Adrián Sarasa, delegado provincial de Atenea en Zaragoza.

Adrián Sarasa, delegado provincial de Atenea en Zaragoza. E. E.

Opinión

Marisadas

Publicada

Hay una palabra que nació como algo despectivo y que el tiempo, con su costumbre de hacer justicia, está convirtiendo en elogio: "Marisadas." Así llamaban a las iniciativas que Marisa Gaspar impulsaba desde su responsabilidad como vicesecretaria de afiliación, cuando la conocí: eventos de comunidad, reconocimiento de nuevos talentos, cuidado de las personas que aportaban su tiempo y su ilusión al proyecto, la materia prima de cualquier organización. Iniciativas qué, en cualquier organización sana, serían consideradas buenas prácticas y que formaban parte de su responsabilidad, sin embargo, eran despreciadas.

El episodio dice mucho sobre la enfermedad que aqueja a los partidos políticos españoles. Una enfermedad que no distingue ideologías: el sectarismo interno, el servilismo ante la cadena de mando, el instinto de eliminar cualquier perfil que no encaje perfectamente en el molde del militante disciplinado y prescindible. El talento incomoda. La iniciativa amenaza. La persona que genera comunidad, que aglutina voluntades, que trabaja por algo más que por el siguiente puesto en una lista cerrada, es percibida como un peligro. Y se la liquida.

Ahora, desde el ayuntamiento de Zaragoza, Marisa genera el mismo desconcierto, en un ecosistema donde prima la tribu y el servilismo político, frente al servicio al ciudadano. Allí, sin partido que obedecer, sin líder del que depender para entrar en una lista, sin directrices nacionales que acatar, Marisa lleva meses haciendo exactamente lo que siempre quiso hacer: trabajar por los zaragozanos.

Algunos la llaman tránsfuga. La palabra revela más sobre quien la pronuncia que sobre quien la recibe. Acusar de traición a una concejal independiente que vota según su criterio es confundir la lealtad al partido con la lealtad a los ciudadanos. Es asumir que el mandato de un concejal proviene de la organización que lo colocó en una lista y no de los vecinos que lo eligieron. Es, en definitiva, la concepción más empobrecida y extendida de lo que significa hacer política.

Mientras tanto, los plenos del Ayuntamiento de Zaragoza siguen acumulando horas de intervenciones sobre asuntos en los que el consistorio carece de competencias. Mociones sobre política exterior, debates sobre la memoria histórica nacional, declaraciones institucionales destinadas, no a mejorar la vida en Zaragoza, sino a ganar puntos en la carrera interna hacia los próximos puestos en listas cerradas. Concejales con un ojo puesto siempre en Madrid, en la dirección autonómica, en lo que dirá el líder. La ciudad, mientras, espera.

Frente a ese espectáculo, Marisa Gaspar ofrece algo que escasea en la política española: aire fresco. La libertad de acción que le da su independencia no es un hándicap, como sus críticos pretenden. Es exactamente lo que permite que su trabajo municipal sea genuinamente municipal. No necesita consultar con nadie si puede apoyar una iniciativa vecinal. No tiene que abstenerse porque la posición del grupo nacional, respecto a la otra bancada, sea beligerante. No debe silenciar una propuesta sensata porque venga del partido equivocado. Puede, simplemente, pensar qué es bueno para Zaragoza y votarlo.

La implicación municipal en el cuidado de las personas dependientes, el renacimiento cultural de la ciudad, rescatando la temporada de ópera o la salvación del matadero de la ciudad, del que depende la denominación de origen Ternasco de Aragón, son sólo algunos de los logros conseguidos a base de trabajo, compromiso y colaboración.

La política local debería servir al ciudadano por encima del partido. Los representantes municipales deberían rendir cuentas a sus vecinos y a la sociedad civil, no a sus direcciones nacionales. La gestión de una ciudad requiere trabajo, vocación y sentido común, no ideología aplicada al detalle de cada decisión cotidiana.

El experimento de Marisa Gaspar es la demostración práctica de que eso es viable. Ya no es una utopía. Es posible realizar propuestas con sentido común sin caer en la lucha partidista, liberando a la dirección nacional de tener que estar explicando los charcos en los que se meten los concejales. Es tan sencillo como volver a poner el foco de la política municipal, en el propio municipio.

Sería hermoso que el futuro nos trajera partidos capaces de aprender de este ejemplo. Organizaciones que permitan a sus candidatos municipales ser personas enraizadas en su ciudad, comprometidas con sus vecinos, capaces de trabajar dentro de un marco ideológico y de colaboración estrecha, sin que ese marco invada cada votación, cada moción, cada minuto del pleno. Partidos que entiendan que ganar el apoyo de los ciudadanos empieza por servirles. Sacar la política de nacional de ayuntamientos, para que su gestión sea más eficaz, más cercana y, en definitiva, más útil. Sin duda, sacar la política partidista de los ayuntamientos, abrirá espacios para que la colaboración con la sociedad civil sea más estrecha.

Marisa Gaspar ha puesto un espejo delante de quienes dicen que el cambio no es posible, que la política es así y siempre lo será, que adaptarse es la única opción sensata. El espejo muestra que no es cierto. Con trabajo, con ilusión y con la libertad que da no deber nada a nadie, se puede hacer política municipal de otra manera.

Otra forma de hacer política es posible, pensando en aportar, en colaborar, en llegar a acuerdos beneficiosos para todos. Espero que el futuro nos traiga muchas más “marisadas”.