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Ana, bendecida por Dios

Fotografía cedida por Carmina Hernández.

Fotografía cedida por Carmina Hernández.

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Ana. Desde que supimos que eras niña decidimos ponerte ese nombre, como tu abuela paterna. Del mismo modo procedimos hace seis años con tu hermana Carmen, llamada así por su abuela Carmina. Siempre me han gustado los nombres clásicos, más aún si tienen un peso histórico o bíblico, como es tu caso. Pero impulsada por la curiosidad quise indagar más, hasta llegar al significado primigenio: Ana, bendecida por Dios. Meses después comprendimos que no podías llamarte de otra manera, tu nombre cobró el mayor de los sentidos.

En agosto de 2019 nos enteramos de que estabas en camino. Tu concepción nos llenó de ilusión desde el primer día. Ya éramos muy felices con tu hermana, pero aumentar la familia nos colmó de una dicha infinita. Fue un embarazo fantástico, sin ningún contratiempo, pleno de actividad y compartido con toda la gente que nos quiere.

A partir de enero los medios de comunicación comenzaron a informar sobre la Covid-19, enfermedad provocada por un virus desconocido que podía ser letal y de la que no teníamos vacuna. Por aquel entonces parecía algo muy lejano, focalizado principalmente en China. Pero la situación fue empeorando progresivamente, llegando a un terrible mes de marzo en el que fuimos uno de los territorios más afectados por el coronavirus. Europa se convirtió en el epicentro de la pandemia cuando sólo me quedaba un mes para salir de cuentas. Quién se iba a imaginar este contexto en tu nacimiento, este mal sueño en el que inesperadamente nos vimos abocados.

Debo reconocer que en aquellos días de marzo el desasosiego entró por la puerta de casa. La primera semana de confinamiento se vio salpicada de dudas e inquietud, una inevitable zozobra perseguía nuestro espíritu. Era imposible retroceder y evitar esta locura.

Pero esa desazón marcó sólo el principio, ya que tu hermana, papá y yo decidimos ser más fuertes que nunca. No podíamos cambiar el atrezo del escenario en el que nacerías, pero sí seríamos capaces de transformar nuestra actitud y modificar la perspectiva. En esa tesitura recuperamos la positividad que siempre nos había caracterizado.

Es por ello que en medio de este caos, nos llenaste de luz. Que pese al confinamiento, nos sentimos siempre acompañados. Que ante el desconsuelo, fuiste simiente de esperanza. Que coloreaste un planeta en escala de grises. Que fuiste melodía alejándose del llanto. Que frente al dolor, te abriste paso a la vida.

Naciste en Melilla el 23 de abril de 2020, cuando el coronavirus nos azotaba con fuerza. Fue un parto diferente, con mascarilla, guantes, control de temperatura y sin visitas, pero con el mejor personal sanitario. Llegaste en pleno confinamiento, durante un estado de alarma que marcó un punto de inflexión en nuestras vidas. Muchas personas se interesaron por nosotros, mostrando una empatía que arropaba en la distancia.

Tres días después de tu alumbramiento nos permitieron salir a pasear una hora cerca de nuestra vivienda. Familiares y amigos no pudieron conocerte hasta dos semanas después, cuando comenzó la desescalada. Aquellas visitas se convirtieron en emocionantes reencuentros, unas quedadas en casa, parques, plazas y terrazas compartidas con nuestros imprescindibles y envueltas en sentimientos. Algunos de esos reencuentros tardaron en llegar por miedo a contagiarte. Otros muy esperados nunca se produjeron. Así reaccionamos los humanos ante situaciones adversas, sacando lo mejor y lo peor que llevamos dentro.

Hija mía, has comenzado a socializar observando medias caras, con un roce limitado a las personas más cercanas, en una burbuja social de abrazos a medias y sonrisas veladas. Mas eres capaz de regocijarte, de reírte a carcajadas mirando nuestros ojos, de interpretar esta anómala realidad como una especie de juego, de intentar echarte a los brazos de cada persona que se cruza en tu camino. Día a día nos encandilas sin límites, mostrando un carácter risueño que nos recuerda a tu hermana y nos endulza de ternura cada jornada.

Hoy por hoy vivimos la “nueva normalidad” procurando que sea lo más normal posible. Adoptando todas las precauciones razonables, pero sin caer en la insensatez de ahogaros en un sinsentido. Tenemos que protegeros del virus, pero también necesitáis continuar con vuestro desarrollo socioafectivo, y en esa lucha por conseguir el equilibrio entre maduración y salud nos encontramos desde hace meses. Tu hermana y tú merecéis disfrutar de este mundo, aunque esté patas arriba.

Solo le pido a Dios que volvamos a ser lo que fuimos. A besarnos sin miedo, a abrazarnos con fuerza, a sonreír sin filtros y a desterrar el temor. Porque esa es la realidad en la que quiero que vivas y la que, pese a las circunstancias, estoy intentando transmitirte.

Querida Ana, llenaste de fortuna a tu familia en el peor de los momentos. Tú, como tantos niños y niñas nacidos en el 2020, has bendecido la tierra en uno de sus capítulos más tristes. Que la vida os proteja ahora y siempre.