El líder supremo de Irán, Ali Jamenei.
Por fin cayó Alí Jameneí
Ayer por la mañana, toda España desayunaba con una buena noticia para todos los que queremos que la libertad impere en todo el mundo. A saber, EEUU e Israel lanzaron un ataque militar —bautizado como "Furia Épica"— sobre la cúpula gobernante de los ayatolás.
Acabar con la vida de los líderes sanguinarios en Irán no garantiza el fin del régimen del terror, pero sí puede ser el inicio de un cambio que debe liderar el pueblo iraní bajo la supervisión de los norteamericanos, evitando que algún gerifalte corrupto de la élite asociada al régimen pueda hacerse con el poder.
Lo sucedido ayer no es una cuestión que dependa en el tiempo de la Administración Trump, sino que es un tema que afecta al Estado. Es decir, cuando finalice el mandato del actual presidente norteamericano, el nuevo Gobierno que salga erigido en las urnas —sea demócrata o republicano— no debe hacer lo que hizo Biden en Afganistán.
Los que ayer callaban ante el asesinato de más de 30.000 personas en Irán —por pedir solamente libertad, principalmente para las mujeres— piden el fin del "militarismo", salvo cuando el uniforme lo portan asesinos como Fidel Castro o Hugo Chávez.
Si hay alguien que piense que Israel no tenía planeado este ataque junto con EEUU, es un necio absoluto. Israel sabe perfectamente que Irán es la principal acreedora de las milicias terroristas, como Hamás, para que lleven la discordia y el terror a otros países cercanos a Irán.
El atentado del 7 de octubre fue la semilla de un nuevo orden mundial. Y, en este nuevo orden, Putin cada vez se encuentra con menos aliados internacionales. China merece un capítulo aparte.