Francisco Pellicer, geógrafo y presidente de la Asociación Legado Expo
La instalación de la Agencia Estatal de Salud Pública y de la corporación autonómica de radio y televisión, así como la adaptación de la Torre del Agua son excelentes noticias para el recinto de la Expo. Pero sería injusto interpretar estas incorporaciones como el comienzo de la recuperación de un espacio vacío. La Expo tiene ya un elevado grado de ocupación y una notable concentración de actividad. Allí trabajan funcionarios de distintas administraciones, funciona la Ciudad de la Justicia y se han instalado empresas privadas, centros de enseñanza, servicios y equipamientos. A ellos se añadirán ahora nuevas instituciones y trabajadores.
En los edificios disponibles caben incluso usos residenciales flexibles y adaptados al carácter del lugar. Uno de los errores de la Expo fue renunciar a la vivienda y, posteriormente, no desarrollar la propuesta residencial prevista en los llamados «cacahuetes».
Este punto de partida cambia la pregunta que debemos hacernos. El problema ya no es cómo llenar la Expo, sino cómo convertir un recinto intensamente utilizado en una pieza urbana polifuncional, integrada y bien comunicada con Zaragoza.
Sobre estos sólidos cimientos, ahora hay que construir ciudad.
Durante años era comprensible que la preocupación principal fuese encontrar destino a los edificios heredados de 2008. Esa etapa está prácticamente superada. El éxito futuro no debería medirse solo en metros cuadrados ocupados o trabajadores instalados, sino en la capacidad de esas actividades para relacionarse entre sí y con los barrios próximos. Porque ocupación y ciudad no son lo mismo.
Jane Jacobs explicó hace más de medio siglo que los espacios urbanos funcionan cuando son utilizados por personas diferentes, a distintas horas y por motivos diversos. Un funcionario llega por la mañana y se marcha por la tarde. Un vecino compra el pan, lleva a los niños al colegio, pasea al perro o regresa a casa por la noche. Esa diversidad sostiene comercios, restaurantes y transporte público y proporciona algo imprescindible: vida urbana.
El siguiente paso debería ser, por tanto, introducir deliberadamente mezcla de usos. Trabajar, vivir, aprender, investigar, comprar, pasear, hacer deporte y divertirse deben formar parte de un mismo ecosistema urbano.
La concentración de actividades relacionadas con la salud, la comunicación, la tecnología, la administración, la enseñanza y la empresa permite imaginar un auténtico distrito de innovación. Experiencias como Kendall Square, junto al MIT en Cambridge, o el 22@ de Barcelona muestran también los problemas de los espacios excesivamente especializados. La innovación no surge únicamente dentro de los edificios: necesita relaciones, proximidad, encuentros y vida cotidiana.
Zaragoza posee además una ventaja extraordinaria: no necesita construir una ciudad alrededor de la Expo porque la ciudad ya está allí.
ACTUR y La Almozara aportan decenas de miles de residentes, colegios, comercio, instalaciones deportivas, asociaciones y vida de barrio. Hacia el sur, Delicias, la estación intermodal, el barrio del AVE y Portillo amplían ese ámbito. La Expo aporta miles de trabajadores y usuarios, edificios singulares, grandes espacios públicos, equipamientos, zonas verdes y una relación excepcional con el Ebro.
El proyecto de futuro consiste en coser todas esas piezas.
No se trata solo de construir viviendas dentro del recinto, sino de conseguir continuidad urbana. Un trabajador de la Agencia Estatal de Salud Pública puede vivir en la Expo, pero también en La Almozara, ACTUR, Delicias o Portillo si puede desplazarse cómodamente andando, en bicicleta o en transporte público. Una familia del ACTUR debería utilizar los equipamientos culturales, deportivos o recreativos de la Expo como los de su propio barrio. Los vecinos de La Almozara y del barrio del AVE deberían percibir el frente del Ebro no como un borde, sino como prolongación de sus calles.
Para ello, la movilidad es decisiva. Zaragoza debería plantearse una conexión de transporte público de gran capacidad que articule Delicias-estación intermodal, Expo, Campus Río Ebro de la Universidad de Zaragoza y los grandes equipamientos del norte, integrándolos con el resto de la red urbana. No se trata simplemente de llegar más deprisa a la Expo, sino de insertar definitivamente esta pieza en la estructura funcional de Zaragoza.
Importan también las conexiones de proximidad: pasarelas, rampas, itinerarios peatonales y ciclistas, pasos cómodos bajo las grandes vías y plantas bajas activas. La continuidad urbana se construye con puertas, escaparates, árboles, bancos, terrazas, juegos y lugares donde detenerse.
Otro recurso extraordinariamente desaprovechado son los locales del frente fluvial. Restaurantes, cafeterías, gimnasios, pequeños comercios, alquiler de bicicletas, actividades deportivas, talleres culturales o ludotecas podrían convertir ese paseo en uno de los lugares más atractivos de Zaragoza.
Su condición potencialmente inundable no debería conducir a la renuncia. Instalaciones adaptadas, materiales resistentes, equipamientos desmontables, protocolos de evacuación y cierres hidráulicos temporales permitirían afrontar las avenidas extraordinarias. No se trata de volver a defendernos del río mediante muros, sino de aprender a convivir con él. Cuando excepcionalmente llegue el agua, determinados usos se retirarán; durante el resto del tiempo, esos espacios pertenecerán a la ciudad.
Hay que cambiar, en definitiva, la escala desde la que pensamos este lugar. Dejemos de considerar exclusivamente el «recinto Expo» e imaginemos un gran sistema urbano Expo–ACTUR–Almozara–Delicias–Portillo–Ebro, con decenas de miles de residentes, miles de trabajadores y estudiantes y una extraordinaria concentración de espacios verdes, equipamientos y servicios.
Podremos aspirar así a un espacio público acogedor, atractivo, verde y diverso: niños jugando, investigadores tomando café, trabajadores comiendo junto al río, mayores paseando, jóvenes haciendo deporte y familias atravesando el parque en bicicleta.
La Expo de 2008 transformó la relación de Zaragoza con el Ebro. Casi veinte años después podemos abordar una segunda transformación. Ya no necesitamos pensar qué actividades podemos llevar a la Expo. Muchas están allí. El desafío es convertir esa concentración de actividad en una pieza polifuncional, integrada, habitada, bien comunicada y llena de vida.
No se trata de llenar la Expo. Se trata de hacer ciudad.