Octavio Gómez Millán
El primer recuerdo, de verdad, de forofo, de futbolero, de los pitos de los coches bajando por Fernando El Católico hacia Paseo Independencia, fue México. México 1986. El año de los excesos. El año que ganó el Tour de Francia Greg Lemond y los Boston Celtics la NBA, el verano que se marchó Fernando Martín a jugar a los Portland Trail Blazers.
En el Estado Azteca, como la canción de Andrés Calamaro. El mito, el Diego, el primero lo hace con la mano, el otro, lo llevo en una camiseta, regateando a Peter Shilton, regateando a la Albión entera. Una camiseta. Tengo ocho años y solo quiero que gane España. El gol fantasma de Michel contra Brasil. La gente haciendo la ola. Hacer la ola se convierte en una expresión que define la humanidad. Antes de México nadie decía «Hacer la ola», ojo.
El partido contra Dinamarca, la mirada joven de Butragueño, la luz angelical que irradiaba Michael Laudrup. Laudrup, que lo había aprendido todo de Michel Platini, desesperado. Frente a la tele, se hace tarde, los cuartos de final contra Bélgica, la de los porteros clónicos, de leones salvajes, Jean-Marie Pfaff o Michel Preud'homme, tendría que comprobarlo. Bien alimentados. Hacía poco que teníamos nuestro primer video doméstico.
Mi padre mete una de esas cintas negras, enormes, ciento ochenta minutos y le da al REC. Vete a la cama, me dice mi madre, es tarde. Mañana te enterarás. La cinta se dejaba grabando, grababa el partido, la prórroga, los penaltys, todo, lo recogía mientras todos dormíamos. Y, al levantarme, mis padres se han marchado, me pongo frente a la televisión y dejo pasar las imágenes. Estoy nervioso.
Se acerca la señora que nos cuida, a mi hermana y a mí, me pone la mano en el hombro y me dice: «Déjalo, Octavio. Al final hemos perdido». El penalty de Eloy. Eloy el del Sporting. No olvido. Perdono, pero no olvido. Hemos llegado a 1990. Es el verano de quinto a sexto de EGB. Han inaugurado el Príncipe Felipe y son los años dorados del CAI Zaragoza.
Estoy a tope con el baloncesto. Y los tebeos. Y estudio mucho. Quiero ser un buen chico. Soy, en realidad, solo un niño que cumplirá doce años en un verano entre La Nava de la Asunción y Salou. Pero voy con todo. Guardo celosamente mis cromos de Panini en un estuche marca PELIKAN y con ellos simulo partidos usando una bolita de papel a modo de balón. Antes del PRO, antes de la FIFA, con los cromos, ya no son de cartón, ahora son adhesivos.
Muy pegado a la televisión, el partido inaugural convoca a la Argentina con Camerún. En Camerún no juega Thomas N'Kono, el portero del Español. Lo busco entre mis montones y lo descarto. Aparece Roger Milla. Marca. Baila. Gana Camerún a la Argentina de Bilardo. Al mejor Bilardo. Mejor que cuando fueron campeones cuatro años antes.
No sé cómo llega un transistor a nuestras manos, pero estamos en el patio de los Marianistas escuchando el primer partido del grupo de España. España-Uruguay. Debajo de las moreras. A veces, cuando se pone de moda, cogemos las hojas para dar de comer a los gusanos de seda. Rubén Sosa, el principito, se había marchado de Zaragoza para jugar en Italia, en la Lazio. Rubén Sosa falla un penalti y el partido acaba empate a cero.
Mientras escribo esta columna escucho World in motion de New Order. Paro y busco en la red hasta que encuentro el videoclip. Son los chicos que tuvieron una banda con Ian Curtis y ahora, en 1990, han montado un combo de tecnopop. El verano del acid, el amor, Los New Order con John Barnes y Paul Gaiscoigne rapeando.
Luego los goles de Michel contra Corea, los mejores terceros, los octavos de final contra Yugoslavia. Los tiempos en los que las capitales de Europa eran muy sencillas: URSS capital Moscú, Yugoslavia capital Belgrado. No sabíamos lo que se venía.
Los Balcanes no se daban en geografía, la guerra de Kuwait tenía algo de lejanía de televisión y videojuego primerizo. Los porteros de Argentina, Pumpido, Islas y Goycoechea (y el “Pato” Fillol, claro), el bidón de Branco, Bilardo en el descanso le dice a Ruggeri: «Si se la siguen pasando a los de amarillo vamos a perder».
La final, el Toto Schillaci, los italianos silbando el himno de la Argentina… ¿Por qué tiro el penal Andreas Brehme en vez de Lothar Matthäus? Alguna vez alguien me lo explicará. Como lo del fichaje de Hagi por el Real Madrid y el de Gerard Rodax por el Atlético de Madrid.
El advenimiento de Javier Clemente en 1994. Salíamos con ocho defensas y el tronco Salinas arriba. Clemente que era nacionalista vasco y Camilo José Cela en la portada de un suplemento dominical diciendo que él era del Atlétic del Bilbao porque era el único equipo en el que solo jugaban españoles. Sí. Eso dijo.
Con Fernando Hierro y Miguel Ángel Nadal de organizadores. Todos los hijos de los emigrantes italianos, orgullosos, jugando para Suiza. Stéphane Chapuisat que jugaba en el Borussia Dortmund. Y Luis Enrique sangrando por la nariz. Mil años más tarde Devenue grabando un disco entero sobre «El codazo de Tassotti».
Es lo bueno de los mundiales, siempre en paralelo, el pelo de Roberto Baggio, el penalty de Roberto Baggio. La efedrina, nos cortaron las piernas, el “Negro” Cáceres junto a Ruggeri en el centro de la defensa de Basile. No les iba a ganar nadie. Ni Nigeria ni Grecia, solo la efedrina. Le cortaron las piernas a Diego. Seguía comprando los cromos, pero no era lo mismo.