El escritor Gregorio Morán.
Gregorio Morán
Ayer, 23-F, mientras el país seguía distraído en sus trivialidades, murió Gregorio Morán.
Y el silencio ha sido casi obsceno.
Morán no fue un hombre del Régimen del 78; fue su anatomista más incómodo. Lo entendió antes que muchos y lo explicó sin pedir permiso.
Asturiano, de izquierdas, afiliado al Partido Comunista hasta su legalización, nunca fue un devoto de consignas. Era otra cosa: un escritor libre.
El primer libro de política que leí en mi vida fue suyo: Suárez: historia de una ambición. Edición del 79. Andaba por casa, seguramente traído por mi tío jesuita. Yo lo leí sin conciencia del peligro. En aquellas páginas estaba, con una claridad casi quirúrgica, el retrato de lo que iba a ser la España que me tocaría vivir.
Me atrapó porque estaba magníficamente escrito. No era propaganda ni ajuste de cuentas fácil. Era análisis con estilo. Y aunque yo aún estaba en esa segunda infancia feliz, ajeno a la realidad política que me esperaba a la vuelta de pocos años, hoy sé que aquel libro fue mi manual político: para estar a favor o en contra, pero sabiendo siempre dónde pisaba.
Después vinieron otros. Y culminó, para mí, en esa obra monumental que es El cura y los mandarines, donde radiografió la cultura oficial y a sus guardianes. Ahí dejó claro que el poder no solo se ejerce desde los despachos, sino también desde las cátedras y las redacciones.
Morán fue incómodo para todos. Por eso terminó siendo silenciado por unos y por otros. En un país donde la adhesión suele cotizar mejor que la independencia, eso tiene mérito.
Suelo decir que cuando me muera no me encontraré necesariamente con quienes pensaban como yo. Los camaradas sirven —y no es poco— para esta vida. Con quienes espero coincidir en la eternidad es con los valientes: aquellos que sostuvieron su palabra cuando resultaba costoso hacerlo.
Morán fue uno de esos.
Yo rezo por él. Puede que fuera ateo. Da igual. Si Dios es, allí nos veremos.