Ignacio Moralejo, catedrático de Derecho Mercantil.

Ignacio Moralejo, catedrático de Derecho Mercantil. E.E Zaragoza

Opinión

El desatino

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Hay épocas en las que la historia parece avanzar por la fuerza de las ideas. Otras, por el empuje de la técnica, de la economía o de las grandes transformaciones sociales. Y hay momentos, como el actual, en los que uno empieza a sospechar que el mundo se mueve, además, por el desatino activo o pasivo de ciertos gobernantes. Desatino que no resulta de una torpeza inocente, sino de una peligrosa mezcla de ignorancia satisfecha, vanidad, fanatismo, cálculo corto y desprecio por las consecuencias.

La política, nacional e internacional, ha dado pábulo a dirigentes que confunden la firmeza con la temeridad, el patriotismo con la propaganda y la estrategia con el golpe de efecto miope. Lo preocupante no es sólo que existan líderes así. Siempre los ha habido. Lo inquietante es que demasiados sistemas políticos parecen haber perdido los anticuerpos necesarios para impedir que lleguen arriba, permanezcan impávidos allí o arrastren a sus pueblos a aventuras ruinosas.

El Gobierno del Reino de España no sólo ha generado una crisis de gestión, sino que además ha pretendido un orquestado debilitamiento de sus contrapesos institucionales. El desgobierno se disfraza de audacia, la arbitrariedad de pragmatismo y el asalto a las instituciones de normalidad democrática. Cuando se debilitan los controles jurisdiccionales, los parlamentarios, y se desatienden obligaciones constitucionales, no se está modernizando el Estado: se está desarmando. La liquidación del marco institucional y la falta de atención a las reglas que lo ordenan es dejar el Estado a merced del poder. Sin límite ni responsabilidad.

Estados Unidos, que durante décadas quiso presentarse como garante último del orden liberal, tampoco parece inmune a esta epidemia de insensatez. Donald Trump no inventó todos los males de la política norteamericana, pero sí los convirtió en método: la desconfianza hacia los aliados, el desprecio por las instituciones, la política exterior entendida como intimidación, la selección de colaboradores por fidelidad antes que por competencia y la transformación del poder en espectáculo. Quizá su paso por la Casa Blanca sea algún día visto como una anomalía. Pero también puede ser leído como síntoma de algo más hondo: una democracia cansada, polarizada y cada vez más dispuesta a confundir la extravagancia con la energía.

No debemos, sin embargo, engañarnos. La majadería del poderoso no es cómica. Puede parecerlo al principio, cuando se expresa en frases absurdas, nombramientos grotescos o gestos de mal gusto. Pero después llegan los muertos, los desplazados, los países rotos, las alianzas destruidas, las instituciones debilitadas y las generaciones obligadas a pagar las facturas de decisiones que no tomaron.

El problema de estar regidos por gobernantes miopes no es únicamente que se equivoquen. Todos los gobernantes se equivocan. El problema es que suelen estar rodeados de personas interesadas en no decírselo. La corte del poder tiene una extraordinaria capacidad para transformar la obviedad en secreto. Todos saben que una decisión es disparatada, pero nadie quiere ser el primero en advertirlo. Todos intuyen que el emperador está desnudo, pero siempre hay un asesor dispuesto a elogiar el corte del traje.

Así se fabrican las grandes catástrofes políticas: no sólo con líderes cortos y vanidosos, sino con ministros obedientes, partidos domesticados, parlamentos temerosos, medios complacientes y ciudadanos dispuestos a mirar hacia otro lado mientras el desastre todavía parece lejano. Lo advirtió Eugenio Xammar en sus crónicas alemanas; el huevo de la serpiente se incuba cuando una sociedad contempla los excesos del poder como si fueran episodios pasajeros y no síntomas de una degradación mucho más profunda.

La historia enseña que los pueblos rara vez caen por un solo error. Caen por la repetición del error. Por la incapacidad de rectificar. Por la soberbia de unas pretendidas élites políticas que convierten sus prejuicios en doctrina y sus fracasos en razones para perseverar. Una mala decisión puede ser corregida; una cultura política enferma convierte la mala decisión en destino.

Hay una palabra antigua que debería rescatarse: prudencia. Hoy suena casi a debilidad. En una época dominada por la épica de la decisión rápida, la prudencia parece cosa de pusilánimes, de tecnócratas o de espíritus menores. Pero la prudencia no es cobardía. Es la inteligencia práctica de los límites. Es saber que no todo lo que puede hacerse debe hacerse. Es distinguir entre el gesto que entusiasma a los propios y la decisión que compromete el futuro de todos.

La prudencia fue durante siglos una virtud política central porque obligaba al gobernante a mirar más allá de su vanidad. Exigía medir las consecuencias, escuchar a quien discrepa, desconfiar de las soluciones simples y recordar que el poder no convierte los deseos en realidad. Hoy, en cambio, muchos líderes parecen, precisamente, premiados por lo contrario: por exagerar, insultar, amenazar, simplificar y prometer imposibles. La política se ha vuelto, en demasiados lugares, una competición de temeridades.

Como nos recuerda la recomendable serie documental «El experimento estadounidense», NETFLIX, la democracia liberal nació, entre otras cosas, para desconfiar del poder. Para dividirlo, limitarlo, someterlo a controles y evitar que una sola voluntad pudiera arrastrar a todos al abismo. Pero esos mecanismos sólo funcionan si hay una cultura política que los sostenga. Las constituciones no se defienden solas. Los parlamentos no sirven de mucho si se convierten en coros. Los partidos dejan de ser instrumentos de representación cuando se transforman en máquinas de obediencia. Y los ciudadanos pierden su condición de tales cuando prefieren el aplauso tribal al juicio crítico.

Nuestro tiempo no carece de amenazas: guerras, rearme, populismos, fanatismos religiosos, rivalidades imperiales, crisis migratorias, deterioro ambiental, fragilidad tecnológica. Pero junto a todas ellas hay otra amenaza menos solemne y más persistente: la incompetencia arrogante. Esa forma de poder que no sabe, pero tampoco quiere saber; que no escucha, porque confunde toda advertencia con una traición; que fracasa, pero responsabiliza siempre a otros; que se presenta como salvadora mientras agrava aquello que decía venir a resolver.

La cuestión no es la de si seguirán apareciendo dirigentes imprudentes. Aparecerán. La pregunta es si nuestras sociedades conservarán la capacidad de detenerlos antes de que sus errores se conviertan en sistema. Porque un mal gobernante puede destruir mucho. Pero una sociedad que premia la necedad, desprecia la competencia y llama coraje a la irresponsabilidad está ya destruyendo, lentamente, las defensas que podrían salvarla.

Quizá la gran batalla política de nuestro tiempo no sea entre izquierda y derecha, ni siquiera entre globalistas y nacionalistas. Tal vez sea una batalla más elemental: entre la seriedad y el espectáculo, entre la prudencia y la bravata, entre la competencia y la lealtad servil, entre quienes entienden que gobernar es hacerse cargo de la realidad y quienes creen que es suficiente el exabrupto eximente.

El mundo no está en peligro sólo por el desatino de algunos. También lo está por la indolencia de demasiados. Y cuando la soberbia miope manda, se hace difícil la construcción y el mantenimiento de un orden sobre el que cimentar la prosperidad.