenen de pasos, y todo se someta a la ruptura del equilibrio natural causada por los póngidos que amenaza, con sus conceptos de progreso y su procreación ad infinitum, la vida de Gaia.

Es un tiempo de silencio previo al ejercicio de la estupidez humana que pone en riesgo con su proliferación de culturas y comportamientos descerebrados la vida de las plantas, de los animales racionales e irracionales. Las guerras, las religiones incapaces de asumir la diversidad, las ambiciones que fijan la felicidad en la posesión de lo material y lo pecuniario, y el poder ejercido por psicópatas, que gobiernan, para nuestra desgracia, la mayor parte de los países de la Tierra.

Es el tiempo de los corderos, de los indiferentes, y de los cobardes que no se meten en nada y quieren continuar con su vida como si nada ocurre, ajenos en su ceguera, o en su comodidad, al principio de realidad que, desde hace tiempo profetiza la muerte anunciada, y que siguen en manada, las consignas de quienes les desprecian, encuadrándose en banderías políticas, religiosas, nacionales y culturales que les enfrentan y en los que son víctimas propiciatorias.

Es el tiempo de los valientes, de los innovadores, de las personas conscientes de los retos de una humanidad globalizada que nos llama a superar las diferencias, a acabar con la violencia producto de religiones, ideologías y políticos que nos enfrentan, y trabajar juntos, con ética, con fe, con la ciencia y con la razón, para superar la pandemia, para equilibrar el desarrollo entre los países del mundo, para tolerar a los tolerantes, y para que ciudadanos abiertos a cambios drásticos tomen el poder.

Sí, ya es tiempo de cuidar del planeta, porque ya ha amanecido y no se escuchan los mirlos, ni los jilgueros, ni el petirrojo, y ninguna avecilla volandera está dispuesta a hacer hoy nuestro trabajo.