Fátima Gálvez y Alberto Fernández celebran la primera medalla de oro para España en los JJOO de Tokio

Fátima Gálvez y Alberto Fernández celebran la primera medalla de oro para España en los JJOO de Tokio REUTERS

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Campeones del mundo que se pagan ser campeones del mundo

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Estos días muchos hemos compartido las reivindicaciones de grandes deportistas españoles que piden más apoyo para poder seguir compitiendo al máximo nivel. Yo he sido una de las primeras en hacerlo.

Porque creo que hay que escucharlas y perder la vergüenza a decir claramente una palabra: dinero.

Sí, dinero.

Detrás de una medalla hay talento, sacrificio, disciplina y años de entrenamiento. Pero también hay aviones, hoteles, desplazamientos, material, inscripciones, entrenadores y días de trabajo que se dejan atrás para representar a España.

Y todo eso cuesta dinero.

España tiene programas públicos de apoyo al deporte, ayudas, becas y subvenciones. Sería injusto decir que nuestro país no ayuda a sus deportistas.

La pregunta es otra:

¿Llegan esas ayudas suficientemente a quienes consiguen resultados extraordinarios en deportes con menor visibilidad?

Porque existe otra España deportiva que apenas vemos.

La de quienes ganan campeonatos europeos y mundiales y siguen siendo desconocidos fuera de su disciplina.

La de quienes suben a un podio internacional con la bandera española después de haber pagado de su bolsillo —o del de sus familias— buena parte del camino.

Padres y madres convertidos en patrocinadores. Deportistas que trabajan mientras entrenan. Personas que buscan ayuda para pagar un vuelo, una inscripción o un hotel.

Y esa realidad merece ser contada.

Toni Bou ha alcanzado una cifra extraordinaria: 40 títulos mundiales de trial.

Cuarenta campeonatos del mundo.

¿Cuántos españoles serían capaces de reconocerle por la calle?

Y podríamos seguir poniendo nombres y disciplinas. En el tiro deportivo existen campeones y campeonas con historiales internacionales extraordinarios que son desconocidos para gran parte de la población.

No llenan estadios. No generan contratos televisivos millonarios. No aparecen cada semana en las tertulias deportivas.

Pero cuando compiten internacionalmente también aparece ESP junto a su nombre.

Y cuando ganan, también suena el himno de España.

No se trata de enfrentar al fútbol con el atletismo, la gimnasia, el trial, el tiro o cualquier otra disciplina. Tampoco de quitar recursos a unos para dárselos a otros.

Se trata de preguntarnos qué queremos reconocer como país.

Porque visibilidad mediática y mérito deportivo no son necesariamente la misma cosa.

Un deportista puede ser desconocido para millones de españoles y estar entre los mejores del mundo en su especialidad.

Quizá ha llegado el momento de revisar el sistema y valorar más los resultados internacionales, la continuidad, los gastos reales necesarios para competir y la situación de quienes representan a España.

Porque hay una contradicción difícil de explicar:

no podemos presumir de las medallas cuando llegan y olvidarnos de cuánto costó llegar hasta ellas.

No podemos emocionarnos viendo nuestra bandera en un podio y aceptar como normal que algunos deportistas hayan tenido que financiar personalmente buena parte del camino.

Las ayudas públicas existen y deben reconocerse. Pero también debemos preguntarnos si llegan suficientemente lejos, especialmente en aquellas disciplinas con menor capacidad para generar ingresos privados.

Porque detrás de cada campeón del mundo desconocido hay mucho más que una medalla.

Hay años de vida. Hay familias. Hay kilómetros. Hay vacaciones utilizadas para competir. Hay trabajos que compatibilizar. Hay facturas.

Y demasiadas veces hay una pregunta que ningún deportista que representa a su país al máximo nivel debería hacerse:

"¿Podré permitirme económicamente ir al próximo campeonato?".

España tiene magníficos deportistas.

Algunos llenan estadios. Otros apenas llenan una grada.

Algunos tienen grandes patrocinadores. Otros tienen a sus padres.

Algunos son reconocidos por todo el país. Otros regresan después de proclamarse campeones del mundo y al día siguiente vuelven a trabajar.

Pero todos llevan la misma bandera.

El tamaño de un deporte no debería determinar el tamaño del reconocimiento a quien alcanza la excelencia representando a España.

No todos los campeones necesitan fama.

Pero ninguno debería tener que pagarse el derecho a seguir siendo campeón.