Opinión

Las Troyanas

Imagen de una representación del caballo de Troya.

Imagen de una representación del caballo de Troya.

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Eurípides, a pesar de ser un innovador, supo dar al pueblo griego aquello que más demandaba, tragedias. No en vano se dio a la fama al vencer en algunos de los concursos teatrales que Sófocles convocaba en Atenas. Tuvo la habilidad de presentar unos personajes más auténticos y naturales que sus predecesores, además de sembrar la duda acerca de la existencia de los dioses. Siempre fue independiente en su forma de pensar e incluso dicen que se aislaba, cada vez que escribía, en una cueva junto al mar.

Se cree que fue autor de noventa obras, si bien hasta nuestros días han llegado tan solo diecinueve: dieciocho tragedias y una comedia. En Las Troyanas, Eurípides nos muestra el último día de la ciudad de Troya, la cual ha sido invadida y saqueada. Sus mujeres esperan el trágico desenlace de ser sorteadas como esclavas. La acción en la obra viene determinada desde fuera, mediante las órdenes que transmite el heraldo de los aqueos, Taltibio, mostrando de esta manera los horrores de la guerra, tanto para los vencidos como para los vencedores.

Cada época tiene su guerra. Desde que tuvimos la capacidad de unirnos y cooperar, justo desde ese momento, fuimos conscientes del poder de la fuerza. En todos los conflictos siempre son los más perjudicados las mujeres y los niños, los más vulnerables. En Las Troyanas ya Eurípides nos lo hizo ver, ahora lo comprobamos a diario en las emisiones de los informativos mientras nos quejamos de lo salada que está la sopa y de lo dura que se está poniendo la vida para pasar a continuación a debatir hasta náusea la polémica jugada de fútbol que dio el triunfo al equipo visitante.

Pero las Hécubas de este mundo, seguirán gimiendo de dolor por los crímenes y atrocidades que sufren en sus carnes en las distintas guerras, repartidas por todo el planeta, volviendo a ser sorteadas, violadas y asesinados sus hijos ante la pasividad y el clamoroso silencio de quienes lo presenciamos mientras bostezamos en el sillón sin llegar a ser conscientes de que la realidad supera la ficción.

Como anécdota de la facilidad que tenemos los seres humanos de obviar lo esencial, mientras en el Teatro Romano de Mérida, la carga dramática de Las Troyanas llegaba a su cénit y el cuerpo de Astianacte era entregado a su abuela Hécuba para darle sepultura, había quien se afanaba por enviar por WhatsApp la foto obtenida de dicho momento, a pesar de deslumbrar a los actores y molestar a quienes en ese momento nos faltaba hasta el aire.