Francisco Pellicer, geógrafo y presidente de Legado Expo 2008

Francisco Pellicer, geógrafo y presidente de Legado Expo 2008 E. E.

Opinión

Cuando un bar es mucho más que un bar

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Las ciudades no se sostienen únicamente sobre calles, edificios o infraestructuras. También necesitan lugares donde la vida cotidiana encuentre un escenario natural. Espacios en los que nadie tiene que explicar por qué está allí. Lugares donde se conversa, se espera, se celebra, se comparte una preocupación o simplemente se toma un café.

Son pequeñas piezas del tejido urbano que rara vez aparecen en los planes generales, pero que resultan imprescindibles para que una ciudad sea verdaderamente habitable.

El Río de la Plata, en la plaza de Roma de Zaragoza, es uno de esos lugares.

A primera vista podría parecer un bar restaurante más. Sin embargo, basta sentarse unos minutos en su terraza o junto a sus ventanales para descubrir que allí sucede algo especial. A primera hora de la mañana llegan los padres y madres que acaban de despedir a sus hijos en el autobús escolar.

El café sirve para comentar las prisas del día, compartir una preocupación o celebrar una buena noticia. Al mediodía aparecen las mesas de los abuelos rodeados de hijos y nietos. Hay abrazos, cucharillas que cambian de plato para ayudar a un niño, conversaciones tranquilas y una ternura que difícilmente puede programarse.

Después llegan pequeños empresarios que cierran un acuerdo, vecinos que se encuentran por casualidad, jubilados que juegan la partida, estudiantes, trabajadores, parejas jóvenes y personas que simplemente buscan compañía entre el rumor de las conversaciones. En el Río de la Plata nadie desentona. Todo el mundo encuentra su sitio.

Quizá el secreto esté también en quienes trabajan allí. Los camareros y camareras conocen a muchos clientes por su nombre, preguntan por la familia, bromean con los niños y atienden con una mezcla de profesionalidad y cercanía que ya no es tan frecuente. No se limitan a servir cafés o comidas; ayudan, casi sin darse cuenta, a crear un ambiente de confianza que hace que muchas personas se sientan como en casa.

Los urbanistas utilizamos una expresión para definir lugares como este: tercer lugar. El primero es el hogar. El segundo, el trabajo o el centro de estudios. El tercero es ese espacio neutral donde convivimos libremente con los demás, donde las relaciones sociales nacen de forma espontánea y donde una comunidad se reconoce a sí misma.

Son lugares que generan capital social, fortalecen la confianza entre vecinos y mejoran la calidad de vida mucho más de lo que reflejan las estadísticas.

Por eso preocupa la noticia de que el propietario del local no renovará el alquiler porque necesita ampliar el mercado contiguo. Es una decisión perfectamente legítima desde el punto de vista jurídico. Nadie discute ese derecho. Pero las ciudades también deberían aprender a valorar aquello que no puede medirse únicamente en metros cuadrados ni en balances económicos.

Cuando desaparece un establecimiento como este, no solo cierra un negocio. Se rompe una red invisible de relaciones humanas construida durante años. Se pierde un punto de encuentro donde coinciden generaciones distintas, donde conviven personas de orígenes diversos y donde el barrio se reconoce cada día. Recuperar ese tejido resulta mucho más difícil que abrir un nuevo local.

El Río de la Plata no es únicamente un restaurante. Es un pequeño patrimonio colectivo. Un lugar donde la convivencia ocurre de manera natural, sin discursos ni campañas institucionales. Un espacio que demuestra que la mejor política urbana comienza muchas veces alrededor de una mesa compartida.

Ojalá todavía exista una solución que permita mantener vivo este rincón de la plaza de Roma. Porque cuando desaparecen los lugares donde una ciudad conversa consigo misma, todos perdemos algo. No solo los clientes habituales. También Zaragoza.

Hay edificios que hacen ciudad. Pero hay cafés que hacen barrio.

Francisco Pellicer, geógrafo y presidente de Legado Expo 2008