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Conclusiones precipitadas

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Ya no quedan políticos como Julio Anguita o como José Mujica, como aquellos que comprendieron que la libertad se basa en la consciencia individual, y que esta, a su vez, no se comprende si no están cubiertas las necesidades más básicas del ser humano. Uno solo se puede resguardar en la sobriedad de la libre consciencia cuando no tiene que luchar por aquello que le permite vivir, cuando nos vemos obligados a luchar por todo aquello que nos hace estar dónde estamos, se nos hace imposible detectar lo que nos deforma, se nos hace imposible, en definitiva, reprimir muchos de nuestros insanos instintos. La comodidad posmoderna ha acabado con todos aquellos que, a base de basto razonamiento, tuvieron que abrirse paso hacia hacia la libertad, hacia el rechazo de la ostentación, hacia el conocimiento puro e individual.

Ya no quedan reflexiones como la del expresidente uruguayo, José Mujica, un hombre que, tened por seguro, tiene muy presente los principios del conocimiento evolutivo y antinatural, los principios de los primeros avances progresistas, los derechos y obligaciones. Las reflexiones del uruguayo incidían en la necesidad de crear una estabilidad económica respecto al 3º mundo, lejos de tener un pensamiento ansioso y colectivo, el hombre gozaba de una pura consciencia individual, sabe que su propia libertad depende del conocimiento grupal, del conocimiento individual del resto, la masa necesitada de lo básico, movida por sus instintos, sería incapaz de establecer una relación con lo que los hace libres y, esto, afecta directamente al consciente mediante, por ejemplo, la concepción emocional y primaria de lo justo.

Ya no quedan perfiles como el de Julio Anguita, perfiles que no ejercían un papel, sino un oficio, que se reafirmaban en su carácter a través de la detección, ya natural, de todo lo ajeno a lo que les corresponde. Julio Anguita aceptaba lo obligado y ocioso por medio de la pura consciencia continua, evitaba las deformaciones de lo impuesto, sabía la razón por la que podía ejercer su libertad sin alteraciones, la cobertura de sus necesidades básicas. Por todo ello actuaba desde la admirable racionalidad antinatural, por todo ello volvió a ser maestro.

Ahora, sumergidos en la dimensión posmoderna, abstracta, ansiosa y deseosa, la valiente racionalidad que se interpreta mediante la suplencia básica ha quedado totalmente sepultada. Con la estabilidad que otorga la impregnación superficial de la democracia en occidente, la interpretación madura y suplidora de lo político entorno a una búsqueda organizativa y racional de lo justo y evolutivo ha quedado reducido al juego de división establecido a través de la pertenencia simbólica impuesta por el capitalismo, la conversión de la necesidad en deseo aprovechando el proceso de confusión y deformación de la búsqueda del éxtasis en momentos de estabilidad occidental.

El carácter estructurado y tradicional de lo "político-práctico" (la organización evolutiva entorno a la consciencia de lo necesario tras la introspección) y su particular ocupación y entendimiento del carácter social organizativo como planteamiento de una solución adecuada a lo inestable ha quedado totalmente eclipsado por la distorsión globalista de la inclusión virtual del avance posmoderno, el panorama ha quedado reducido a la búsqueda del éxtasis dentro de la estabilidad de la pobre impregnación democrática a la que está sometida occidente, la desestructuración tradicional ocasionada por la globalización posmoderna ha provocado la alteración de los límites de lo excesivo y legal, de lo revolucionario y de lo correcto, ahora se busca la exaltación a través de una transformación infantil producto de la nueva ocupación adulta de una sociedad posmoderna, globalista y desestructurada.

La división dimensional identitaria de los tiempos modernos y la percepción social obtenida desde el desarrollo tecnológico suponen los problemas de antaño, suponen una intranquilidad serena, la predominancia identitaria virtual sumada a la estabilidad superficialmente democrática occidental dan lugar a la proyección desordenada y puerilmente idealizada de algo que dista mucho de aproximarse a la imparcialidad, se trata de una inconsciente e inevitable decadencia. Los tiempos han cambiado, pero las necesidades siguen siendo las mismas, al fin y al cabo, somos seres humanos, ¿No?.

Este desarrollo de interacción social a partir del alcance identitario posmoderno da paso a una infantilización perpetua, el desempeño colectivo basado en la comodidad occidental supone el desinterés por la verdadera obra política, la carencia de introspección. No esperemos que contrasten mediante la lectura, que cuestionen o que establezcan relaciones con firmeza, todo ha quedado sepultado, ya nada es verdad.